Sunday, July 22, 2012

RECETA CONTRA EL CRIMEN



La horrenda tragedia de Colorado tiene ya muchos voluntarios con ideas para evitar que tales crímenes colectivos se repitan: prohibir a los ciudadanos comunes la compra de armas de fuego.
Este es un derecho garantizado por la Constitución de los Estados Unidos desde que esta nación fue fundada hace más de 200 años. Se explica porque en la guerra americana por la independencia de Gran Bretaña participaron ciudadanos comunes, no organizados en ejércitos formales.
La lucha fue desigual, pues los británicos a la época disponían de las más poderosas fuerzas armadas del planeta y en la colonia había solo granjeros y pequeños comerciantes sin preparación militar. Los animaba, armados de cualquier manera para combatir, solo el deseo de libertad.
Las tácticas de guerra de guerrillas a la postre se impusieron a la fuerza militar profesional y experimentada, pero la independencia era muy frágil. Por ello los “founding fathers” o padres fundadores de la patria dispusieron la legalidad de la posesión de armas para enfrentar posibles contra ataques, como ocurrió en 1812.
La disposición constitucional ha sido ardientemente defendida por unos y execrada por otros, los republicanos ubicados generalmente entre los primeros, los demócratas en el bando opuesto. La disputa ha salido a relucir una vez más con la tragedia de Colorado.
Los demócratas creen que si se prohibe la compra de armas cesará la criminalidad, lo cual no es verdad. En Inglaterra se las prohibió y el crimen está en alza. La gente se arma no para atacar sino para defenderse (salvo para la cacería permitida). Existen leyes muy restrictivas que prohiben la venta de armas a los que tienen antecedentes delincuenciales.
Quienes se arman para atacar son los delincuentes y cuando el control de la policía no basta para impedir los atentados, les queda el recurso legítimo de defenderse con un arma de fuego. El criminal, por cierto, burla la ley para asirse de cualquier tipo de arma, dentro o fuera del país.
Se argumenta que el asesino de Aurora adquirió inclusive armas de alto poder, semiauotmáticas y que este tipo debe ser prohibido. Hay polémica al respecto, considerando los republicanos que ello abriría paso al objetivo demócrata, que es prohibir toda clase de armas, en violación de la Constitución.
En todo caso, no se necesitan más leyes para evitar el auge de la criminalidad, sino aplicarla con rigor y analizar el origen profundo de actos genocidas como el de Colorado, Columbine o Suecia. No es otro sino la quiebra de los principios morales permanentes.
El propio gobierno del demócrata Barack Hussein Obama ha promovido la venta ilícita de armas todo calibre a los narcoterroristas de México, en un operativo cuya investigación por el Congreso ha bloqueado mediante un Decreto Ejecutivo. 
El plan, orquestado por el Procurador General Erirc Holder, también negro y demócrata, causó la muerte entre muchos otros, de un guardia de frontera norteamericano y se dice que su objetivo era apoyar la tesis de que la libre venta de armas en USA permite a los narcoguerrilleros mexicanos adquirirlas sin control, por lo que hay que prohibirla.
Tras la tragedia de Colorado, el presidente de México Felipe Calderón, ni bien expresaba su consternación por lo sucedido en Aurora, se apresuró a secundar a Obama y su séquito al repetir que la solución contra el mal es prohibir la venta libre de armas en los Estados Unidos. La criminalidad en ese país es espeluznante pero implícitamente está achacándola a USA. 
Obama ha anunciado que irá hoy a condolerse con las víctimas de Aurora. Pero su acción no es sincera. Tiene la motivación política de campaña para fortalecer la presión para la abolición de la venta de armas. Si fuese sincero, habría ido a dolerse por la masacre hace varios meses de 17 soldados dentro del cuartel de Fort Hood, a manos de un extremista musulmán.
