El presidente ecuatoriano Rafael Correa está absolutamente equivocado en su compaña a favor del Si al proyecto de nueva Constitución, si con la aprobación del documento que prolongaría su gobierno de corte dictatorial cree que logrará la prosperidad colectiva.
Las consecuencias del Si, por el que al parecer va a inclinarse la mayoría de los votantes el próximo 28 de este mes, serán un retorno al pasado en el manejo de la cosa pública en cuanto obstrucción de la iniciativa privada, el incremento de los impuestos para compensar el constante déficit fiscal por el irresponsable gasto público, un decaimiento de la inversión nacional y extranjera y, por cierto, reducción del empleo y empobrecimiento generalizado.
Correa, graduado en economía, acaba de anunciar un aumento del 51% en el presupuesto estatal, para llegar a la cifra de 15.000 millones de dólares, con un déficit de hecho de 2.000 millones que dice lo equilibrará con los precios del petróleo y más deuda externa.
No se requiere de títulos académicos para comprender lo absurdo de la política fiscal de Correa. Por sentido común se deduce que quien gasta más de lo que gana, se endeuda más y está condenado a quebrar. El Presidente ha dicho que si los precios del petróleo siguen cayendo en el mercado, no pagará la deuda. Es una amenaza pueril.
Los acreedores no son responsables de la fijación de los precios del crudo en el mercado mundial. Nadie lo es en particular. El precio de ese bien está regulado por el libre juego de la oferta y la demanda, dentro de cuyo marco operan los especuladores para satisfacer a las dos partes con la proyección de ventas a futuro.
Si el Ecuador resuelve unilateralmente no pagar la deuda externa por cualquiera que fueren los razonamientos caprichosos de Correa, el impacto lo sufrirán no los acreedores, sino el deudor moroso. La deuda externa, desde los tiempos de las guerras de la Independencia y la construcción del ferrocarril se pactaron no por la imposición de las armas, sino con consentimiento de los gobiernos de los diferentes períodos presidenciales. Y hay que pagarla.
El infame incremento del gasto público quebrará el escudo de la dolarización en el Ecuador y desencadenará la inflación, que es el peor azote a las economías de los estratos de ingresos fijos. Desalentará la inversión, decrecerá el empleo y la producción agropecuaria, lo cual encarecerá los precios de los alimentos. Habrá más hambre, angustia, inestabilidad y violencia.
Espanta advertir que Correa se pasee por los cuatro confines del país en una irrefrenable campaña para vender el Si sin que nada ni nadie lo detenga a punto tal que los partidarios para uncirle como dictador crecen con el paso de los días y ahora llegan al 57% o más.
Es probable, pues, que gane con amplia ventaja. Pero el fracaso de su gestión es inevitable si se analiza la historia del Ecuador y de otras naciones del mundo. A fin de cuentas, las sociedades más prósperas ha sido aquellas en las que ha primado un sistema de reducción de los poderes omnímodos del ejecutivo, para que la capacidad creativa, inventiva y empresarial de la gente se desarrolle en plena libertad.
Los peregrinos de Europa zarparon hacia América del Norte para escapar del absolutismo monárquico que coartaba la libertad de expresión y credo y que los mantenía empobrecidos con impuestos y una impermeable sociedad de castas. En América comenzaron a forjar otro tipo de sociedad abierta, que a través del tiempo ha ido consolidándose hasta convertirse en la potencia mundial primera, cultural, económica y militarmente hablando.
En el Ecuador, por desgracia, la tendencia parece ser regresiva. No se quiere la ampliación de libertad, sino la consagración de un caudillo que lo promete todo y nada con su retórica huera e insultante. Se diría que la mayoría añora en él al patrón blanco de hacienda, que fue fruto de la traslación casi intacta del sistema español feudal durante la Colonia.
Abraham Lincoln abolió la esclavitud en los Estados Unidos y evitó la disolución de la Unión tras triunfar en la guerra civil de secesión. Hace siglo y medio sugirió lo que los gobiernos democráticos debían hacer para fomentar la prosperidad de los pueblos. Vale la pena que se recuerden sus pensamientos al respecto, para marcar el contraste con las proposiciones diametralmente opuestas de Rafael Correa y su doctrina del “socialismo bolivariano del Siglo XXI”. He aquí el
DECÁLOGO DE ABRAHAM LINCOLN
1. No se puede crear prosperidad desalentando la Iniciativa Propia.
2. No se puede fortalecer al débil, debilitando al fuerte.
3. No se puede ayudar a los pequeños, aplastando a los grandes.
4. No se puede ayudar al pobre, destruyendo al rico.
5. No se puede elevar al asalariado, presionando a quien paga el salario.
6. No se puede resolver sus problemas mientras gaste más de lo que gana.
7. No se puede promover la fraternidad de la humanidad, admitiendo e incitando el odio de clases.
8. No se puede garantizar una adecuada seguridad con dinero prestado.
9. No se puede formar el carácter y el valor del hombre quitándole su independencia (libertad) e iniciativa.
10. No se puede ayudar a los hombres realizando por ellos permanentemente lo que ellos pueden y deben hacer por sí mismos.
Sunday, September 7, 2008
Friday, September 5, 2008
HA NACIDO UNA LÍDER
El discurso de aceptación de Sarah Palin como candidata republicana a la Vicepresidencia de la República, confirmó que fue sabia la decisión de John McCain al escogerla como su compañera de binomio para las elecciones presidenciales del 4 de noviembre próximo.
No obstante ser la primera vez que Sarah se enfrentaba ante una multitud inmensa, de más de 5.000 asistentes a la Convención del partido, ella no se inmutó ni titubeó un solo instante. Por el contrario, demostró una total entereza y dominio de si misma y del vasto auditorio.
Sus palabras, dichas con impresionante elocuencia y sencillez, deslumbraron a todos, hombres y mujeres, más allá de las barreras partidistas. Y con ello rompió el mito de que en la sociedad norteamericana aún prevalecen los prejuicios racistas y sexistas.
Si Obama tuviese las virtudes de de liderazgo de Palin como orador, la gente se arremolinaría en torno a él como ocurrió con la gobernadora de Alaska. Muchos de los seguidores de Obama, sin embargo lo son no por sus cualidades tanto que por su ancestro africano: quieren expiar las culpas de un esclavismo en el, por lo demás, ninguna culpa tuvieron.
Y si Hillary Clinton habría sido la líder superdotada que ella creía ser, entonces su coronación se habría concretado en lugar de la de Obama. Pero la resistencia que creaba y sigue creando excede al 50% y ello explica su derrota frente a un desconocido, joven, inexperto, orador populista, pero además…negro.
Sarah, que se proyecta como la nueva Margaret Thatcher made in USA, probó ser coherente y firme en sus principios de visión republicana sobre la defensa de la vida desde la concepción, la disciplina fiscal, la seguridad nacional, el reto de la independencia energética y la necesidad de una continua reforma educativa.
Sus frases fueron concisas, con frecuencia sarcásticamente demoledoras contra el binomio rival Obama/Biden. Su estilo contrasta con la verbosidad populista y ambigua de Obama, que recuerda la de caudillos de otros ámbitos, como Correa de Ecuador o Chávez de Venezuela.
En su discurso de aceptación, anoche, McCain lució como un patriarca, sobrio, de oratoria reposada pero con pronunciamientos y propuestas de fondo acerca de la situación interna y externa de los Estados Unidos. La combinación de los dos estilos y personalidades será una fórmula difícil de vencer en los comicios que se avecinan.
Con la inclusión de Sarah, el partido republicano está en la ruta de reunificación tras la derrota que sufriera en las elecciones para congresistas de hace 2 años, cuando perdió la mayoría en ambas cámaras. Muchos analistas achacaron esa derrota al desvío de la dirigencia partidista de los principios sustantivos de esa agrupación política, que Sarah está en plan de rescatar.
Hubo congresistas republicanos que cedieron a la tentación de aumentar el gasto fiscal y no respaldaron proyectos fundamentales como los de ajustes al sistema de seguridad social, sobre inmigración y salud, aparte de incurrir en escándalos que dañaron su imagen. McCain, junto a Sarah, promete recuperar la lid republicana en todos estos temas.
La gobernadora de Alaska, de otro lado, ha dado probablemente una estocada de muerte al falso feminismo difundido en los últimos años, cuyos logros han hecho más bien daño a la mujer. Sarah demuestra que la mujer no tiene que dejar de ser femenina para ejercer liderazgo, que puede ser bella e inteligente para alternar al hombre, sin tratar de disminuirlo, imitarlo ni menos sustituirlo.
Porque el movimiento feminista ha degenerado en algo contra natura. Desprecia a la contraparte masculina, no lo acepta para formar un hogar y una familia. Si la feminista quiere hijos, los concibe por inseminación. Como lo hace gente del otro sexo, los homosexuales como Ricky Martin y el alquiler de un vientre materno.
