Monday, January 14, 2019

HIPOCRESÍA EXECRABLE

Ahora la oposición demócrata "progresista", cuando parece agotada su imaginación anti Trump, pretende acusarlo de que no solo haber ganado las elecciones por "colusión" con Rusia sino de haber comenzado a gobernar como servidor de Putin.
Eso lo da a entender una maliciosa nota de primera página aparecida en el diario The New York Times, que se ha convertido en una especie de folletín divulgador de escándalos como los que se venden en los supermercados, siempre en contra de Trump.
En breve acápite que se acompaña a dicha nota, el Diario publica, en páginas interiores, que la acusación contra el Presidente no tiene sustento. Pero ya la calumnia se divulgó y la mayoría de los medios audiovisuales y escritos se hace eco y adelanta que es otra "prueba" de que Trump es inepto y que hay que echarlo del puesto.
Supuestamente el FBI sospechó a comienzos del régimen que Trump estaría trabajando para Putin por lo que inició investigaciones para clarificarlo. El FBI es agencia de inteligencia dependiente de la Presidencia por lo que es inconcebible que pudiese asumir semejante tarea acusatoria de traición contra su jefe y comandante en jefe  de las fuerzas armadas del país. 
En coincidencia con esta infame denuncia del NYT, la estación de TV FoxNews ofreció anoche una entrevista de Mark Levin al profesor Paul Kengor, especializado en la Guerra Fría, en la cual relata cómo hacia 1983, en momentos en que se planeaba la reelección del Presidente Ronald Reagan, el partido demócrata encabezado por Ted Kennedy conspiró con la URSS para impedirlo. 
Kennedy, que aspiraba a la Presidencia, contactó al jefe de inteligencia soviético y propuso a Andropov facilitarle una campaña en los Estados Unidos para desprestigiar a Reagan y acusarlo de hostilizar a la URSS a fin de boicotear los "fines pacíficos" de Moscú. Hay un documento auténtico de la oferta, transcrito en un libro de Knegor con traducción del ruso al inglés.
De este acto de traición de Ted Kennedy tan solo el Times de Londres y la BBC dieron cuenta, en tanto que todos los medios en Estados Unidos lo callaron. En la entrevista también se relata como Franklin D. Roosevelt cedió ante Stalin, tuvo como su consejero inmediato a un espía soviético que lo aseesoró incluso en Yalta y a otros altos funcionarios espías directos o indirectos.
La "gran prensa" fue siempre pro socialista y lo sigue siendo ahora con Trump, con la diferencia de que ahora simula aparecer anti rusa, anti Putin, cuando siempre fue lo contrario. Todo en busca de pretextos para tratar de disminuir y atacar a Trump. En el caso de la reelección de Reagan, la victoria la obtuvo en 49 de los 50 Estados, pese al bloqueo de la misma "gran prensa" hoy cerradamente anti Trump.
He aquí el video clip de la entrevista de Mark Levin.