Por lo contrario, lo protegió y protege y desde un comienzo dijo que no hay que apresurar juicios sobre la conducta del asesino. Se ha probado que este oficial actuó de acuerdo con el Jihad islamista, pero aún no se lo juzga y probablemente recibirá la pena mínima o será absuelto por razones siquiátricas. (Cuando un policía de Chicago detuvo a un negro sospechoso que resultó ser profesor universitario, Obama adelantó su juicio y condenó al policía por racista. Éste fue absuelto del cargo).
Hay infinidad de casos, no siempre reseñados en los periódicos, de hombres y mujeres que han evitado robos, asaltos y muerte en sus hogares y en las calles, gracias al arma que tenían para defenderse. Si alguien hubiera portado legalmente una en el teatro donde actúo Holmes en Aurora, quizás la masacre o pudo evitarse o habría sido menor.
Filtraciones del Home Land Security señalan que el régimen de Obama no descarta, para garantizar su permanencia en el poder, promover una guerra con Irán y cancelar las elecciones del próximo noviembre. En esa eventualidad, le sería fácil confiscar y prohibir la venta de armas a los civiles.
Quizás pensando en ello o en parecidas opciones, es que los defensores de la segunda enmienda constitucional se oponen a más restricciones, pues el objetivo central es no solo la defensa personal, sino la defensa de la República. Una dictadura de Obama sería el final de la república y para evitarlo, será preciso recurrir a las armas para defenderla como contra el colonialismo británico.
La eliminación de las armas de alto o bajo poder de fuego no reprimiría el crimen y la violencia. El asesino en ciernes siempre podrá causar daño con sus manos, sus puños, un puñal, un cuchillo u otra arma cortopunzante o simplemene una piedra. Si se hubiese prohibido la venta de dagas ¿Julio César se habría librado del asesinato?
Si el asesino de Aurora compró sus armas y explosivos por Internet y UPS ¿se habría evitado la masacre si el Inernet o los servicios privados de correos estaban prohibidos? Si la gente no podía adquirir libremente leña ¿se hubiera evitado la “hoguera bárbara” de Eloy Alfaro?
La violencia y la criminalidad son consustanciales a la dualidad mal/bien de la naturaleza humana. Los medios para restringirlas no está en más leyes ni en más intervención del gobierno en las vidas privadas de la gente, sino en la restauración de los valores y principios permanentes judeocristianos que crearon a esta nación.
En días pasados, un Obama sin teleprompters dijo algo que revela con claridad lo que en realidad piensa de este país y su cultura: el individuo en si no cuenta, dijo, ni su ingenio, ni inventiva o sentido empresarial. Todo lo que crea y logra se lo debe a otros, se lo debe al gobierno.
Aquí no cabe el dilema de qué viene primero, si el huevo o la gallina. Porque entre gobierno e individuos, primero y siempre son y serán los individuos. En 1776 Estados Unidos se independizó de Gran Bretaña para garantizar la libertad de los individuos frente a tiranías y regímenes autárquicos.
Son los individuos los que, en uso de sus libertades, designan a quienes deberán gobernar temporalmente para dictar leyes, ejecutarlas y juzgar, siempre con el consenso ciudadano. Cuando esa regla se altera y los gobiernos transgreden el mandato en cualquiera de esas tres atribuciones, la respuesta es el voto o la rebelión.
La transgresión de estos principios clave ha ido en ascenso en los últimos años en este país y es el origen de la eclosión de la violencia. La “revolución sexual” iniciada en 1960 más el libre uso de los anticonceptivos y la legalización de los abortos, ha destruído la unidad familiar que es base para la inculcación y perpetuación de principios morales permanentes.
La cifra de matrimonios entre un hombre y una mujer está por debajo del de la de las uniones libres y el número de madres solteras es cada vez mayor que el de niños criados con padre y madre. Está comprobado que la delincuencia juvenil es infinitamente superior entre los que crecieron sin el amparo y la guía de la doble personalidad formal hombre/mujer.
La mujer, por el feminismo, está más desprotegida que antes al unirse al macho sexualmente, sin responsabilidad ninguna de parte del compañero, por esas razones efímero. Agréguese la exaltación del homosexualismo y se comprenderá cómo el núcleo familiar tradicional, válido desde siempre, se ha fracturado y ha corrompido las estructuras morales de este país.