Las feministas, en su origen, se organizaron no solo para defender los derechos disminuidos de la mujer en las oportunidades del trabajo y otras actividades de la comunidad. Se unieron para oponerse al aborto impuesto casi siempre por el hombre que rehúye la responsabilidad frente a un embarazo no deseado o socialmente inconveniente.
Ahora el feminismo defiende fervorosamente el aborto, el homosexualismo y el matrimonio gay. Los resultados han sido el debilitamiento del núcleo familiar, la multiplicación de las madres solteras y el aumento de la delincuencia juvenil por la falta de una educación complementaria propia de un matrimonio estable entre un hombre y una mujer.
Sarah está casada por más de 20 años con un mismo hombre y ha procreado a cinco hijos, al último de los cuales se negó a abortar porque tenía el síndrome Down. Es madre, es atractiva, es “pro life”, usa faldas…es la imagen opuesta de la mujer en pantalones masculinos a la Hillary Clinton. No se siente ni mejor ni peor que el hombre, sino distinta y convencida por ello de poder desarrollar sus potencialidades sin mermar en nada su feminidad.
Tanto McCain como Palin desbordan energía y optimismo, frente al tono agrio, pesimista y sombrío de sus rivales. Uno y otro observan los errores que hay que corregir en el país, pero no lo denigran sino que lo exaltan. Michelle Obama, cónyuge del candidato demócrata, dijo en las primarias que por la primera vez sentía orgullo de los Estados Unidos, por haber nominado a un negro.
McCain, anoche, narró que sobrevivió a 5 años y medio de prisión tormentosa en la cárcel de Vietnam, sostenido por su fe en Dios y los Estados Unidos. Fue mi país quien me salvó, dijo, estoy orgulloso de él y lo estaré siempre y siempre lo defenderé. El enfoque político del binomio es, en consecuencia, distinto: su primera prioridad será la preservación de la seguridad nacional.
McCain, héroe de la guerra, no es guerrerista o belicista. Pero como Reagan o Theodor Roosevelt, a quien también venera, cree que para garantizar la paz no hay otra alternativa que demostrar fortaleza, no solo en principios sino en poder militar. Con los enemigos extremistas fracasa la diplomacia, solo ceden ante la fuerza, como lo ha demostrado la historia.
No obstante ser la primera vez que Sarah se enfrentaba ante una multitud inmensa, de más de 5.000 asistentes a la Convención del partido, ella no se inmutó ni titubeó un solo instante. Por el contrario, demostró una total entereza y dominio de si misma y del vasto auditorio.
Sus palabras, dichas con impresionante elocuencia y sencillez, deslumbraron a todos, hombres y mujeres, más allá de las barreras partidistas. Y con ello rompió el mito de que en la sociedad norteamericana aún prevalecen los prejuicios racistas y sexistas.
Si Obama tuviese las virtudes de de liderazgo de Palin como orador, la gente se arremolinaría en torno a él como ocurrió con la gobernadora de Alaska. Muchos de los seguidores de Obama, sin embargo lo son no por sus cualidades tanto que por su ancestro africano: quieren expiar las culpas de un esclavismo en el, por lo demás, ninguna culpa tuvieron.
Y si Hillary Clinton habría sido la líder superdotada que ella creía ser, entonces su coronación se habría concretado en lugar de la de Obama. Pero la resistencia que creaba y sigue creando excede al 50% y ello explica su derrota frente a un desconocido, joven, inexperto, orador populista, pero además…negro.
Sarah, que se proyecta como la nueva Margaret Thatcher made in USA, probó ser coherente y firme en sus principios de visión republicana sobre la defensa de la vida desde la concepción, la disciplina fiscal, la seguridad nacional, el reto de la independencia energética y la necesidad de una continua reforma educativa.
Sus frases fueron concisas, con frecuencia sarcásticamente demoledoras contra el binomio rival Obama/Biden. Su estilo contrasta con la verbosidad populista y ambigua de Obama, que recuerda la de caudillos de otros ámbitos, como Correa de Ecuador o Chávez de Venezuela.
En su discurso de aceptación, anoche, McCain lució como un patriarca, sobrio, de oratoria reposada pero con pronunciamientos y propuestas de fondo acerca de la situación interna y externa de los Estados Unidos. La combinación de los dos estilos y personalidades será una fórmula difícil de vencer en los comicios que se avecinan.
Con la inclusión de Sarah, el partido republicano está en la ruta de reunificación tras la derrota que sufriera en las elecciones para congresistas de hace 2 años, cuando perdió la mayoría en ambas cámaras. Muchos analistas achacaron esa derrota al desvío de la dirigencia partidista de los principios sustantivos de esa agrupación política, que Sarah está en plan de rescatar.
Hubo congresistas republicanos que cedieron a la tentación de aumentar el gasto fiscal y no respaldaron proyectos fundamentales como los de ajustes al sistema de seguridad social, sobre inmigración y salud, aparte de incurrir en escándalos que dañaron su imagen. McCain, junto a Sarah, promete recuperar la lid republicana en todos estos temas.
La gobernadora de Alaska, de otro lado, ha dado probablemente una estocada de muerte al falso feminismo difundido en los últimos años, cuyos logros han hecho más bien daño a la mujer. Sarah demuestra que la mujer no tiene que dejar de ser femenina para ejercer liderazgo, que puede ser bella e inteligente para alternar al hombre, sin tratar de disminuirlo, imitarlo ni menos sustituirlo.
Porque el movimiento feminista ha degenerado en algo contra natura. Desprecia a la contraparte masculina, no lo acepta para formar un hogar y una familia. Si la feminista quiere hijos, los concibe por inseminación. Como lo hace gente del otro sexo, los homosexuales como Ricky Martin y el alquiler de un vientre materno.
Las feministas, en su origen, se organizaron no solo para defender los derechos disminuidos de la mujer en las oportunidades del trabajo y otras actividades de la comunidad. Se unieron para oponerse al aborto impuesto casi siempre por el hombre que rehúye la responsabilidad frente a un embarazo no deseado o socialmente inconveniente.
Ahora el feminismo defiende fervorosamente el aborto, el homosexualismo y el matrimonio gay. Los resultados han sido el debilitamiento del núcleo familiar, la multiplicación de las madres solteras y el aumento de la delincuencia juvenil por la falta de una educación complementaria propia de un matrimonio estable entre un hombre y una mujer.
Sarah está casada por más de 20 años con un mismo hombre y ha procreado a cinco hijos, al último de los cuales se negó a abortar porque tenía el síndrome Down. Es madre, es atractiva, es “pro life”, usa faldas…es la imagen opuesta de la mujer en pantalones masculinos a la Hillary Clinton. No se siente ni mejor ni peor que el hombre, sino distinta y convencida por ello de poder desarrollar sus potencialidades sin mermar en nada su feminidad.
Tanto McCain como Palin desbordan energía y optimismo, frente al tono agrio, pesimista y sombrío de sus rivales. Uno y otro observan los errores que hay que corregir en el país, pero no lo denigran sino que lo exaltan. Michelle Obama, cónyuge del candidato demócrata, dijo en las primarias que por la primera vez sentía orgullo de los Estados Unidos, por haber nominado a un negro.
McCain, anoche, narró que sobrevivió a 5 años y medio de prisión tormentosa en la cárcel de Vietnam, sostenido por su fe en Dios y los Estados Unidos. Fue mi país quien me salvó, dijo, estoy orgulloso de él y lo estaré siempre y siempre lo defenderé. El enfoque político del binomio es, en consecuencia, distinto: su primera prioridad será la preservación de la seguridad nacional.
McCain, héroe de la guerra, no es guerrerista o belicista. Pero como Reagan o Theodor Roosevelt, a quien también venera, cree que para garantizar la paz no hay otra alternativa que demostrar fortaleza, no solo en principios sino en poder militar. Con los enemigos extremistas fracasa la diplomacia, solo ceden ante la fuerza, como lo ha demostrado la historia.
Monday, September 1, 2008
LA ENDEMIA DEL POPULISMO
Por Blasco Peñaherrera Padilla
(Colaboración)
La mayor parte de los autores que se han ocupado del tema coinciden en afirmar que el vocablo "populismo/populista" fue usado por vez primera para denominar al movimiento político y cultural "narodnitchestvo" que surgiera en Rusia en el último tercio del siglo XIX, en procura de reivindicaciones democráticas contra el despotismo zarista y por la implantación de una especie de socialismo agrario de contornos difusos, para imponer el cual sus militantes (casi todos intelectuales jóvenes inspirados en las ideas de Selgunov, Gavrilovich, Herzen, Bakunin y otros), tuvieron la ocurrencia de convivir con los campesinos para "asimilar sus virtudes" (propias de su "estado de naturaleza", decían, en términos roussonianos) y conquistarles para su causa.