Friday, January 11, 2019

TOZUDEZ IMPERDONABLE

La oposición del partido demócrata, desconcertada y desorientada ante los logros del gobierno de dos años del Presidente Trump, está llegando a extremos de insensatez, esta vez cuando está tratando de impedirle que cumpla con el mandato constitucional de garantizar la seguridad de fronteras.
La economía próspera de los Estados Unidos ha sido un atractivo para que la gente de todo el mundo intente inmigrar, atraída además por su sistema de libertad. Pero es mucho más intensa la atracción de quienes habitan al Sur del Río Grande en países mal gobernados y corruptos y por ende pobres.
La inmigración ha sido siempre bienvenida en los Estados Unidos, pero sujeta a regulaciones de ingreso. En realidad, no hay otra nación más generosa ni hospitalaria ni con más amplia diversidad de inmigrantes. Lo que nunca se aceptó ni aceptará es la inmigración indiscriminada e ilegal.
El problema se agudiza en la frontera sur con México, de más de 3.100 kilómetros de extensión. Si bien hay ríos, montañas y otros obstáculos geográficos existen espacios de fácil acceso, difíciles de vigilar y por los cuales se filtran centenares de miles de ilegales no solo de México sino de otros países latino americanos y de otros continentes.
Las leyes de inmigración son aquí defectuosas y obsoletas. Los traficantes llamados coyotes las explotan. Engañan a los potenciales migrantes y por sumas de hasta 10.000 dólares les garantizan el ingreso a los Estados Unidos sin visado. Les adiestran para que pidan asilo político. La ley les faculta entonces el ingreso condicionado y a que se presenten ante un juez meses más tarde. Por excepción lo hacen.
Se calcula que hay veinte o más millones de ilegales que entraron en esas condiciones, o con visas de turismo que han vencido, o que cruzaron la frontera sin ser avistados. A ellos se suman los menores de edad o los hijos de ilegales nacidos aquí y que automáticamente reciben la ciudadanía, en uso de un derecho que se aplicaba a los negros en el siglo XIX.
Los intentos por modificar y modernizar la ley inmigratoria han fracasado y el Presidente Trump quisiera lograrlo. Pero previamente considera como  prioridad garantizar la seguridad de la frontera sur. Porque por ella ingresan no solo quienes buscan mejores condiciones de vida con empleo o escapando a la violencia, sino traficantes de drogas y terroristas.
En su discurso a la Nación dado desde la Oficina Oval el martes pasado, el Presidente Trump afirmó que "en los dos últimos años agentes de ICE (Policía de Inmigración y Aduanas) arrestaron a 266.000 extranjeros con antecedentes penales, condenados por 100.000 agresiones, 30.000 delitos sexuales y 4.000 homicidios violentos".
Los demócratas, ahora dirigida por una septuagenaria en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, que no logra liberarse del influjo socialista marxista que encabeza Alexandra Ocasio Cortes, de 29 años, tienen como su sola y obsesiva meta bloquear a Trump en todo. Éste demanda 5.700 millones de dólares para continuar la construcción de un muro en la frontera y Peolosi dice que no le dará ni un dólar.
La construcción del muro fue aprobada en el 2006, pero sin suficientes fondos, entre otros por Pelosi, Obama, Hillary Clinton y en el 2013 fue ratificada bipartidistamente con asignación de más de 20.000 millones de dólares. Mas el dinero no ha fluido  y ahora esos legisladores dicen que el muro no es necesario, que bastan los drones. (Con drones solo caben fotografías o señales de radio en tiempo propicio, pero no modos de impedir el tránsito de migrantes...a menos que los drones estén armados)
Mientras tanto, el gobierno está parcialmente paralizado por falta de fondos fiscales. La Cámara de Representantes, ahora dominada por los demócratas, aprobó proyectos para financiar varias agencias cerradas, dejando pendiente la relativa al muro. Ese paquete no fue admitido por el Senado, porque el Presidente advirtió que lo vetaría.
En una última reunión con los legisladores, Trump preguntó a Pelosi y a Shumer, el líder demócrata del Senado, que si aprobaba el paquete estarían ellos dispuestos a discutir el financiamiento del muro. La respuesta fue negativa, por lo cual el mandatario se levantó y salió de la sala porque seguir hablando, dijo, "sería una pérdida de tiempo".
Al parecer la sola alternativa a la tozudez de los demócratas sería una declaratoria de emergencia por seguridad nacional, a fin de tomar fondos militares reservados para ese fin para continuar con la construcción del muro. Hasta que lleguen tiempos mejores en el 2020, cuando se reelija a Trump y los republicanos recuperen el control de la Cámara de Representantes, fuente de creación de ingresos.