Holmes, el asesino de Aurora, es una excepción. Proviene de un hogar de clase media alta, de estructura aparentemente tradicional y era un estudiante universitario brillante. Habrá que esperar el término de las investigaciones e interrogatorios para entende mejor sus motivaciones. Pero su caso, como similares, no abonan la tesis demócrata de prohibir la venta de armas.
La solución profunda es un autoanálisis de la tendencia, fomentada ahora desde la cúpula de poder en la Casa Blanca, de arremeter contra todos los principios culturales y morales con los que nació, se construyó y fortaleció esta nación hace más de dos centurias.
El poder de esta nación, sin paralelo en la historia, está basado no en la gestión de un emperador, tirano o líder al que hay que prosternarse. Se basa en una idea claramente transcrita en la Declaración de Indpendencia y la Constitución. Sus ciudadanos visitan continuamente las urnas de cristal que conservan los documentos originales. Reverencian la idea que ha unificado a este país no la imagen de un Lenín o un Napoleón.

Saturday, July 21, 2012

RECETA SIMPLE PARA QUEBRAR


Los políticos, economistas y periodistas más brillantes del planeta se están devanando los sesos para tratar de explicar las razones de la crisis económica mundial, antes de plantear variadas y divergentes soluciones.
Mas si nos despojamos del temor a opinar porque no contamos con un PhD en alguna de las disciplinas académicas, la respuesta al enigma sería tan simple que cualquier ama de casa, en cuitas con su cónyuge, la podría decir:  marido,  estamos gastando más de lo que recibimos por los sueldos y así no podemos continuar.
La alternativa evasiva para seguir con el mismo ritmo de gasto sin que varíe el ingreso, sería endeudarse más. Pero el endeudamiento no es ni puede ser indefinido. Llegará un momento en que la deuda haya que pagarla, en su totalidad o fraccionándola en cuotas.
Igual ocurre con las instituciones públicas o privadas. En las privadas, sin embargo, cuando la deuda no se paga en todo o en partes, la sola opción legal es declararse en quiebra o liquidar la empresa con las consecuencias financieras obvias.
Con las instituciones públicas no siempre la quiebra es el resultado del endeudamiento ilimitado, porque quienes aportan con recursos no son individuos particulares (accionistas), sino los ciudadanos que pagan impuestos bajo coerción. Para equilibrar el desfinanciamiento, los entes públicos pueden recurrir al alza de los impuestos. 
En Europa y los Estados Unidos, así como en Argentina, Venezuela o el Ecuador, la deuda pública ha ascendido a niveles exorbitantes. Lo que un ama de casa sensata recomendaría a su marido para salir de deudas, sería frenar gastos superfluos, conversar con los acreedores y convenir en en alguna forma de pago para superar la negativa situación familiar.
Pero si se subyuga al marido y se allana a su irresponsable forma de gastar, se convertiría en cómplice de una quiebra cercana. Podrían jugar con las tarjetas de crédito por un tiempo pero no todo el tiempo y si no cambian de conducta, caerán en manos de agiotistas y terminarán en  quiebra.
Algo similar ocurre con la forma populista de gobernar de algunos jefes de Estado como los señalados, comparable con la mala gestión gerencial de una empresa privada: los gastos sobrepasan a los ingresos y esos gastos, casi siempre, son fruto de la presión de los sindicatos.
La General Motors, la más grande empresa de automotores del mundo, estuvo a punto de declararse en quiebra por tales motivos. No se llegó a ello porque intervino Barack Hussein Obama con un subsidio de 50.000 millones de dólares. No de su bolsillo, ni de un empréstito chino, sino de las arcas fiscales, o sea del dinero de los contribuyentes.
El recurso de quiebra es legal y se creó para evitar liquidaciones de las empresas en conflicto. Los acreedores esperan hasta que la gerencia corrija los defectos del manejo empresarial para acordar  entonces formas de pago que faciliten el pago y la recuperación y solvencia.