Los "narodnikis", empero, no fueron en rigor los primeros "populistas" en la historia. No es impropio considerar que Pericles en Atenas; los Gracos, Mario, Espartaco, Catilina y Julio César, en Roma; Pedro El Ermitaño en la Edad Media; los Comuneros de Castilla en la Edad Moderna; los "sansculottes" en la Francia revolucionaria; Bonaparte luego, y así hasta los grandes manejadores de multitudes del siglo pasado y el actual, fueron o pudieron ser calificados como “populistas”, por el hecho de haber conseguido el respaldo de amplios sectores populares, que los identificaron con sus aspiraciones, sus anhelos o frustraciones para consagrarlos como sus gobernantes. Con esto coincide, entre otros, Carlos de la Torre Espinosa (El populismo y los partidos políticos en el Ecuador) quien, sin remontar la referencia a épocas tan distantes, demuestra empero como "el término populismo ha sido usado para entender fenómenos sociopolíticos tan variados en forma, contenido y especificidad histórica y geográfica como: el peronismo, el varguismo, el velasquismo, el gaitanismo, los narodnikis rusos y los farmers estadounidenses de la segunda mitad del siglo XIX". Ernesto Laclau (Política e ideología en la teoría marxista), añade acertadamente a estos ejemplos los fascismos italiano y alemán, el nasserismo egipcio, el APRA peruano, el poujadismo francés e incluso el partido comunista italiano actual.
En este punto me parece indispensable una interpolación, para poner a salvo la significación histórica de varios de los movimientos antes mencionados. En no pocas ocasiones, gobernantes y movimientos que ascendieron al poder al impulso de una eclosión típicamente populista, lo ejercieron con austeridad y severa sujeción a los dictados de la técnica, la honradez, la seriedad. Tal es el caso, sobre todo, del partido aprista peruano y de su gran líder, el doctor Raúl Haya de la Torre y del doctor Alan García Pérez en su actual administración. Así mismo, a la inversa, habría que añadir a la lista de gobiernos populistas, a no pocos de gobernantes y partidos que proclamaron su fidelidad a una ideología y un programa, que ostentaron abundante disponibilidad de cuadros administrativos y profesaron su rechazo frontal al providencialismo y al paternalismo, pero que, una vez en el ejercicio del poder y seducidos por sus múltiples halagos, cambiaron diametralmente de rumbo e incurrieron en los mismos errores y defectos que antes habían censurado. Esta duplicidad en el comportamiento -que tan gravemente deteriora la imagen de los políticos y aún del propio sistema democrático- suele explicarse como una suerte de concesión inevitable ante las presiones del ambiente. Se dice que en la mayor parte de los países del mundo y en la totalidad de los subdesarrollados, hay una suerte de predisposición idiosincrásica favorable para el estilo populista de gobierno, que resulta muy difícil contrariar. Con lo cual se explica la persistencia y vitalidad de los movimientos de este género y, en gran medida también, las transgresiones y transacciones de los que, no siéndolo, gobiernan como si lo fueran.
Pero, volviendo al tema, ¿qué es entonces “el populismo” y cuáles son las causas de su génesis y de la diversidad y persistencia de sus manifestaciones? El análisis comparativo de los casos enumerados, permite deducir ciertas características que pueden estimarse como notaciones esenciales y genéricas del fenómeno. Estas son: una "movilización popular", casi siempre policlasista, que se produce en torno o detrás de un líder o un núcleo dirigente de muy vigorosa presencia, en procura de objetivos de contornos imprecisos pero intensamente apetecibles, como la “reivindicación”, la “transformación” o la “reconquista”. O “el cambio”, ese mágico vocablo que ahora mueve multitudes en los cuatro confines del planeta. Estos "objetivos" devienen o están en relación directa con ciertas causas profundas las cuales, en una infinita variedad específica, consisten, esencialmente, en desajustes, mutaciones, traumas, carencias o crisis de orden social, económico o político. La agudización de las tensiones Inter-étnicas o de los contrastes en los niveles de bienestar y distribución de la riqueza entre individuos, sectores sociales o regiones; los conflictos de transición de la economía agraria al industrialismo incipiente; la explosión demográfica y la migración del campo a las ciudades; las derrotas o humillaciones internacionales; el derrocamiento de regímenes autocráticos y la liberación del colonialismo; las tensiones entre países atrasados y desarrollados; la exaltación de la religiosidad o los sentimientos nacionalistas; la instauración del sufragio efectivo y, el descrédito de las organizaciones partidistas tradicionales han sido, entre otras, esas causas profundas que provocan esa "rápida movilización de vastos sectores sociales a una politización intensiva fuera de los canales institucionales existentes", al conjuro del mito popular -el más funcional en la lucha por el poder político- que "está latente aún en la sociedad más articulada y compleja, más allá del orden pluralista, para materializarse repentinamente en los momentos de crisis", como lo expresa Ludovico Incisa.
Por lo expuesto, es lógico concluir que los movimientos populistas, a diferencia de los partidos políticos tradicionales, no requieren o en gran medida no pueden tener una “ideología tradicional”, ya que las claves de su estructura y sus estrategias deben ser tan diversas y variables como las condiciones de su existencia. Sin embargo, así como los movimientos “liberacionistas” o “insurgentes” que surgieron en Africa y el sudeste asiático desde mediados del siglo pasado, se proclamaron “afines” al socialismo o al “marxismo leninismo”, los que han captado el poder en América Latina en los últimos años, ha optado por usar la denominación de “socialistas” pero, “del siglo XXI”, para evadir la identificación con el viejo socialismo que quedó sepultado bajo la argamasa del “Muro de Berlín”. A este efecto, se han valido de las divagaciones ideológicas así denominadas por un profesor germano de la UNAM, con lo que, por añadidura, han conseguido la entusiasta adhesión de la militancia sobreviviente del marxismo-leninismo y, algo que vale mucho más: la simpatía de la “intelectualidad progresista” y, por ende, las garantías de impunidad que ella otorga a los gobernantes de ese sector, “urbi et orbe”.
Pero el populismo no es solamente una movilización imbatible en procura del poder político; es (por igual o ante todo, según quiera verse) una manera sui géneris de ejercer el poder; un estilo peculiar del arte de gobernar; un modo característico de concebir la relación pueblo-gobierno; un método y una estrategia típicos para atender y satisfacer las necesidades populares. Dada la relación aparentemente sin intermediarios (por la inexistencia de la estructura partidista tradicional) entre el líder-gobernante y el partidario-pueblo, éste tiene la sensación de una cercanía, de una casi-intimidad y una total identificación, que aquel –el líder-gobernante- procura acentuar con el gesto, con la palabra, con el comportamiento y con la acción. La concesión de "audiencias" amplias y frecuentes, los "recorridos de obras", las “sesiones de Gabinete” en todos los rincones de la geografía nacional o las “visitas familiares” debidamente difundidas, la periódica realización de mítines y concentraciones, el uso atosigante de la publicidad audiovisual, los grandes retratos, los slogans y las banderas, conducen a crear y robustecer esta sensación.
De otro lado, como el gobernante-populista concibe el ejercicio del gobierno, primordialmente, como un medio para consolidarse en el poder o para evitar el triunfo de los adversarios (los extremistas o los reaccionarios, los infieles, los imperialistas y, últimamente, los neo-liberales,), su gestión se dirige a este fin con preferencia o con exclusión de cualquier otro. Las obras faraónicas o al menos la estentórea contratación de grandes proyectos, la realización ipso facto de cuánta obra menuda se le requiere, la adquisición de equipamiento militar para la defensa de la “soberanía” y el “sagrado patrimonio nacional”; y, sobre todo, el obsequio dispendioso de los dineros públicos (latisueldos, subsidios y granjerías), son los modos más socorridos para lograr este propósito.
Esta dadivosidad ha llegado en algunos casos de niveles de lo atrozmente delictivo. Este fue el caso de Hitler y su nacionalsocialismo. Según lo demuestra Gotz Aly, un galardonado investigador y politólogo alemán en su impactante libro “La Utopía Nazi”, las medidas contra los judíos (la “arianización”), fueron impulsadas por motivaciones económicas más que que raciales, pese a la virulenta propaganda que se hiciera en tal sentido. Un decreto de abril de 1938 obligó a los judíos a efectuar una declaración de sus bienes, como paso previo a la “desjudeización total y definitiva de la economía alemana”, como se denominó a la cruda apropiación de todos los bienes de las víctimas de la expatriación o el exterminio, tras lo cual Hermann Goring dijo: “Los beneficios de la eliminación de los judíos corresponden únicamente al Reich”. A este infame expolio se añadió después el de los países que fueron ocupados (“la ocupación devino en sinónimo de rapiña generalizada”, dice Gotz Aly) y, de este modo, el pueblo alemán no tuvo que sufragar los costos siderales de la guerra ni sufrió, casi hasta el final de la misma, la escasez y el empobrecimiento que padeciera en la contienda de 1914 a 1.918; y, por supuesto, en apreciable mayoría, siguió inalterablemente fiel a su amado “Fuhrer”.