Friday, December 28, 2018

THE RULE OF LAW

Todo se reduce a ese objetivo por parte de Trump: que aquí, en los Estados Unidos y en sus relaciones internacionales prevalezca la norma de obedecer "The Rule of Law", esto es, el imperio, la vigencia de la ley.
Se lo acusa por ese deseo de ser testarudo, fascista, anti inmigrante, racista y otros calificativos sin justificación. Los hechos  demuestran que el móvil de sus críticos es el odio contra quien está removiendo prejuicios que se creía inamovibles.
El respeto a la ley es primordial para que una sociedad conviva en armonía. La ausencia de ella es el caos y la imposición del abuso del más fuerte. En los Estados Unidos las leyes y los gobiernos son fruto del consenso de los gobernados.
No siempre fue así. Con anterioridad a la Revolución Americana, la ley en las Colonias la dictaba la monarquía inglesa. Tras la independencia en 1776 y más tarde con la Constitución de 1778, quedó suprimida la monarquía y se creó un gobierno por consenso con poder tripartito.
El pueblo delegó la función de legislar al Congreso, la de aplicar las leyes al Ejecutivo y la de dirimir controversias legales a las Cortes. Los elegidos para las tres ramas del poder son alternativos y responsables y sus facultades se sujetan a mutuo control para evitar excesos.
Fue una sabia concepción de los Fundadores de la Patria, que se mantiene en su esencia inalterada hasta la fecha, con pocas enmiendas y que ha permitido a este país alcanzar a plenitud su potencialidad intelectual y material, sin rival en el mundo.
Las naciones que han imitado el sistema jurídico constitucional en libertad de los Estados Unidos, son las que han alcanzado gran prosperidad. En contraste los países dictatoriales y los del llamado tercer mundo permanecen empobrecidos pues "the rule of law" ha sido sustituida por la corrupción.
En la cultura judeo cristiana, en la que nacieron los Estados Unidos, los primeros vestigios de ley están dados por los Diez Mandamiento entregados a Moisés. Si todos los acatasen, ciertamente que la sociedad norteamericana sería mucho más sana. Pero no es así y de ahí las previsiones de la Constitución de 1778.
El documento fue discutido y aprobado en la convicción de se aplicaría a   "seres humanos y no ángeles", como advirtió James Madison, uno de los Fundadores. Por ello se estipularon normas para frenar ambiciones,  sancionar excesos y remover intentos de contravenir el sistema democrático.
El país está atravesando por una etapa de deterioro del orden constitucional. El Congreso, desde hace varios decenios, ha cedido varias de sus atribuciones de legislar tanto al Ejecutivo como al Judicial, al punto que se han creado burocracias que dictan leyes, regulan y sancionan al igual que lo hacen la Corte Suprema y Cortes inferiores. (Leyes pro aborto, matrimonio gay, et.)
Esa tendencia resulta del movimiento demócrata "progresista" que cree que la Constitución es obsoleta por impedir acelerar cambios en favor de la "justicia social" y la "redistribución del ingreso" metas tomadas de la doctrina marxista, que está reñida con la concepción de competencia de mercado libre estipulada originalmente en la Constitución.
Donald Trump está deteniendo ese rompimiento de la ley. Ha desecho decenas de regulaciones de Obama obstructoras del mercado de inversión y ello ha dado un vuelco positivo a la economía. Frenó el Obamacare parcialmente, aunque falta una definición legislativa para acabar con ese intento de socializar o estatizar los servicios de salud.
En materia de inmigración, enfrenta la negativa demócrata para que se impida el ingreso ilegal de inmigrantes y para que se siga un proceso legal para normalizar la presencia de los que se hallan aquí indocumentados. Los demócratas buscan la amnistía y el libre acceso, en la suposición de que aumentarán votos para su partido.
El empeño de Trump porque se imponga "the rule of law" ha dado frutos: la tasa de desempleo es la más baja en 50 años, la de hispanos y negros la más baja en la historia, los veteranos sin hogar cayeron en un 50%, se añadieron 300.000 empleos en las industrias, hay paz en la península coreana por primera vez en 60 años, USA vuelve a liderar el mundo, la eonomía crece al 3% mientras decrece en Europa y otras regiones.
Con China, México, la OTAN y otros países con los que se mantienen relaciones comerciales y militares, Trump no ha desatado "guerras" sino que ha exigido lo mismo que tierra adentro: el cumplimiento de la ley. Con China los resultados están saliendo a la luz y ya habrá paridad en las imposiciones tarifarias y cesará el robo de patentes. En otras palabras, se cumplirá con la ley.