Con Obama no ocurrió así. Los motivos de la quiebra, excesivas prebendas para los trabajadores sindicados (la afiliación es mandatoria), no se alteraron y la enfermedad empresarial continúa, con grave perjuicio fiscal. ¿Cómo se explica este desaguisado?
Los sindicatos en los Estados Unidos, o “unions”, son poderosos en la política, alineados siempre con el partido demócrata. Contribuyen con millonarias sumas de dinero a las campañas electorales de los demócratas. Los obreros y empleados contribuyentes no tienen voz ni voto para cuestionar el destino de las donaciones.
En el juego sindical participan los ejecutivos empresariales. Ceden a los requerimientos de alzas salariales y más y más prebendas desorbitantes a cambio de asignarse a si mismos jugosos sueldos y pensiones. Las leyes laborales no cambian, porque hay políticos comprometidos a no hacerlo en retribución a las contribuciones de campaña.
GM dejó de ser competitiva porque otras empresas automotoras nacionales y extranjeras tenían y tienen menores costos de producción y artículos de gran aceptación en el mercado. A Obama y su clan no les gusta el mercado libre. Lo quieren manipulado por el Estado, lo que explica el absurdo subsidio a la GM, otrora paradigma de la industria automotriz.
Hay sindicatos no solo en el sector privado, sino en el público y su influjo es igualmente maligno. Los hay entre los profesores y otros empleados públicos impermeables a la realidad y el sentido común. Los sindicatos han estancado la evolución del sistema educativo hasta colocar a los Estados Unidos a la zaga de las naciones industrializadas en eficiencia del aprendizaje.
Lo que si cambia para ellos son sus sueldos y prebendas. Se oponen por ejemplo a reformar el sistema obligatorio de repartición de escuelas y colegios públicos por sectores, obstruyendo así la opción de poder escoger   una escuela particular eficente, pagado por el fisco en cuotas equivalentes. La competencia probablemente dejaría desiertas a muchas de las escuelas públicas.
Cuando se coarta al mercado, puede registrarse otro tipo de distorsiones, tal como en el mercado hipotecario, origen de la crisis financiera actual. Es obvio que nadie concede crédito a quien no tiene respaldo para pagarlo. Pero los demócratas en el poder, con la idea de dar “vivienda para todos,” forzaron a los bancos a prestar a todos los que lo solicitaran. Cuando la banca privada puso reparos el Gobierno les ofreció su garantía para casos de insolvencia. La burbuja, a poco, estalló en añicos. Obama quiere más impuestos para pagar la deuda inmobiliaria de centenares de billones de dólares.
El número de burócratas con Obama ha llegado a superar al número de obreros y empleados del sector privado. Los sueldos y beneficios de los empleados públicos son superiores entre un 10% y 15% a los privados. El dinero ganado por los públicos proviene de los impuestos de los privados. Puesto que el défict fiscal es cada vez más alto por esas y otras razones, Obama proponie alzar los impuestos, principalmente a los “ricos” que dice han basado su fortuna “en la explotación de los pobres”.
Los “ricos”, según él, son los que tienen ingresos entre 200.000 y 250.000 dólares al año y más. Lo cual es falso, ya que en ese rubro está la mayoría de empresarios medianos, fuente de la mayor creación de empleo en el país. Con más impuestos y más deuda pública, muchas de esas empresas desaparecerán, lo que reducirá el empleo y las contribuciones al fisco vía impuestos.
La deuda pública ya es de 16 trillones de dólares. Obama, en menos de cuatro años de gestión, la ha aumentado en 5 trillones, superando a la suma de todos sus predecesores. La cifra de 16 trillones luce abastracta, pero en todo caso ya supera a la riqueza nacional en un 30% (se gasta más de lo que se recibe). ¿Cómo sobreviven Obama y el país? Pues colocando bonos en China y Japón. 
¿Hasta cuándo? Si se reelige a Obama en noviembre próximo, la espiral de endeudamiento y gasto seguirá en alza hasta que se rompan los cimientos de la economía capitalista de esta nación, que el actual presidente se ha propuesto destruir. Cabe lucubrar: si el gasto y la deuda suben hasta que los bonos no encuentren mercado ¿qué recurso le quedan a Obama y su clan?