Todas estas barbaridades y sinrazones suceden porque el líder-gobernante devenido en demagogo, que casi siempre es una personalidad aquejada de traumas sicológicos lacerantes y profundos, llega muy fácilmente a convencerse de su propia patraña: Ya no es simplemente el conductor de su pueblo sino su propia encarnación; y como el poder es del pueblo, el poder es suyo. Y el erario también. Y quienes se atreven a contrariar sus designios y hasta sus delirios, no son sus opositores sino enemigos del pueblo, de la revolución, de la patria, de la fe o del mágico “cambio”, y por ende, sujetos a cualquier forma de represión, de castigo o, cuando menos, de vilipendio. Este proceso concluye pues, transformando al líder popular en un tirano. Así lo demuestra el gran escritor argentino Marcos Aguinis, en un estupendo ensayo titulado “Psicología del tirano” (publicado en el diario La Nación, de Buenos Aires), en el que, en base a un agudo y originalísimo análisis del “Edipo Rey” de Sófocles, expresa que el genial escritor griego advirtió hace 2500 años que “los tiranos pueden acceder a poder con aplausos y felicidad comunitaria” –y añade: “Hitler fue elegido. Chávez fue elegido. Eso no garantiza que una vez en el trono, mantengan la ley y merezcan ser alabados como demócratas. No alcanza la elección: es determinante cómo se procede después. Si después corrompen las instituciones, persiguen a los que piensan diferente, generan confrontaciones para justificar los desquites y realizan una apropiación indebida del patrimonio ajeno, la presunta democracia pasa a ser una tiranía”. Lo cual es una verdadera tragedia porque “Los tiranos, una vez encaramados, sobre el paño verde de la ruleta nacional, barren como un crupier todas las fichas al alcance de su rastrillo. Se ocupan, desde el alba de su gestión, en destruir los controles y los frenos que puedan bloquear sus propósitos. Algunos son más prudentes y disimulados; otros se envalentonan hasta la náusea. No consideran que la corrupción sea inmoral si lleva el agua a su molino. La corrupción, en sus manos, es una herramienta adicional para mantener puesta una soga en el cuello de los cómplices: así no hablan ni se sublevan”.
Naturalmente, como semejante manera de gobernar contradice, además de la ética, la lógica administrativa más elemental, puesto que en ella no cabe el concepto de planificación ni las estimaciones de costo y beneficio ni el señalamiento de prioridades, los resultados son ineludiblemente catastróficos. Y lo son (los ejemplos abundan y se repiten en todas las latitudes) especialmente en los países subdesarrollados en los que la escasez de recursos se encuentra en dramática contradicción con el crecimiento exponencial de las necesidades y los apetitos. Y el colapso, si bien en tiempo de “vacas gordas” se puede diferir en alguna medida, finalmente llega y las facturas de la improvisación, el dispendio y el desorden, se pagan en efectivo, por lo cual resulta absurdo que los liderzuelos jacarandosos y facundos, que seguramente seguirán ganando las elecciones, puedan repetir -una vez en el poder- la cínica frase del célebre Luis XV: "Après de moi, le déluge", puesto que es más que probable que su ineludible destino sea el mismo de ese extraño y misterioso, celestial y demoníaco personaje creado por Patrick Süskind ("El perfume"), ese Jean-Baptiste Grenouille que logró crear “el mágico perfume del amor supremo”, que según sus palabras, era "un arma que confiere un poder mayor que el poder del dinero o el poder del terror o el poder de la muerte”, porque era: “el insuperable poder de inspirar amor en los seres humanos", y sin medir las consecuencias, se ungió con ese perefume y provocó tal delirio en la canalla congregada en torno suyo, que terminó siendo devorado hasta la última fibra, por aquellos que querían "tener algo de él".
Pero aún falta lo más grave. No solamente el colapso de la economía, la agudización de los problemas y las tensiones sociales y la devastación institucional configuran el balance de la gestión populista. Lo peor de todo es la dimensión, muchas veces insuperable, de la tarea que les espera a quienes, pasada la tormenta y aquietadas las pasiones, deben emprender en la ímproba tarea de la reconstrucción. El testimonio de quienes asumieron esta abrumadora responsabilidad luego de que colapsara la torpe aventura seudo-revolucionaria del general Velasco Alvarado en el Perú; el trágico experimento socialista del doctor Salvador Allende; el rescate del abismo inflacionario en que fuera precipitada Bolivia por la sucesión de generales y liderzuelos de los años setentas; y, sin ir más lejos, el deletéreo impacto que sufrió nuestro país al retornar al régimen democrático, por la duplicación de sueldos y salarios, la reducción de horas laborables, la creación de sueldos adicionales y el trágico sainete patriotero de “Paquisha”, ilustran la magnitud de los sacrificios y los esfuerzos que se deben llevar a cabo para volver a la normalidad; es decir, a esa ruta hacia el progreso y el bienestar, que no está iluminada por la pirotecnia demagógica sino por la serena luz de la sensatez y el sentido común, y por la que se debe transitar sin piruetas ni acrobacias, sino a paso firme, constante y sosegado.
N del E: Para quienes tengan dudas acerca de cuál modelo es preferible para alcanzar metas de desarrollo sólidas y accesibles a un mayor número de personas, será útil la lectura (en inglés) de esta nota aparecida hace algún tiempo en el diario The Wall Street Journal: link.
(Colaboración)
La mayor parte de los autores que se han ocupado del tema coinciden en afirmar que el vocablo "populismo/populista" fue usado por vez primera para denominar al movimiento político y cultural "narodnitchestvo" que surgiera en Rusia en el último tercio del siglo XIX, en procura de reivindicaciones democráticas contra el despotismo zarista y por la implantación de una especie de socialismo agrario de contornos difusos, para imponer el cual sus militantes (casi todos intelectuales jóvenes inspirados en las ideas de Selgunov, Gavrilovich, Herzen, Bakunin y otros), tuvieron la ocurrencia de convivir con los campesinos para "asimilar sus virtudes" (propias de su "estado de naturaleza", decían, en términos roussonianos) y conquistarles para su causa.
Los "narodnikis", empero, no fueron en rigor los primeros "populistas" en la historia. No es impropio considerar que Pericles en Atenas; los Gracos, Mario, Espartaco, Catilina y Julio César, en Roma; Pedro El Ermitaño en la Edad Media; los Comuneros de Castilla en la Edad Moderna; los "sansculottes" en la Francia revolucionaria; Bonaparte luego, y así hasta los grandes manejadores de multitudes del siglo pasado y el actual, fueron o pudieron ser calificados como “populistas”, por el hecho de haber conseguido el respaldo de amplios sectores populares, que los identificaron con sus aspiraciones, sus anhelos o frustraciones para consagrarlos como sus gobernantes. Con esto coincide, entre otros, Carlos de la Torre Espinosa (El populismo y los partidos políticos en el Ecuador) quien, sin remontar la referencia a épocas tan distantes, demuestra empero como "el término populismo ha sido usado para entender fenómenos sociopolíticos tan variados en forma, contenido y especificidad histórica y geográfica como: el peronismo, el varguismo, el velasquismo, el gaitanismo, los narodnikis rusos y los farmers estadounidenses de la segunda mitad del siglo XIX". Ernesto Laclau (Política e ideología en la teoría marxista), añade acertadamente a estos ejemplos los fascismos italiano y alemán, el nasserismo egipcio, el APRA peruano, el poujadismo francés e incluso el partido comunista italiano actual.
En este punto me parece indispensable una interpolación, para poner a salvo la significación histórica de varios de los movimientos antes mencionados. En no pocas ocasiones, gobernantes y movimientos que ascendieron al poder al impulso de una eclosión típicamente populista, lo ejercieron con austeridad y severa sujeción a los dictados de la técnica, la honradez, la seriedad. Tal es el caso, sobre todo, del partido aprista peruano y de su gran líder, el doctor Raúl Haya de la Torre y del doctor Alan García Pérez en su actual administración. Así mismo, a la inversa, habría que añadir a la lista de gobiernos populistas, a no pocos de gobernantes y partidos que proclamaron su fidelidad a una ideología y un programa, que ostentaron abundante disponibilidad de cuadros administrativos y profesaron su rechazo frontal al providencialismo y al paternalismo, pero que, una vez en el ejercicio del poder y seducidos por sus múltiples halagos, cambiaron diametralmente de rumbo e incurrieron en los mismos errores y defectos que antes habían censurado. Esta duplicidad en el comportamiento -que tan gravemente deteriora la imagen de los políticos y aún del propio sistema democrático- suele explicarse como una suerte de concesión inevitable ante las presiones del ambiente. Se dice que en la mayor parte de los países del mundo y en la totalidad de los subdesarrollados, hay una suerte de predisposición idiosincrásica favorable para el estilo populista de gobierno, que resulta muy difícil contrariar. Con lo cual se explica la persistencia y vitalidad de los movimientos de este género y, en gran medida también, las transgresiones y transacciones de los que, no siéndolo, gobiernan como si lo fueran.