Monday, December 17, 2018

LA CONSPIRACIÓN ANTI TRUMP

Es ya inocultable la existencia de facto de una conspiración anti Trump que se inició a los pocos minutos de su inesperada victoria en las elecciones presidenciales de noviembre del 2016 y que se ha ido expandiendo hasta la fecha.
Factor clave en este fenómeno han sido los medios de comunicación escritos y audiovisuales que, con pocas excepciones, se han alineado con la oposición de los demócratas "progresistas" y con la disidencia republicana, para ocultar logros del régimen o para distorsionarlos.
La economía, que se deprimió con los ocho años de Obama debido al exceso de restricciones al libre mercado y al libre flujo de las inversiones, se recuperó y de un magro crecimiento estancado en el 2% o menos, saltó al 3.7% anual en menos de dos años.
El desempleo cayó al punto que hubo más demanda para ocupar vacancias (7 millones de empleos no ocupados), pero la imagen de los analistas de izquierda y de los medios ya apuntan a señalar que adviene la recesión, cuando los indicadores objetivos apuntan a todo lo contrario, a una sostenida expansión de la economía.
Los Estados Unidos dejó de depender de la importación de petróleo en ese mismo breve lapso de dos años para convertirse en exportador, debido a la supresión de las restricciones de Obama a la explotación del crudo. La OPEP se resquebraja y va camino de desaparecer como desestabilizador mundial del mercado.
En el 2006 hubo una resolución bipartidista para erigir un muro en la frontera sur con México para impedir el ingreso ilegal de inmigrantes, con el respaldo de Obama, Clinton, Shummer, Pelosi y otros altos dirigentes demócratas. Mas el proyecto quedó sin adecuado financiamiento.
Esta vez Trump pidió al Congreso que asigne la suma precisa, unos 25.000 millones de dólares con una cuota inmediata de 5.000 millones. Los mismos demócratas que votaron si en el 2006 ahora votan no. Prefieren libre acceso a los migrantes y facilitación para que voten, pues votan demócrata.
Trump y quienes lo respaldan apoyan la construcción del muro y el control de la inmigración ilegal, porque así lo señala la ley. Obama, cuando concedió amnistía a los "dreamers" o soñadores (menores de 18 años que ingresaron ilegalmente con sus padres), violó la Constitución.
Los "progresistas" presionan porque esa amnistía sea permanente, apelando a lo emocional. Trump propuso a comienzos de este año que el número de dreamers se extienda a 1.800.000 y que se sometan a un trámite especial para que accedan a la ciudadanía, con sujeción a la ley y que, paralelamente, se asignen los fondos para el muro y se suprima el visado por lotería.
Los demócratas se niegan a cooperar. Y mienten. Dicen que la postura Trump es xenofóbica, racista, anti inmigrante (Melania, su mujer, es de Slovenia). Si la obstinación persiste, Trump está dispuesto a financiar el muro con fondos del presupuesto militar (por razones de seguridad nacional), creando un fondo especial mediante colecta pública o propiciando un cierre fiscal parcial del gobierno.
La supuesta "colusión" de Putin con Trump para llevarlo a la Casa Blanca en lugar de Hillary Clinton ha resultado ser una gran farsa a un costo de dos años y más de 25 millones de dólares. El encargado del sainete, Bob Moeller, no ha podido exhibir ni una sola prueba de la acusación y ha desviado sus esfuerzos de búsqueda de crímenes a otras área y a otros personajes.
Uno de los abogados de Trump, Michael Cohen, ha sido sentenciado a tres años de prisión, pese a que traicionó a su jefe. Pero su penalidad nada tiene que ver con Rusia sino con evasión de impuestos y perjurio. En igual situación están otros implicados. Moeller fracasó en su misión de hallar un crimen con el cual descalificar y destituir al Presidente.
El Obamacare fue un dictado inconstitucional del anterior presidente desde su inicio. Lo sabían todos, incluídos los demócratas. Pero el Congreso lo aprobó, incluso sin la lectura de su texto y sin un solo voto republicano. Fue repudiado por las cortes y subió a dictamen de la Suprema. Pero allí el Presidente, John Roberts, dio el voto decisivo para rechazar las objeciones y ratificar la validez de la ley.
El Obamacare impone la adquisición de un servicio, el de salud, so pena de un castigo tributario. Esa imposición es inconstitucional. Roberts mañosamente dijo que el mandato era un impuesto. Pero ese mandato fue anulado por el Congreso republicano el año pasado. Por ello, un juez federal de Texas acaba de dictaminar que sin el mandato, el Obamacare ha dejado de existir por inconstitucional.
Toca ahora al Congreso desempeñar su papel de legislar, que ha cedido en gran medida últimamente a la Corte Suprema. Antes de que el caso vuelva a esta Corte, deberá legislar para anular el Obamacare, clarificar la aceptación de los casos de seguros para enfermedades pre existentes y derribar barreras para establecer libre competencia entre las compañías aseguradoras y bajar costos.
La meta del Obamacare y de los progresistas era eliminar la libre competencia para centralizar en el Estado la provisión del cuidado de la salud lo cual no es la solución óptima. La óptima ha probado ser la que ha exisitido en el país. Lo único que se requiere es rectificar errores y vacíos para perfeccionarla, lo cual es un proceso permanente.
La economía de China flaquea. La razón está en las políticas de Trump encaminadas a clarificar y purificar las relaciones comerciales con los Estados Unidos, para reducir el déficit, para impedir el robo de patentes, para ajustar la conducta china a las regulaciones de la OMC. Los aranceles para la importación de vehículos norteamericanos bajó del 40% al 10%. Están en marcha otros similares ajustes a definirse en tres meses.
Son logros espectaculares, como los de paz con Norcorea, acallados por la prensa. Lo que acapara los títulos y los debates en la TV son los pagos de silencio a unas mujeres en el 2010 (cuando Trump no era ni candidato), en nada comparable con el escándalo de Monica Lewinsky con Bill Clinton en la Oficina Oval de la Casa Blanca. No importan esa distorsiones. La verdad y el sentido común terminarán por prevalecer. Como en el 2016.