Seguir con la desbordada emisión inorgánica de moneda. Es lo que ha ocurrido aquí y en Europa y el resto del mundo. Desde que el presidente Nixon desligó a los Estados Unidos del patrón oro, los bancos centrales de cualquier país se vieron libres de emitir billetes sin respaldo para satisfacer la insaciable sed de aumento de beneficios sociales para todos.
Los salarios, con más dinero de papel, fácilmente podían incrementarse de forma periódica y automática, así como la extensión de vacaciones a dos meses por año, retiro a los 50 o 55 años de edad (no solo en Europa sino en la GM) y pensiones de seis cifras para policías, bomberos y millones de  ejecutivos bancarios y de grandes corporaciones.
El delirio inflacionario para imprimir dinero sigue vigente. Alemania acaba de ratificarlo con su apoyo a España para que salga de la crisis con reformas “a futuro”. El problema es que allá, en Grecia, en los Estados Unidos y en todas partes, los beneficios indebidos por excesivos se convierten en “derechos adquiridos” que ningún “reformista” puede atreverse a reducir. Las reacciones populares están a la vista.
¿Qué pudiera aconsejarle el ama de casa sensata a los jefes de Estado de éste y demás países en crisis en virtual peligro de quiebra? Lo mismo que recomendó a su marido: reducir los gastos superfluos, reordenar en general las finanzas y acordar una forma racional y factible para pagar la deuda que jamás fue impuesta, sino voluntaria. 
Con respecto a la emisión inorgánica, los sabios que ahora se devanan los sesos bien harían en recomendar un retorno al sentido común mediante un consenso para fijar algún freno, norma o patrón de conducta universal como lo fue el oro, para detener la impresión de billetes de papel como si se tratara de un inocente pero artificial juego de monopolio.
¿Y el consejo para los votantes en los Estados Unidos? Despedir de su cargo a Obama en las próximas elecciones, por ser el principal autor de la crisis interna e internacional de la economía.

Friday, July 6, 2012

ES ROMNEY PEOR QUE McCAIN


Todos suponían que Mitt Romney, el candidato republicano que intentará sustituir al demócrata Barack Hussein Obama en la Casa Blanca, buscaría todo foro disponible para condenar a la Corte Suprema de Justicia por la pirueta jurídica que utilizó para no anular la ley de salud de este régimen, conocida como Obamacare, por inconstitucional.
Era una oportunidad brillante para desvanecer los temores expresados con frecuencia en los debates de las primarias, de que el talón de Aquiles de Romney sería precisamente el hecho de que el Obamacare se inspiró en el Romneycare, impuesto en Massachussets cuando era gobernador del 2003 al 2007. 
En lugar de ello, en lugar de aprovechar la coyuntura para declarar que la experiencia de estatizar los servicios de salud fue algo de lo que se arrepiente y no quiere verla extendida a toda la nación, como quiere Obama, el candidato republicano ha sido ambiguo. Su primer comentario fue para aprobar la decisión de la Corte, aunque luego se rectificó.
El proyecto más ambicioso de Obama ha sido y es su Obamacare. Presionó por todos los medios ilícitos y no ilícitos para que el Congreso lo apruebe con los votos en rebaño de todos los demócratas con mayoría absoluta en las dos cámaras y sin ningún voto republicano. Y además con la oposición de la mayoría de ciudadanos encuestados antes, durante y después de la aprobación de la ley.
Obama y su círculo han dicho que la ley es copia de la de Romney y que incluso en la elaboración del farragoso proyecto de 2.700 páginas (que nunca fueron leídas para aprobarlo) se contó con la asesoría de expertos  del ex gobernador. La gente repudia la ley porque está diseñada para eliminar la competencia de más de 1.500 empresas privadas proveedoras de los servicios que hoy existen.