Pero, volviendo al tema, ¿qué es entonces “el populismo” y cuáles son las causas de su génesis y de la diversidad y persistencia de sus manifestaciones? El análisis comparativo de los casos enumerados, permite deducir ciertas características que pueden estimarse como notaciones esenciales y genéricas del fenómeno. Estas son: una "movilización popular", casi siempre policlasista, que se produce en torno o detrás de un líder o un núcleo dirigente de muy vigorosa presencia, en procura de objetivos de contornos imprecisos pero intensamente apetecibles, como la “reivindicación”, la “transformación” o la “reconquista”. O “el cambio”, ese mágico vocablo que ahora mueve multitudes en los cuatro confines del planeta. Estos "objetivos" devienen o están en relación directa con ciertas causas profundas las cuales, en una infinita variedad específica, consisten, esencialmente, en desajustes, mutaciones, traumas, carencias o crisis de orden social, económico o político. La agudización de las tensiones Inter-étnicas o de los contrastes en los niveles de bienestar y distribución de la riqueza entre individuos, sectores sociales o regiones; los conflictos de transición de la economía agraria al industrialismo incipiente; la explosión demográfica y la migración del campo a las ciudades; las derrotas o humillaciones internacionales; el derrocamiento de regímenes autocráticos y la liberación del colonialismo; las tensiones entre países atrasados y desarrollados; la exaltación de la religiosidad o los sentimientos nacionalistas; la instauración del sufragio efectivo y, el descrédito de las organizaciones partidistas tradicionales han sido, entre otras, esas causas profundas que provocan esa "rápida movilización de vastos sectores sociales a una politización intensiva fuera de los canales institucionales existentes", al conjuro del mito popular -el más funcional en la lucha por el poder político- que "está latente aún en la sociedad más articulada y compleja, más allá del orden pluralista, para materializarse repentinamente en los momentos de crisis", como lo expresa Ludovico Incisa.
Por lo expuesto, es lógico concluir que los movimientos populistas, a diferencia de los partidos políticos tradicionales, no requieren o en gran medida no pueden tener una “ideología tradicional”, ya que las claves de su estructura y sus estrategias deben ser tan diversas y variables como las condiciones de su existencia. Sin embargo, así como los movimientos “liberacionistas” o “insurgentes” que surgieron en Africa y el sudeste asiático desde mediados del siglo pasado, se proclamaron “afines” al socialismo o al “marxismo leninismo”, los que han captado el poder en América Latina en los últimos años, ha optado por usar la denominación de “socialistas” pero, “del siglo XXI”, para evadir la identificación con el viejo socialismo que quedó sepultado bajo la argamasa del “Muro de Berlín”. A este efecto, se han valido de las divagaciones ideológicas así denominadas por un profesor germano de la UNAM, con lo que, por añadidura, han conseguido la entusiasta adhesión de la militancia sobreviviente del marxismo-leninismo y, algo que vale mucho más: la simpatía de la “intelectualidad progresista” y, por ende, las garantías de impunidad que ella otorga a los gobernantes de ese sector, “urbi et orbe”.
Pero el populismo no es solamente una movilización imbatible en procura del poder político; es (por igual o ante todo, según quiera verse) una manera sui géneris de ejercer el poder; un estilo peculiar del arte de gobernar; un modo característico de concebir la relación pueblo-gobierno; un método y una estrategia típicos para atender y satisfacer las necesidades populares. Dada la relación aparentemente sin intermediarios (por la inexistencia de la estructura partidista tradicional) entre el líder-gobernante y el partidario-pueblo, éste tiene la sensación de una cercanía, de una casi-intimidad y una total identificación, que aquel –el líder-gobernante- procura acentuar con el gesto, con la palabra, con el comportamiento y con la acción. La concesión de "audiencias" amplias y frecuentes, los "recorridos de obras", las “sesiones de Gabinete” en todos los rincones de la geografía nacional o las “visitas familiares” debidamente difundidas, la periódica realización de mítines y concentraciones, el uso atosigante de la publicidad audiovisual, los grandes retratos, los slogans y las banderas, conducen a crear y robustecer esta sensación.
De otro lado, como el gobernante-populista concibe el ejercicio del gobierno, primordialmente, como un medio para consolidarse en el poder o para evitar el triunfo de los adversarios (los extremistas o los reaccionarios, los infieles, los imperialistas y, últimamente, los neo-liberales,), su gestión se dirige a este fin con preferencia o con exclusión de cualquier otro. Las obras faraónicas o al menos la estentórea contratación de grandes proyectos, la realización ipso facto de cuánta obra menuda se le requiere, la adquisición de equipamiento militar para la defensa de la “soberanía” y el “sagrado patrimonio nacional”; y, sobre todo, el obsequio dispendioso de los dineros públicos (latisueldos, subsidios y granjerías), son los modos más socorridos para lograr este propósito.
Esta dadivosidad ha llegado en algunos casos de niveles de lo atrozmente delictivo. Este fue el caso de Hitler y su nacionalsocialismo. Según lo demuestra Gotz Aly, un galardonado investigador y politólogo alemán en su impactante libro “La Utopía Nazi”, las medidas contra los judíos (la “arianización”), fueron impulsadas por motivaciones económicas más que que raciales, pese a la virulenta propaganda que se hiciera en tal sentido. Un decreto de abril de 1938 obligó a los judíos a efectuar una declaración de sus bienes, como paso previo a la “desjudeización total y definitiva de la economía alemana”, como se denominó a la cruda apropiación de todos los bienes de las víctimas de la expatriación o el exterminio, tras lo cual Hermann Goring dijo: “Los beneficios de la eliminación de los judíos corresponden únicamente al Reich”. A este infame expolio se añadió después el de los países que fueron ocupados (“la ocupación devino en sinónimo de rapiña generalizada”, dice Gotz Aly) y, de este modo, el pueblo alemán no tuvo que sufragar los costos siderales de la guerra ni sufrió, casi hasta el final de la misma, la escasez y el empobrecimiento que padeciera en la contienda de 1914 a 1.918; y, por supuesto, en apreciable mayoría, siguió inalterablemente fiel a su amado “Fuhrer”.
Todas estas barbaridades y sinrazones suceden porque el líder-gobernante devenido en demagogo, que casi siempre es una personalidad aquejada de traumas sicológicos lacerantes y profundos, llega muy fácilmente a convencerse de su propia patraña: Ya no es simplemente el conductor de su pueblo sino su propia encarnación; y como el poder es del pueblo, el poder es suyo. Y el erario también. Y quienes se atreven a contrariar sus designios y hasta sus delirios, no son sus opositores sino enemigos del pueblo, de la revolución, de la patria, de la fe o del mágico “cambio”, y por ende, sujetos a cualquier forma de represión, de castigo o, cuando menos, de vilipendio. Este proceso concluye pues, transformando al líder popular en un tirano. Así lo demuestra el gran escritor argentino Marcos Aguinis, en un estupendo ensayo titulado “Psicología del tirano” (publicado en el diario La Nación, de Buenos Aires), en el que, en base a un agudo y originalísimo análisis del “Edipo Rey” de Sófocles, expresa que el genial escritor griego advirtió hace 2500 años que “los tiranos pueden acceder a poder con aplausos y felicidad comunitaria” –y añade: “Hitler fue elegido. Chávez fue elegido. Eso no garantiza que una vez en el trono, mantengan la ley y merezcan ser alabados como demócratas. No alcanza la elección: es determinante cómo se procede después. Si después corrompen las instituciones, persiguen a los que piensan diferente, generan confrontaciones para justificar los desquites y realizan una apropiación indebida del patrimonio ajeno, la presunta democracia pasa a ser una tiranía”. Lo cual es una verdadera tragedia porque “Los tiranos, una vez encaramados, sobre el paño verde de la ruleta nacional, barren como un crupier todas las fichas al alcance de su rastrillo. Se ocupan, desde el alba de su gestión, en destruir los controles y los frenos que puedan bloquear sus propósitos. Algunos son más prudentes y disimulados; otros se envalentonan hasta la náusea. No consideran que la corrupción sea inmoral si lleva el agua a su molino. La corrupción, en sus manos, es una herramienta adicional para mantener puesta una soga en el cuello de los cómplices: así no hablan ni se sublevan”.