Wednesday, December 5, 2018

Y TRUMP SIGUE GANANDO

Es increíble que Donald Trump continúe como Presidente de la República y que, por añadidura, siga concretando de manera espectacular muchas de las promesas hechas durante la campaña presidencial de hace dos años.
La incredulidad proviene del bloqueo informativo impuesto por la mayoría de los principales medios de comunicación audiovisuales e impresos, que de modo implacable ignoran los logros de Trump o los distorsionan o confunden al lector o televidente mezclando noticia con opinión.
Las exequias del Presidente George HW Bush fueron un pretexto para los medios anti Trump para distorsionar los hechos y decir que el mandatario No 41 era un dechado de virtudes, en contraste con el actual No 45 que a su juicio ha sido  lo peor que ha tenido este país en su historia.
Mienten al decir que las relaciones del Bush 41 con los medios fue ejemplar, cuando en verdad fueron hostiles, como lo han sido con todos los jefes de Estado republicanos. Ciertamente con Trump el distanciamiento es peor, por cuanto éste no se ha dejado amilanar y ha respondido con entereza a las agresiones.
El pasado fin de semana, mientras se celebraba en Buenos Aires la reunión del G-20, Trump logró con el Presidente Xi de China una tregua de noventa días de imposiciones  tarifarias comerciales, con ánimo de llegar a una revisión definitiva de las relaciones para beneficio para las partes.
El acuerdo es trascendental, dado que China se comprometió a comprar más productos agrícolas a los Estados Unidos, a rebajar aranceles para el ingreso  de vehículos y otras mercaderías, a no robar propiedad intelectual y otras medidas orientadas a reducir el défict comercial de más de 250 mil millones de dólares anuales.
En el plazo de noventa días el acuerdo deberá ser perfeccionado y concluido. De otro modo, dijo Trump, China y el mundo deben comprender que "yo soy el hombre de las Tarifas". Los medios interpretaron esta frase como una amenaza y la Bolsa se derrumbó. Era solo reiteración de la estrategia de negociación que ha evidenciado dar resultados.
Los medios también se escandalizaron, aquí y en Europa y el mundo, porque Trump no se adhirió al Tratado de París sobre control del clima debido a que lo consideró  no científico y perjudicial porque imponer más impuestos para combatir un supuesto "global warming" (recalentamiento global causado por el hombre), es una falsía.
De ello se han percatado los franceses, que han desatado revueltas en París y otras ciudades nunca antes vistas desde 1968. El alza en los precios de la gasolina para castigar a la clase media  y pobre por el "global warming" y engrosar las arcas fiscales de un estado benefactor está siendo frontalmente rechazado por el pueblo, dando la razón a Trump.
Igualmente hostilizado ha sido el Presidente por su oposición al ingreso de los inmigrantes ilegales, que los demócratas favorecen para  engrosar las filas de su partido. Millares, casi seis mil u ocho mil han llegado en caravanas a la frontera sur, la mayoría hasta la ciudad de Tijuana, cuyo alcalde y habitantes están enfurecidos.
Los invasores están consumiendo los pocos recursos de la ciudad mexicana y los desperdicios y enfermedades contagiosas amenazan la salubridad de sus habitantes. Muchos inmigrantes se han arrepentido y están retornando a sus lugares de origen en Honduras, El Salvador y otros países de Centro y Sudamérica engañados, según dicen, por quienes los alentaron a huir en estampida.
En otra demostración de habilidad negociadora, Trump persuadió a Canadá y México a rehacer el antiguo tratado comercial Nafta por otro que dará mayores ventajas a inversionistas, comerciantes y trabajadores de la zona. El nuevo tratado fue firmado también en Buenos Aires y se espera ratificación de los congresos respectivos para entrar en vigencia.
Quedan algunos obstáculos por zanjar. La terminación del muro fronterizo con México, inicialmente aprobado en el 2006 por los dos partidos pero cuyo presupuesto falta por ser aprobado. Los demócratas ahora se oponen y Trump amenaza con congelar el presupuesto general si no se incluye la cláusula respectiva en la nueva proforma.
El otro asunto pendiente ya dos años es la investigación por una supuesta colisión de Trump con Putin para ganarle las elecciones a Hillary Clinton en el 2016. Hasta la fecha no hay prueba alguna pese al gasto de unos 30 millones de dólares con 16 abogados demócratas. Pero parece acercarse la definición y el informe. Será clave lo que revele Julian Assange sobre quién le entregó los emails de la campaña de Hillary para su WikiLeaks.
Los demócratas dicen que fueron los rusos, como parte de la "colisión". Putin lo ha negado reiteradamente. Assange ha dicho que no fueron los rusos, pero aún no dice quiénes. Circuló hasta hace algunos meses un video clip de quien dijo ser el autor de la filtración a WikiLeaks: era un agente de la CIA, un cubano, indignado con los Clinton. Pero ese sitio Web de pronto desapareció.  

Sunday, November 25, 2018

¿JUECES IMPARCIALES?