La meta es sustituir a los proveedores privados por un único proveedor, el Estado. Con ello desaparecería el derecho a escoger proveedores y médicos y a depender de las decisiones de comités de burócratas, que se convertirán así en árbitros de la vida y de la muerte, como en los peores regímenes socialistas/fascistas.
Los servicios empeorarían y la corrupción para obtener favores y contratos con los burócratas irían in crescendo. Los costos subirán para lo cual el Obamacare ya tiene la solución: crear 21 nuevos impuestos a las primas, a la hospitalización, a la compraventa de inmuebles, a las inversiones privadas y a la renta de gente y  empresas con mayores ingresos.
Tales medidas acentuarán la recesión y elevarán la deuda pública que ya es de 16 trillones de dólares, un tercio generado por el actual gobierno. Es un axioma, probado históricamente, que aumentar las cargas impositivas en tiempos de crisis no la resuelven, la empeoran. El propio Obama lo está constatando. Con casi cuatro años de su mandato, la tasa de desempleo continuó en junio en el 8.2%.
Lo que debería ser más desalentador para un presidenre negro, es que el desempleo entre los negros es del 14.4% y entre los hispanos del 11%. En junio se crearon solo 80.000 empleos, pero los que se acogieron al seguro por impedimentos físicos fueron 85.000 lo que indica que se trata de desempleados obligados a esa opción por falta de empleo.  
Obama busca deliberadamente incrementar la dependencia de subsidios antes que facilitar la creación de empleos por parte del únicos sector capaz de hacerlo, que es el privado. Se autoelogia de ello y del aumento en la concesión de foodstamps, o subsidios alimentarios,  prometiendo abolir las deudas hipotecarias y de los préstamos a estudiantes, con más impuestos a los ricos.
No cree en las fuerzas del mercado como la sola fuente para generar y producir ideas, empresas, servicios, innovaciones. El Estado tiene que sustituir, según él, a la iniciativa individual y asignar recursos y modos de conducta y consumo según las prioridades dicatadas por los comités de burócratas del régimen.
La “mano invisible” de John Stuart Mill como reguladora del mercado, Obama y su clan la quieren cambiar por la “mano de hierro” del centralismo estatal. La URSS sufrió esa experiencia por más de siete décadas y su población, tras el hambre y la opresión que soportó, está apenas oxigenándose hoy con el acceso a los beneficios del mercado libre.
Hay los otros ejemplos de Corea del Norte, Cuba, o Europa en la cual la aplicación del utopismo del Estado de bienestar o beneficencia la ha llevado a una crisis ruinosa, por la falta de financiamiento. La política de Obama va en esa dirección y el Obamacare es la punta de lanza en esa cruzada.
Existía la esperanza de que la ley sería archivada por la Corte Suprema de Justicia, con mayoría conservadora. Pero a última hora el presidente, John Roberts, conservador, se alineó con los cuatro izquierdistas de la minoría para rescatar la ley. Ésta había sido cuestionada principalmente porque fija un mandato para que todos adquieran un seguro de salud, o paguen una multa. 
Roberts concuerda con que esa obligatoriedad viola cláusulas de comercio sobre la materia, expresadas en la Constitución. Su análisis debió detenerse allí y declararla inconstitucional y punto. Prefirió hacer una contorsión o pirueta sofística para convertir ese mandato y esa penalidad inconstitucionales en impuesto, facultad que si la tendría el Congreso.
Los debates sobre el tema son inacables, pero lo cierto es que la Suprema ratificó al Obamacare como ley en vigencia en la nación. Como en el caso de la legalización del aborto en 1973, no importa si la mayoría del pueblo esté en desacuerdo. Todos tienen que acatarla tras el fallo de la máxima autoridad jurídca del país.
Para contrarrestar el paso en falso de la Suprema, solo queda no reelegir a Obama el 6 de noviembre próximo, confirmar la mayoría republicana en la Cámara de Representantes y recuperar  la mayoría en el Senado, ahora bajo control demócrata.