Naturalmente, como semejante manera de gobernar contradice, además de la ética, la lógica administrativa más elemental, puesto que en ella no cabe el concepto de planificación ni las estimaciones de costo y beneficio ni el señalamiento de prioridades, los resultados son ineludiblemente catastróficos. Y lo son (los ejemplos abundan y se repiten en todas las latitudes) especialmente en los países subdesarrollados en los que la escasez de recursos se encuentra en dramática contradicción con el crecimiento exponencial de las necesidades y los apetitos. Y el colapso, si bien en tiempo de “vacas gordas” se puede diferir en alguna medida, finalmente llega y las facturas de la improvisación, el dispendio y el desorden, se pagan en efectivo, por lo cual resulta absurdo que los liderzuelos jacarandosos y facundos, que seguramente seguirán ganando las elecciones, puedan repetir -una vez en el poder- la cínica frase del célebre Luis XV: "Après de moi, le déluge", puesto que es más que probable que su ineludible destino sea el mismo de ese extraño y misterioso, celestial y demoníaco personaje creado por Patrick Süskind ("El perfume"), ese Jean-Baptiste Grenouille que logró crear “el mágico perfume del amor supremo”, que según sus palabras, era "un arma que confiere un poder mayor que el poder del dinero o el poder del terror o el poder de la muerte”, porque era: “el insuperable poder de inspirar amor en los seres humanos", y sin medir las consecuencias, se ungió con ese perefume y provocó tal delirio en la canalla congregada en torno suyo, que terminó siendo devorado hasta la última fibra, por aquellos que querían "tener algo de él".
Pero aún falta lo más grave. No solamente el colapso de la economía, la agudización de los problemas y las tensiones sociales y la devastación institucional configuran el balance de la gestión populista. Lo peor de todo es la dimensión, muchas veces insuperable, de la tarea que les espera a quienes, pasada la tormenta y aquietadas las pasiones, deben emprender en la ímproba tarea de la reconstrucción. El testimonio de quienes asumieron esta abrumadora responsabilidad luego de que colapsara la torpe aventura seudo-revolucionaria del general Velasco Alvarado en el Perú; el trágico experimento socialista del doctor Salvador Allende; el rescate del abismo inflacionario en que fuera precipitada Bolivia por la sucesión de generales y liderzuelos de los años setentas; y, sin ir más lejos, el deletéreo impacto que sufrió nuestro país al retornar al régimen democrático, por la duplicación de sueldos y salarios, la reducción de horas laborables, la creación de sueldos adicionales y el trágico sainete patriotero de “Paquisha”, ilustran la magnitud de los sacrificios y los esfuerzos que se deben llevar a cabo para volver a la normalidad; es decir, a esa ruta hacia el progreso y el bienestar, que no está iluminada por la pirotecnia demagógica sino por la serena luz de la sensatez y el sentido común, y por la que se debe transitar sin piruetas ni acrobacias, sino a paso firme, constante y sosegado.
N del E: Para quienes tengan dudas acerca de cuál modelo es preferible para alcanzar metas de desarrollo sólidas y accesibles a un mayor número de personas, será útil la lectura (en inglés) de esta nota aparecida hace algún tiempo en el diario The Wall Street Journal: link.
Sunday, August 31, 2008
UNA JUGADA MAESTRA
El candidato presidencial por el partido republicano de los Estados Unidos, John McCain, acaba de orquestar un golpe maestro de estrategia política al designar a la gobernadora de Alaska, Sarah Palin, como candidata a la vicepresidencia.
Desde el punto de vista del “suspense” periodístico, fue admirable cómo supo imponer una total reserva a su equipo íntimo de colaboradores acerca del nombre de la persona escogida. Todos los medios impresos y audiovisuales y por los “blogers” se enfrascaron en un intenso combate por adelantarse con la primicia del nombre, sin conseguirlo.
Acaso el canal FOX TV fue el primero en enunciar el nombre de Sarah temprano en la mañana del viernes pasado con cierta seguridad, pero casi de inmediato se retractó por ciertos indicios en contrario. No obstante, hacia el mediodía de ese mismo día, la noticia se confirmó.
Acto continuo reverberaron las conjeturas, juicios, condenas, aplausos acerca de la selección. Aún continúa y continuará el debate, no solo entre los demócratas sino igualmente entre los republicanos y los independientes, así como entre los periodistas y comentaristas de todos los matices.
Todo lo cual confirma lo acertado de la decisión de McCain tanto por la calidad de la persona escogida, como por la forma de hacerlo. McCain, como todos señalan, es un “maverick”, vocablo inglés que originalmente se refiere a los becerros sin marca o apartados de la vaca madre y que, en el lenguaje corriente, significa independiente.
No independiente con respecto a un bagaje de principios, que McCain los tiene y bien arraigados como republicano, sino independiente en cuanto a discrepar con regulaciones u orientaciones rígidas de partido, que no comparte por considerar que no son adecuadas.
McCain, por ejemplo, discrepó con la estrategia militar del presidente GWBush, que se apoyó en sus comandantes y le recomendó que incremente el número de tropas en Irak para derrotar el enemigo. Bush atendió a su insinuación y ahora el terrorismo musulmán se halla allí en retirada.
También McCain se opuso a la tendencia radical del partido republicano en el manejo del problema de casi 12 millones de inmigrantes ilegales. Para él, como en este caso también para Bush, la solución era y es abrir las vías para que los actuales inmigrantes opten por la legalidad y para que los inmigrantes del futuro lleguen a este país temporal o permanentemente ajustados también a la ley.
El proyecto, bipartidista, no fue aprobado por el Congreso Federal. Pero lo será en la próxima administración, cualquiera que fuere electo en las elecciones presidenciales del 4 de noviembre venidero. La utopía de la muralla infinita en la frontera o la expulsión colectiva de los 12 o más millones de ilegales es impráctica y es contraproducente a los intereses nacionales.
Sarah Palin, de 44 años de edad, reúne condiciones muy similares de “maverick” como lo ha demostrado en Alaska. De profundas condiciones republicanas en lo atinente a política fiscal de reducción de impuestos y austeridad en el gasto, así como en su actitud contraria al aborto (se negó a abortar a su último hijo, al cual se le detectó el síndrome Down) y al matrimonio gay, se opuso a la corrupción de funcionarios republicanos, los derrotó en comicios y fue firme como edil y gobernadora. Goza del 80% de aprobación en Alaska.
Tiene otros atractivos como mujer y ejecutiva. Madre de 5 hijos, casado con un campeón de carrera sobre nieve con trineos arrastrados por perros esquimales (él mismo tiene ¼ de sangre esquimal), ha participado en la pesca comercial de salmones (tarea en extremo peligrosa, al punto que sufrió un percance en sus dedos) para la empresa que tienen con su marido y es una formidable oradora, como lo demostró el viernes pasado al agradecer por su nominación.
¿De qué se le acusa a esta dama, que además fue reina del pequeño pueblo en que creció y luego compitió por el título de Alaska? Los dardos le vienen sobre todo por su supuesta falta de experiencia, particularmente en política externa, lo que le perjudicaría al considerar que, si fallece McCain (tiene 72 años de edad), ella se convertiría automáticamente en la primera Presidenta de la nación más poderosa del planeta.
Quienes tal sostienen dicen que ello anula las críticas del lado de McCain a la falta de experiencia de Barak Hussein Obama, el candidato de los demócratas. Del lado republicano contestan que argüir así es admitir que Obama es, en efecto, inexperto. Pero además los republicanos contrastan la fructífera práctica ejecutiva de Sarah con la ninguna de Obama, que solo exhibe su paso por el Senado federal, al que ha asistido apenas 123 días en 4 años.
Si se combina las edades de los binomios, se observa que el de McCain apenas supera con 2 años al de Obama. En todo caso, lo que se elegirá en noviembre no es al vicepresidente, sino al presidente. Entre Obama y McCain las diferencias en experiencia, solidez y firmeza son siderales. Igual contraste se halla, por añadidura, entre los dos candidatos vicepresidenciales.
Joe Biden, de 65 años de edad, ha estado 34 años en el Senado y ha presidido el comité de relaciones exteriores en varios períodos. Pero su récord no es nada recomendable: se opuso a la primera guerra contra Hussein de Irak, en la guerra del Golfo y luego a la segunda. También se opuso, como Obama, al incremento de tropas que han conducido a la victoria en la segunda guerra contra Irak y, por otro lado, ha hecho campaña para que se divida a ese país en tres, una región para cada una de las tres facciones sunitas, shitas y kurdos, lo cual es receta para la disolución nacional.
Sarah Palin, en contraste, tiene ideas claras sobre cómo administrar asuntos de política interna y externa. Visualiza sin titubeos la presencia del enemigo en Irak, Afganistán y los Estados protectores del extremismo musulmán como Irán, Siria y, aunque no lo menciona todavía, los de reciente data como Venezuela.