Pocas personas menos autorizadas para salir en defensa de la imparcialidad de los jueces que el actual Presidente de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, John Roberts. Parecería contradictorio, dado su rango, pero esa es la realidad.
Roberts acaba de impugnar la crítica que hizo el Presidente Donald Trump al Juez Federal del Noveno Circuito, Jon S. Tigar, con sede en San Francisco, por pretender bloquear sus políticas de inmigración frente a la invasión de migrantes por la frontera sur.
Trump condenó la interferencia del juez, uno de 67, acusándolo de estar parcializado por ser partidario de Obama, quien lo nombró. La medida del juez contradice su decisión de impedir el acceso de ilegales a territorio norteamericano mientras se tramitan sus solicitudes de asilo.
Los invasores, provenientes de varios países centroamericanos, intentan llegar a la frontera por cualquier medio para pisar tierra estadounidense. Según una dispoción de Obama (catch and release), las autoridades deben capturar a los ilegales y lieberarlos tierra adentro, para que a posteriori se presenten ante un juzgado a conocer el fallo del juez.
Casi sin excepción, los ilegales no regresan y pasan a engrosar los millares de inmigrantes sin papeles que se pierden a lo largo y ancho de la nación ocultos a los gendarmes de fronteras que deben capturarlos para deportarlos. Con Trump esa trampa ha terminado y el "catch and release" se ha convertido en "catch and detention", captura y prisión.
En adelante los invasores que buscan asilo (casi ninguno, pues la mayoría viene por empleos mejor remunerados) serán detenidos en las fronteras y deberán permanecer en territorio mexicano hasta que llegue el fallo de los jueces sobre el pedido de asilo, lo que puede durar meses o años.
Uno de los diarios anti Trump, The Washington Post, publicó que el gobierno actual de México de Peña Nieto y el nuevo de López Obrador habían accedido a que los migrantes aguarden resultados en territorio mexicano. Evidentemente el acuerdo fue reservado pero se filtró, por lo cual voceros del nuevo régimen que se posesionará el 1 de diciembre lo negaron.
Jon S. Tigar,  el juez del Noveno Circuito, quiere bloquear a Trump hasta el 14 de diciembre, temporalmente, en algo que es parte esencial de sus atribuciones y mandatos constitucionales: velar por la seguridad nacional y por ende de sus fronteras. Trump señala que esa actitud es política y Roberts lo contradice.
No, afirma Roberts, en el sistema judicial a todo nivel los jueces no son jueces de Obama ni de Trump, ni de Clinton ni Bush. Son jueces independientes. Eso es falso. Los jueces, a todo nivel y notoriamente a nivel superior hasta la Suprema, son escogidos y elegidos con criterio político y el pueblo espera que actúen, con ajuste pleno a la Constitución y las leyes eso si, pero con inspiración doctrinaria.
No siempre ha ocurrido así. Es el caso del propio John Roberts. Fue escogido por el Presidente republicano George W. Bush por sus antecedentes republicanos, pero al momento de decidir la suerte del Obamacare en la Corte, olvidó sus principios y votó por la ley socialista que aún subsiste por la traición de otro seudo republicano, el fallecido senador John McCain.
El Obamacare, que el Congreso demócrata había aprobado sin un solo voto republicano y con el rechazo del 67% de la población encuestada, había sido cuestionada por inconstitucional y subido a la Suprema para que fallase. Se argüía que la Constitución prohibe la imposición de compra de un bien o de un servicio (como pólizas de seguro médico).
Los nueve jueces de la Corte convinieron en que esa prohibición prevalecía, pero Roberts hizo una pirueta verbal pro Obama para decir que la ley no imponía la compra de un servicio (de salud a todos, sanos o enfermos) sino un impuesto, tesis que el propio Obama había rechazado en las discusiones previas y pese a que crear impuestos es privativo de la Cámara de Representantes.
El Obamacare contiene más de 2.000 artículos que no fueron leídos en su totalidad, lo que es contrario a la Constitución. El propósito de la ley era extender la cobertura médica a todos los ciudadanos, pero para ello se requería y se requeriría de un aumento monumental de impuestos, calculado en 30 trillones de dólares en diez años. La calidad de la atención decaería así como el incentivo para producir nuevos medicamentos.
La ley estaba por ser derogada con el régimen de Trump y el nuevo Congreso de mayoría republicana, pero a última hora McCain dio so vota en contra y el intento se frustró. Por fortuna, antes se había aprobado la abolición del mandato obligatorio de adquirir las pólizas del Obamacare, so pena de multas crecientes.
Los demócratas recuperaron terreno con las elecciones de medio término como consecuencia de las acciones de John Robert y John McCain. El único slogan de campaña que tuvieron fue la falsa aserción de que la abolición definitiva del Obamacare dejaría sin amparo a los enfermos con condiciones previas de mala salud. Sin esa mentira, habrían sido derrotados.
El gobierno de Trump ha puesto en marcha alternativas sustitutivas de la estatización de la salud del Obamacare, para poner en funcionamiento una más dinámica competencia de mercado a fin de favorecer a los más y permitir que continúe el avance de la medicina en el país, la mejor del planeta porque está basada en el mercado libre, no en el control estatal.

(Artículo de Arthur Herman titulado The Danger of Rushing into Peace que publicó The Wall Street Journal el 11 de este mes)
On the 11th hour of the 11th day of the 11th month in 1918, the guns were stilled in what was then the bloodiest war in history. A century later it’s worth remembering that while the armistice ended a world war, it also set the table for the next, thanks to the misguided idealism of its author, President Woodrow Wilson. 