Romney ha prometido, si, iniciar el proceso de derogatoria del  Obamacare el día en que se posesione en la Casa Blanca. Pero a este ritmo ¿llegará a la Casa Blanca? ¿Generará suficiente entusiasmo como para que la gente de oposición salga a votar en favor de los legisladores republicanos? ¿O se extenderá la apatía?
Obama apela permanente y maliciosamente a una retórica populista. A las objeciones sobre el negativo impacto de más impuestos con el Obamacare o el potencial deterioro y corrupción de los servicios médicos, él denuncia que Romney y los republicanos buscan reducir la asistencia médica a los desposeídos, para beneficiar a las clases adineradas.
Habla de que sin el Obamacare los viejos y las minorías no tendrán acceso a los cuidados de salud. Que si se mantiene el estatus quo, los servicios aumentarán de costo para enriquecer más a unos pocos. No alude a una revisión y reforma del sistema privado, sino a su abolición y reemplazo por un Estado  en que no haya sin opción a escoger o protestar.
Romney no ataca al Obamacare como lo haría cualquier otro candidato realmente convencido de que es pernicioso. Un Newt Gingrich, por ejemplo, jamás habría vacilado ni diferido una respuesta directa y rápida contra la ley y la decisión de la Suprema, citando además que atenta contra la libertad religiosa al imponer a instituciones católicas y cristianas en general un mandato pro aborto y anticonceptivos.
Muchas veces los discursos de Romney recuerdan a esas músicas ambientales que se escuchan en aeropuertos, como ideadas para apaciguar a pasajeros impacientes. No animan, no despiertan, no impelen a seguir ni a batallar por una idea o una causa. Añádase que Romney, como John McCain en el 2008, no quiere denunciar las mentiras del rival en cuanto a su partida de nacimiento o su documento de seguro social (equivalente aquí a cédula de identidad), que expertos de todas las tendencias han comprobado son espurios. 
¿Cómo ganar una batalla en esas condiciones, pero aún si en el lado de Obama está la mafia de Chicago, la que dio el triunfo a John F. Kennedy sobre Richard Nixon en 1960? Cuando éste le aventajaba en el conteo, papá Kennedy (Joseph) pidió a sus amigos de Chicago tantos votos, urgente, para apuntalar a su hijo. Les fueron dados, pero no de manera gratuita. Cuando John y su hermano Robert rompieron el pacto y osaron combatir a la mafia, ésta los ejecutó.(“Legacy of Secrecy, The long shadow of the JFK assassination” by Lamar Waldron with Thom Hartman. Counterpoint Berkley)
John McCain se distingue de Romney porque su pasado conservador es incuestionable. Héroe militar, cuando incursionó en política jamás se apartó de los principios conservadores. Su problema es que quiso aparecer “centrista” para ganarse a los independientes y en ese plano prohibió que se aborden asuntos personales sobre ese “buen hombre” que es Obama. Impidió incluso que se diga que Barack se llama también Hussein, para no recordar sus conexciones musulmanas.
Romney, en contraste, difícilmente pasaría un test sobre principios conservadores. Ha sido empresario privado próspero, eso si y como tal dirigió acertadamente los Juegos Olímpicos de Invierno en Utah y la empresa Bain Capital. Pero eso no lo convierte en político conservador. De ahi su Romneycare en Massachussetts, propio de un liberal y sus constantes vacilaciones y contradicciones de campaña, como ahora frente a Obama.
El escepticismo crece en las filas republicanas, sobre todo en medio de esa multitud incorpórea pero real del Tea Party. Algunos hablan de que acaso sea posible que en la Convención del GOP del 27 del próximo mes en Tampa, Florida, haya suficientes delegados para quebrar la votación y no ratificar la nominación de Romney. Asunto sujeto, por cierto, a la especulación.
De todas maneras, nadie espera que Romney se “regenere” de pronto y se vuelva un Kennedy o un Reagan. Pero si con esa tónica modosa, monótona, temerosa y sin contraluces el candidato republicano gana, sería por obra de un milagro. El milagro de que la mayoría de votantes entienda por otras vías, no las del candidato opositor, que Obama es nefasto y que hay que sustituirlo...aunque sea con Romney.