Para una persona con mente lúcida y convicción de principios, la asimilación de las interioridades de la política foránea no será ni lenta ni tortuosa. Tendrá como su principal maestro al propio McCain, con quien tiene coincidencia plena en la cosmovisión y, además, los asesores que serán nombrados a su turno. Lo que importa es poseer buen criterio, buen juicio y ella lo tiene.
Es, además, optimista como firme partidaria de la cultura de la vida, no de la muerte como su rival. Anhela la victoria para las fuerzas militares en combate, no la derrota y su retirada, como su rival (su hijo mayor se enlistó en el Ejército y partirá en los próximos días al Irak). Cree en el valor de la individualidad, no en más interferencia del gobierno para la solución de todos los problemas.
Obama transpira resentimiento social, acaso por la penosa vida que llevó a poco de su nacimiento de un padre negro y una madre blanca, que pronto se divorció, casó con un indonesio, fue a vivir con él en Indonesia y luego entregó a Barak al cuidado de sus abuelos en Hawaii. Su padre negro, de Kenya, murió alcohólico
Obama y Michelle, su mujer, son muestra formidable de la superación de la barrera racial en los Estados Unidos, al haberse graduado ambos en las mejores universidades de Harvard y Princeton y llegar, con derecho, a tener una vida muy holgada y exitosa. Pero no lo reconocen y se han unido a predicadores que culpan de todos los males del mundo a los Estados Unidos, omitiendo sus propios logros y lo que este país ha hecho a favor de pueblos oprimidos por las tiranías, con sacrificio de incontables vidas.
McCain y Palin cantan otra canción. Es de alegría y confianza en el futuro y en la permanente defensa de los principios que alientan a este país desde los albores de su fundación en 1776. Obama acaso inspire compasión por su atormentada niñez y juventud, pero esos no son méritos suficientes para encumbrarlo a la presidencia de un país que premia la capacidad, la gratitud y que ha difundido y defenderá su libertad a cualquier costo individual y colectivo.
Desde el punto de vista del “suspense” periodístico, fue admirable cómo supo imponer una total reserva a su equipo íntimo de colaboradores acerca del nombre de la persona escogida. Todos los medios impresos y audiovisuales y por los “blogers” se enfrascaron en un intenso combate por adelantarse con la primicia del nombre, sin conseguirlo.
Acaso el canal FOX TV fue el primero en enunciar el nombre de Sarah temprano en la mañana del viernes pasado con cierta seguridad, pero casi de inmediato se retractó por ciertos indicios en contrario. No obstante, hacia el mediodía de ese mismo día, la noticia se confirmó.
Acto continuo reverberaron las conjeturas, juicios, condenas, aplausos acerca de la selección. Aún continúa y continuará el debate, no solo entre los demócratas sino igualmente entre los republicanos y los independientes, así como entre los periodistas y comentaristas de todos los matices.
Todo lo cual confirma lo acertado de la decisión de McCain tanto por la calidad de la persona escogida, como por la forma de hacerlo. McCain, como todos señalan, es un “maverick”, vocablo inglés que originalmente se refiere a los becerros sin marca o apartados de la vaca madre y que, en el lenguaje corriente, significa independiente.
No independiente con respecto a un bagaje de principios, que McCain los tiene y bien arraigados como republicano, sino independiente en cuanto a discrepar con regulaciones u orientaciones rígidas de partido, que no comparte por considerar que no son adecuadas.
McCain, por ejemplo, discrepó con la estrategia militar del presidente GWBush, que se apoyó en sus comandantes y le recomendó que incremente el número de tropas en Irak para derrotar el enemigo. Bush atendió a su insinuación y ahora el terrorismo musulmán se halla allí en retirada.
También McCain se opuso a la tendencia radical del partido republicano en el manejo del problema de casi 12 millones de inmigrantes ilegales. Para él, como en este caso también para Bush, la solución era y es abrir las vías para que los actuales inmigrantes opten por la legalidad y para que los inmigrantes del futuro lleguen a este país temporal o permanentemente ajustados también a la ley.
El proyecto, bipartidista, no fue aprobado por el Congreso Federal. Pero lo será en la próxima administración, cualquiera que fuere electo en las elecciones presidenciales del 4 de noviembre venidero. La utopía de la muralla infinita en la frontera o la expulsión colectiva de los 12 o más millones de ilegales es impráctica y es contraproducente a los intereses nacionales.
Sarah Palin, de 44 años de edad, reúne condiciones muy similares de “maverick” como lo ha demostrado en Alaska. De profundas condiciones republicanas en lo atinente a política fiscal de reducción de impuestos y austeridad en el gasto, así como en su actitud contraria al aborto (se negó a abortar a su último hijo, al cual se le detectó el síndrome Down) y al matrimonio gay, se opuso a la corrupción de funcionarios republicanos, los derrotó en comicios y fue firme como edil y gobernadora. Goza del 80% de aprobación en Alaska.
Tiene otros atractivos como mujer y ejecutiva. Madre de 5 hijos, casado con un campeón de carrera sobre nieve con trineos arrastrados por perros esquimales (él mismo tiene ¼ de sangre esquimal), ha participado en la pesca comercial de salmones (tarea en extremo peligrosa, al punto que sufrió un percance en sus dedos) para la empresa que tienen con su marido y es una formidable oradora, como lo demostró el viernes pasado al agradecer por su nominación.
¿De qué se le acusa a esta dama, que además fue reina del pequeño pueblo en que creció y luego compitió por el título de Alaska? Los dardos le vienen sobre todo por su supuesta falta de experiencia, particularmente en política externa, lo que le perjudicaría al considerar que, si fallece McCain (tiene 72 años de edad), ella se convertiría automáticamente en la primera Presidenta de la nación más poderosa del planeta.
Quienes tal sostienen dicen que ello anula las críticas del lado de McCain a la falta de experiencia de Barak Hussein Obama, el candidato de los demócratas. Del lado republicano contestan que argüir así es admitir que Obama es, en efecto, inexperto. Pero además los republicanos contrastan la fructífera práctica ejecutiva de Sarah con la ninguna de Obama, que solo exhibe su paso por el Senado federal, al que ha asistido apenas 123 días en 4 años.
Si se combina las edades de los binomios, se observa que el de McCain apenas supera con 2 años al de Obama. En todo caso, lo que se elegirá en noviembre no es al vicepresidente, sino al presidente. Entre Obama y McCain las diferencias en experiencia, solidez y firmeza son siderales. Igual contraste se halla, por añadidura, entre los dos candidatos vicepresidenciales.
Joe Biden, de 65 años de edad, ha estado 34 años en el Senado y ha presidido el comité de relaciones exteriores en varios períodos. Pero su récord no es nada recomendable: se opuso a la primera guerra contra Hussein de Irak, en la guerra del Golfo y luego a la segunda. También se opuso, como Obama, al incremento de tropas que han conducido a la victoria en la segunda guerra contra Irak y, por otro lado, ha hecho campaña para que se divida a ese país en tres, una región para cada una de las tres facciones sunitas, shitas y kurdos, lo cual es receta para la disolución nacional.
Sarah Palin, en contraste, tiene ideas claras sobre cómo administrar asuntos de política interna y externa. Visualiza sin titubeos la presencia del enemigo en Irak, Afganistán y los Estados protectores del extremismo musulmán como Irán, Siria y, aunque no lo menciona todavía, los de reciente data como Venezuela.
Para una persona con mente lúcida y convicción de principios, la asimilación de las interioridades de la política foránea no será ni lenta ni tortuosa. Tendrá como su principal maestro al propio McCain, con quien tiene coincidencia plena en la cosmovisión y, además, los asesores que serán nombrados a su turno. Lo que importa es poseer buen criterio, buen juicio y ella lo tiene.
Es, además, optimista como firme partidaria de la cultura de la vida, no de la muerte como su rival. Anhela la victoria para las fuerzas militares en combate, no la derrota y su retirada, como su rival (su hijo mayor se enlistó en el Ejército y partirá en los próximos días al Irak). Cree en el valor de la individualidad, no en más interferencia del gobierno para la solución de todos los problemas.
Obama transpira resentimiento social, acaso por la penosa vida que llevó a poco de su nacimiento de un padre negro y una madre blanca, que pronto se divorció, casó con un indonesio, fue a vivir con él en Indonesia y luego entregó a Barak al cuidado de sus abuelos en Hawaii. Su padre negro, de Kenya, murió alcohólico
Obama y Michelle, su mujer, son muestra formidable de la superación de la barrera racial en los Estados Unidos, al haberse graduado ambos en las mejores universidades de Harvard y Princeton y llegar, con derecho, a tener una vida muy holgada y exitosa. Pero no lo reconocen y se han unido a predicadores que culpan de todos los males del mundo a los Estados Unidos, omitiendo sus propios logros y lo que este país ha hecho a favor de pueblos oprimidos por las tiranías, con sacrificio de incontables vidas.