The Allies had no military reason to stop the fighting. The German army had been badly beaten in a series of battles and was streaming homeward in confusion. The British and French were at the point of exhaustion after four years of constant slaughter, but Gen. John J. Pershing, commander of the American Expeditionary Force, wanted to turn the German retreat into a rout. His forces had taken a bloody nose in the Argonne Forest, but they were still fresh—and growing in numbers. By the start of 1919 Pershing expected to have more than a million men in the field. Completing Germany’s defeat, even advancing to Berlin, would put the U.S. in a position to dictate final peace terms. Germany’s unconditional surrender would allow America to shape Europe in ways that would guarantee Americans soldiers need never die there again. 
But Wilson demurred. The president had entered the war pledging “peace without victory.” His objective was to create a new world order. When the new German government sent a note to Wilson on Oct. 4 asking for an armistice, he saw an opportunity to achieve his aims without further bloodshed. 
He was flattered that the Germans asked for peace terms based on his own Fourteen Points, which he’d announced in late 1917 as America’s war aims. They included “open covenants of peace, openly arrived at,” a reduction in world armaments, and the establishment of a League of Nations. Convinced that Germany was willing to act in the spirit of democracy and peaceful coexistence, Wilson proposed an armistice. On Oct. 20 Germany formally accepted Wilson’s terms, with the proviso that Kaiser Wilhelm II abdicate his throne. 
Wilson did all this over the heads of the British and French, but the cessation of hostilities achieved their aims as well. France wanted to occupy the German territories of Alsace and Lorraine as a security buffer; Britain wanted the German imperial fleet interned. All this could be achieved through negotiations following an armistice. No more French and British boys would die in a war no one had ever wanted. 
And so on Nov. 8 French, British and German representatives met to negotiate the formal armistice. Three days later the fighting stopped, although there were more casualties on Nov. 11 than 26 years later on D-Day.
Only one military leader dissented from the armistice agreement: Gen. Pershing. Although in the end he bowed to his commander in chief and his fellow Allied generals, he never gave up his belief that total military victory was the key to lasting peace. “We never really let the Germans know who won the war,” he said in 1923. “They are being told that their army was stabbed in the back, betrayed, that their army had not been defeated. The Germans never believed they were beaten. It will have to be done all over again.”
It was. The armistice spared Germany the final defeat it had earned. Its army remained battered but intact, and the “stab in the back” myth took deep root in the interwar years. It eventually contributed to the rise of Adolf Hitler, who identified the Jews as the perpetrators of the betrayal. America and the world would have to fight yet another, even bloodier war, to prove him wrong. 
In “Casablanca,” Maj. Heinrich Strasser disparages Rick Blaine as a “blundering American.” Capt. Louis Renault responds, “Yes, I was with them when they blundered into Berlin.” That was sarcasm: The Americans never reached Berlin in 1918. If they had, the 20th century would have looked very different—and Americans might have learned much earlier the lesson Pershing’s protégé Douglas MacArthur stated best: “There is no substitute for victory.” 
Mr. Herman is a senior fellow at the Hudson Institute and author of “1917: Lenin, Wilson, and the Birth of the New World Disorder,” which will be released in paperback this month.

Thursday, November 22, 2018

LIBERTAD, GUERRA Y PAZ

Los demócratas de este país, devenidos en "progresistas", se autoproclaman como campeones de la paz y defensores de los desamparados, para los cuales reclaman la la vigencia de la "justicia social".
Pero si se revisa la historia reciente, han sido los gobernantes demócratas los que han causado la prolongación de la guerra. Para no abundar baste revisar lo ocurrido en el siglo XX con las grandes conflagraciones bélicas.
Estados Unidos, a diferencia de las potencias europeas, no ha basado su grandeza económica y militar en la conquista, dominación y explotación de otras naciones, sino en su propio esfuerzo y el resultado de comerciar.
Su potencial se basó  en la creatividad e inventiva de sus habitantes y la agregación de territorios a sus 13 Colonias originales se produjo no por la imposición de la fuerza, sino porque se aceptaron reglas de convivencia en libertad establecidas en la Constitución de 1778.
La I Guerrra Mundial, desatada por Alemania y que involucró a Francia, Rusia y otras naciones de Europa, terminó con la intervención clave de Estados Unidos en 1918. Pero este país no buscó botín alguno por la victoria.
Mas esta victoria fue incompleta. El Comandante de las Fuerzas Militares de Estados Unidos en Europa, general John Pershing, advirtió que no había alternativa para la paz sin la derrota total del enemigo alemán. Pero a la postre prevaleció el armisticio.
El Presidente Woodrow Wilson, demócrata padre del "progresismo", se opuso a Pershing y respaldó el Tratado de Versalles que dejó habilitada pero humillada a Alemania, lista para que iniciara acto continuo la reconstrucción militar y la venganza genocida con Hitler.
Franklin Delano Roosevelt fue el Presidente demócrata que lideró al mundo libre contra el Eje de Hitler hasta derrotarlo, pero fue complaciente con su  "Uncle Joe", el tio Stalin, en su designio de expandir el dominio soviético. Muerto FDR, Truman ordenó lanzar las dos bombas atómica sobre Japón. 
Pero Truman flaqueó más tarde ante Stalin y Mao con la invasión a Corea y en lugar de escuchar al general Douglas MacArthur, que como Pershing creía que la única manera de salir de una guerra era con la victoria total, prefirió el armisticio y el enemigo comunista nunca fue realmente derrotado.
Pershing y MacArthur acataron el mandato constitucional de ceder  a la autoridad civil, pero la historia les ha dado la razón. Si Alemania, como en la II Guerra, hubiera sido doblegada por completo y se hubiese suscrito un tratado distinto al de Versalles, acaso no habría habido otra conflagración mundial.
Si Truman hubiera escuchado a MacArthur, los comunistas invasores de Corea habrían sido definitivamente subyugados y obligados a aceptar un acuerdo de paz de contenido similar al de Hirohito. Japón es hoy una  nación libre y próspera. Corea del Norte es una cárcel y la Península sigue dividida.
Similar suerte se corrió en Vietnam con la invasión comunista promovida por China y Rusia. Las fuerzas de las Naciones Unidas al mando de los Estados Unidos estaban a punto de derrotar totalmente al enemigo cuando la corriente demócrata respaldada por los medios de comunicación minó al frente interno y a sus fuerzas armadas. Esta vez no hubo armisticio, hubo derrota.
Eran tiempos del demócrata Lyndon Johnson y la debacle ya no la pudo contener el republicano Richard Nixon. La historia derrotista se ha repetido una vez más con el demócrata Barack Hussein Obama, cuando ordenó el retiro de todas las tropas de Iraq y Afganistán, estimulando el renacimiento de las fuerzas terroristas del ISIS.
Donald Trump, el Presidente Republicano en funciones, está tratando de enderezar todos los yerros derrotistas del pasado en el campo militar. Uno de los mayores desafíos continúa ubicado en el Medio Oriente. Por lo pronto, el ISIS está virtualmente derrotado, pero el terrorismo islámico aún sigue ocasionando estragos en la región y el mundo.
La guerra en esa zona, originada por esa ideología impermeable a la razón, se ha convertido en la más prolongada de los Estados Unidos, por casi una veintena de años, con altos costos de vidas humanas y recursos materiales. Será imposible, sin embargo, bajar la guardia jamás.

