Wednesday, January 21, 2015

BASURA, FALSÍA, PETULANCIA


Estos tres calificativos describen bien el discurso de más de una hora que el presidente Barack Hussein Obama pronunció anoche ante el Congreso Federal, a los seis años de haber asumido el mando.
Ignoró por completo que en noviembre pasado el pueblo fue a las urnas y en forma incuestionable le dijo no a su estilo de gobierno, instándolo de modo implícito y explícito a que cambie de dirección en los dos años que le faltan hasta ser sustituído.
Promete todo lo contrario. En forma petulante anunció que insistiría en tramitar leyes que más bien profundicen su resolución de concentrar aún más los poderes en el Ejecutivo, a sabiendas de que su demanda sería negada por las dos cámaras ahora bajo control republicano.
Mintió al decir que la economía está boyante y se contradijo al mencionar que, pese a ello, la clase media necesita de más ayuda gubernamental para salir de su crisis. ¿Su receta? La de todos los que piensan como él: más impuestos, más intervención del Estado.
Si en efecto hubo algún alivio en la economía, ello se debió a la caída en los precios del petróleo. La baja no fue fruto de ninguna política de Obama sino que se logra pese a su oposición al fraccionamiento de rocas para extraer gas, lo que abarató los precios en el mercado mundial.
La baja de precios del crudo ha tenido un efecto comparable a una reducción mínima de impuestos. Si la reducción es sustancial, como las hechas por John F. Kennedy, Reagan o Clinton, la expansión de la economía es sustancial y sostenida. Pero Obama quiere 320.000 millones de impuestos, lo que contraería la economía.
Tuvo seis años para mejorar la situación económica y confiesa que la clase media no está bien. Mientras jugaba golf ¿ quiénes se beneficiaron con su gobierno? ¿Los ricos? Probablemente, porque los pobres están peor. Hay más de 92 millones de personas sin empleo  y sobreviven con subsidios, foodstamps y las empresas cortaron las jornadas a medio tiempo para evitar penalidades del Obamacare.
El presidente quiere socorrer a la clase media con impuestos a los ricos, según su teoría de la redistribución de la riqueza. Se ha comprobado que esos intentos nunca son una transferencia bancaria de fondos de los ricos a los pobres o a los de los de clase media. Son confiscaciones fiscales para aumentar la burocracia y el poder del Ejecutivo.
A la clase afectada, la empresarial que genera riqueza y empleo, no le quedaría sino pocas alternativas para eludir otra nueva carga tributaria: transferir el costo del nuevo impuesto a los productos o servicios, reducir la nómina de empleados o cerrar las empresas y buscar otros países donde la inversión de capital y tecnología sea bienvenida y no castigada.
En todo caso el deseo de beneficiar a los más débiles de la comunidad logra el efecto contrario. Como ha sido el caso de la Guerra contra la Pobreza de Lyndon B. Johnson de 1965. O el slogan de “casa propia para todos” de Bill Clinton, que precipitó la catástrofe hipotecaria que aún repercute y que Obama insiste en rescatar aplicando las mismas ideas equivocadas de subsidio.
La mentalidad socialista/fascista/marxista/estatista, mal llamada aquí “liberal”, cree que a la pobreza hay que combatirla hurtando la riqueza a los ricos para distribuirla entre los pobres, con mediación de un gobierno “magnánimo, infalible y justo”. En algunos países el proceso se acelera con golpes de estado y en otros con votos, manipulación e impuestos.
Pero ni el Estado ni los pobres crean riqueza y empleo. La lucha de clases, cuando se impone, acaba con las clase emprendedora que con ingenio e invención crea fuentes productivas y empleo. Es el motor  que genera vitalidad a las sociedades y así ha ocurrido desde el principio de los tiempos. Lo cuerdo no es obstruir la empresa, sino favorecerla y favorecer su expansión de conformidad con regulaciones sensatas.
La obsesión de destuir la riqueza atizando una lucha de clases sustentada en la envidia, como lo hace Obama, tiene que dar paso a la convicción de que es preferible que haya más ricos, no menos ricos y más pobres. Para lo cual hay que reducir impuestos drásticamente y eliminar de un tajo el de la renta para reemplazarlo por un flat tax o equivalente. Así se cerraría el opresivo IRS (ente controlador de impuestos). Con la disminución severa de impuestos acabaría la obesidad obscena del sector público.
El gobierno, con mentes como la de Obama y demás absorbedores de poder de todos los tiempos, busca controlar todas las actividades con una cada vez más hinchada burocracia y con regulaciones y escudriñamiento de los ciudadanos. La libertad para crear, comerciar, informar, opinar y discrepar se reduce a medida que se acrecienta el poder público.
En la sesión de anoche, Obama también aleccionó acerca de la necesidad del buen vivir a través de la cordial armonización de criterios para llegar al consenso. En suma, llamó a vivir en democracia como la diseñaron los fundadores de este país. En la cual no cree, como lo demostró anoche mismo al reiterar, acto continuo, que vetaría cualquier intento del Congreso por modificar sus políticas “progresistas” que las ha puesto en curso.
Esas políticas el pueblo rechazó en el referendo del pasado noviembre cuando la oposición acaparó las dós cámaras del congreso y la mayoría de las legislaturas y gobernaciones estatales. El mensaje fue una ratificación del rechazo al obamacare que busca estatizar 1/6 de la economía nacional dedicado a la atención de la salud, cuando de ese sistema estatista tratan de salir países como Inglaterra.
Obama quiere también la gratuidad para los community colleges y los pre kindergarden, a más  de gran parte del obamacare, los foodstamps y demás subsidios y protecciones otorgados a nombre de la “justicia social”. Que acaso lleguen gratis a los beneficiarios, pero que tienen un costo para la comunidad. El precio es inmenso. Con Obama el endeudamiento llega a casi 8 trillones de dólares, más de lo que se endeudaron en conjunto todos los 43 presidentes que le precedieron.
En total la deuda pública suma 18 trillones de dólares. Cuando el jefe de Estado se vanagloria en su discurso de los logros alcanzados en sus seis años de manejar la economía, miente. Estados Unidos no es Haití, o Grecia, países cuya deuda podría ser absorbida en un momento dado. La norteamericana es una deuda monstruosa y no hacer nada para reducirla y peor seguir aumentándola, es de irresponsabilidad absoluta.
Como increible es su irresponsable manejo de política exterior. Con el mayor desparpajo insistió en que el terrorismo está controlado, que fue un triunfo suyo el retirar las tropas de Afganistán e Irak. Ayer se informaba que Yemén, país que en su discurso del año pasado citó como ejemplo de su astucia diplomática, había caído en manos del terrorismo musulmán.
Tampoco anoche admitió que los terroristas sean islámicos radicales y se ratificó en seguir liberando a los cautivos en Guantánamo. En cuanto a Irán amenazó con irritarse si el Congreso da muestras de desagrado por su forma unilateral de negociar el proceso iraní de nuclearización. Les instó, también, a que se dejen de dilaciones y levanten el embargo a Cuba porque él así lo ha dispuesto, a cambio de nada.  

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