(Artículo de Arthur Herman, publicado por el Diario The Wall Street Journal el pasado 11 de este mes, titulado "The Danger of Rushing into Peace")
On the 11th hour of the 11th day of the 11th month in 1918, the guns were stilled in what was then the bloodiest war in history. A century later it’s worth remembering that while the armistice ended a world war, it also set the table for the next, thanks to the misguided idealism of its author, President Woodrow Wilson. 

The Allies had no military reason to stop the fighting. The German army had been badly beaten in a series of battles and was streaming homeward in confusion. The British and French were at the point of exhaustion after four years of constant slaughter, but Gen. John J. Pershing, commander of the American Expeditionary Force, wanted to turn the German retreat into a rout. His forces had taken a bloody nose in the Argonne Forest, but they were still fresh—and growing in numbers. By the start of 1919 Pershing expected to have more than a million men in the field. Completing Germany’s defeat, even advancing to Berlin, would put the U.S. in a position to dictate final peace terms. Germany’s unconditional surrender would allow America to shape Europe in ways that would guarantee Americans soldiers need never die there again. 
But Wilson demurred. The president had entered the war pledging “peace without victory.” His objective was to create a new world order. When the new German government sent a note to Wilson on Oct. 4 asking for an armistice, he saw an opportunity to achieve his aims without further bloodshed. 
He was flattered that the Germans asked for peace terms based on his own Fourteen Points, which he’d announced in late 1917 as America’s war aims. They included “open covenants of peace, openly arrived at,” a reduction in world armaments, and the establishment of a League of Nations. Convinced that Germany was willing to act in the spirit of democracy and peaceful coexistence, Wilson proposed an armistice. On Oct. 20 Germany formally accepted Wilson’s terms, with the proviso that Kaiser Wilhelm II abdicate his throne. 
Wilson did all this over the heads of the British and French, but the cessation of hostilities achieved their aims as well. France wanted to occupy the German territories of Alsace and Lorraine as a security buffer; Britain wanted the German imperial fleet interned. All this could be achieved through negotiations following an armistice. No more French and British boys would die in a war no one had ever wanted. 
And so on Nov. 8 French, British and German representatives met to negotiate the formal armistice. Three days later the fighting stopped, although there were more casualties on Nov. 11 than 26 years later on D-Day.
Only one military leader dissented from the armistice agreement: Gen. Pershing. Although in the end he bowed to his commander in chief and his fellow Allied generals, he never gave up his belief that total military victory was the key to lasting peace. “We never really let the Germans know who won the war,” he said in 1923. “They are being told that their army was stabbed in the back, betrayed, that their army had not been defeated. The Germans never believed they were beaten. It will have to be done all over again.”
It was. The armistice spared Germany the final defeat it had earned. Its army remained battered but intact, and the “stab in the back” myth took deep root in the interwar years. It eventually contributed to the rise of Adolf Hitler, who identified the Jews as the perpetrators of the betrayal. America and the world would have to fight yet another, even bloodier war, to prove him wrong. 
In “Casablanca,” Maj. Heinrich Strasser disparages Rick Blaine as a “blundering American.” Capt. Louis Renault responds, “Yes, I was with them when they blundered into Berlin.” That was sarcasm: The Americans never reached Berlin in 1918. If they had, the 20th century would have looked very different—and Americans might have learned much earlier the lesson Pershing’s protégé Douglas MacArthur stated best: “There is no substitute for victory.” 
Mr. Herman is a senior fellow at the Hudson Institute and author of “1917: Lenin, Wilson, and the Birth of the New World Disorder,” which will be released in paperback this month.