McCain y Palin cantan otra canción. Es de alegría y confianza en el futuro y en la permanente defensa de los principios que alientan a este país desde los albores de su fundación en 1776. Obama acaso inspire compasión por su atormentada niñez y juventud, pero esos no son méritos suficientes para encumbrarlo a la presidencia de un país que premia la capacidad, la gratitud y que ha difundido y defenderá su libertad a cualquier costo individual y colectivo.
Friday, August 22, 2008
OBAMA/CORREA
¿Existe alguna similitud entre Barak Hussein Obama, el mulato candidato a la presidencia de los Estados Unidos por el partido demócrata y Rafael Correa, el montubio que ejerce actualmente la presidencia en el Ecuador?
Muchos dirían que aparte de la apariencia física y la oratoria hueca, no habría otro elemento de identificación entre los dos. Después de todo ¿qué hay de común entre un líder que aspira a gobernar a la nación más próspera y libre del mundo y el otro que está ya al mando de uno de los países más pobres?
Pues bien, algo que les enlaza es su visión gris y pesimista de la vida. Obama y su mujer Michelle (ella si negra completa) han dicho en repetidas ocasiones que Estados Unidos es una nación cuajada de defectos y ha pedido perdón por ello a los que así piensan dentro y fuera del país, prometiendo enmiendas de conducta para satisfacerlos.
Es lo que dijo en Berlín, ante una muchedumbre delirante ante la cual confesó no ser un orgulloso norteamericano, sino un ciudadano del mundo dispuesto a reducir las diferencias que aventajan a USA en el planeta. No era el auditorio más propicio para hacerlo. Si bien hay quienes detestan a USA, la mayoría en Europa da gracias a la potencia que los liberó de la hegemonía germana en dos oportunidades y, en la II Guerra Mundial, del Eje expansivo nazi fascista.
Como bien dijo el general Collin Powell, los norteamericanos fueron a Europa en plan de liberación, no de conquista. Los pedazos de tierra que aceptó fueron las de Normandía para enterrar allí a los sacrificados el Día D que marcó el inicio de la victoria aliada sobre el nazi fascismo.
Obama no se cansa de citar los supuestos defectos de los Estados Unidos. Acaba de justificar a Rusia por invadir a Georgia, diciendo que los Estados Unidos no pueden objetar la invasión a causa de Irak. Nada más alejado de la verdad: la invasión rusa fue sorpresiva, brutal y unilateral. La de Irak se dio luego de agotar la mediación de las Naciones Unidas y tras un pacto acordado entre 34 naciones para actuar.
Los atletas que participan en la Olimpiada de Beijing han tenido un desempeño espectacular. Los medallistas norteamericanos se han envuelto en la bandera de las estrellas de franjas azules y blancas con orgullo. Han declarado que USA es el mejor país de la tierra y han rendido homenaje a los militares que luchan en varios frentes para garantizar la libertad y seguridad interna de esta nación.
Obama parece no sentir el mismo orgullo. Se refirió más bien al éxito de Beijing en la organización de los juegos olímpicos, diciendo que el régimen autocrático chino ha funcionado como un reloj, como si se tratara de una corporación. Hizo pública así su preferencia por ese sistema que coarta las libertades, que por el democrático capitalista del país en que nació.
Es probable que Obama no esté pensando en implantar en los Estados Unidos un sistema como el chino, rígidamente autoritario. Pero si quiere y así lo dice en todos sus discursos y debates, que las supuestas falencias del capitalismo en este país se corregirán con un giro hacia el socialismo.
Y es aquí donde comienzan a surgir las similitudes de pensamientos y actitudes entre las dos figuras. Correa no quiere al Ecuador. Todo lo que hasta aquí ha existido en el país es, según su criterio, abominable, rechazable y tiene que ser arrasado y sustituido por “un nuevo país”, según el slogan de su movimiento.
Obama detesta que en los Estados Unidos haya oportunidades y alternativas para que cualquiera con capacidad, inventiva y vocación triunfe y, como efecto de ese triunfo, gane más dinero. Ello ha ocurrido hoy, ayer y siempre en este país y la mayoría no se queja de ello. Al contrario, el líder en cualquiera de las actividades que sobresalga recibe la admiración y gratitud de los demás. Bill Gates no es denostado, como tampoco lo es el astro Cobe, ambos varias veces multimillonarios.
En otras palabras, no es la envidia lo que cosechan los individuos exitosos. Claro, hay excepciones y hay quienes atizan el resentimiento social con fines políticos, como Obama. Él habla de quitar el dinero a los ricos para repartirlo entre los pobres, mediante impuestos y confiscaciones. La opción Robin Hood atrae a algunos resentidos pero es imposible de cumplir sin dictadura.
Correa va por el mismo andarivel. Pese a que tuvo oportunidad de estudiar en buenas universidades de Bélgica y Estados Unidos, sus conocimientos no lo han guiado a proponer cambios para corregir los errores de la sociedad en la que nació y creció, sino para avasallar a los ricos y a quienes discrepan con él.
Correa tiene un campo más fértil en el Ecuador para sembrar el rencor y la lucha de clases. En muchos aspectos, esa sociedad no ha cambiado en su estructura cultural y mental. Prevalece el sentido hacendario de mirar la vida y, junto a él, una resignación a la fatalidad muy bien descrito en este artículo que publicó el Diario El Comercio hace pocos días.
La historia del Ecuador está plagada de injusticias. El indio ha sido un virtual esclavo que no se redimió cuando fueron redimidos los negros a mediados del siglo XIX. No fueron redimidos porque no eran considerados esclavos, aunque fueron tratados como tales hasta muy entrado el siglo XX. Mas la suerte de los indígenas no se decidirá con nuevas constituciones, como quieren Correa y los suyos, sino con una efectiva apertura de las oportunidades para todos los ciudadanos, incluidos ellos, los indios.
Obama quiere castigar a los ricos por ser ricos, no estimular ni adecuar las condiciones para que los pobres sean menos pobres. A las petroleras las quiere asfixiar, no liberar de prohibiciones para que exploren más dentro y fuera de las costas, como se empecinan los demócratas. Para ofrecer salud a todos, rehúsa perfeccionar el sistema privado y quiere reemplazarlo con más ingerencia del Estado, como en Europa, cuyo sistema está por ello en crisis.
Correa no quiere desatar las fuerzas del mercado para crear más prosperidad para más gente. Quiere aherrojarlas e incrementar el control estatal en todos los órdenes de la vida, no solo en lo económico, sino en lo social, moral, educativo. Quizás piense, como Obama y Rodrigo Borja, que lo ideal es una dictadura como en China, manejada por él y su círculo. Ricardo Patiño ya lo dijo, como hablando por Correa, que está bien que el gobierno se fortalezca como lo estipula la nueva Constitución, porque ellos serán “dictadores buenos”.
Las posibilidades de triunfo para Obama en las elecciones presidenciales del 4 de noviembre próximo se debilitan con el paso de los días. ¿La razón? Cada vez más la gente lo conoce mejor. Este hecho, como alguien lo dijo, genera un efecto visual opuesto: mientras más se lo ve de cerca, más se achica.
Obama, como Correa, no tiene pasado político válido. Ha sido 4 años senador, pero solo ha estado presente 123 días y siempre se ha abstenido o votado por las posiciones de extrema izquierda, esto es, a la izquierda de la posición más radical de los aquí llamados “liberals”, cuya vocación es más control estatal y menos libertad empresarial.
Correa fue profesor de la Universidad San Francisco y de allí pasó a ministro de Finanzas de Alfredo Palacio. Siempre estuvo a la izquierda de la izquierda y en ese contexto, compitió con Álvaro Noboa en las elecciones presidenciales y las ganó, acaso porque su rival, defensor del sistema de libre mercado, carecía de fuerza de persuasión entre los electores.
La victoria de Obama en las primarias del partido republicano se explica porque su principal rival, Hillary Clinton, despertaba demasiadas pasiones en su favor y en contra. Muchos votaron por Obama, un mulato desconocido y para algunos de buena presencia, por votar en contra de Hillary. El fenómeno podría repetirse ahora entre Obama y McCain, ya que el primero está despertando demasiadas animosidades con sus pronunciamientos racistas y clasistas y, sobre todo, de menosprecio a la nación y sus instituciones militares.
John McCain, en contraste, es monolítico e imperturbable en su marcha hacia la victoria. Su valor primigenio es la vocación de servicio a su país (con 5 años y medio en las cárceles del Vietcong y más de 20 en el Senado). A McCain nadie le diría, como a Obama o Correa, que es un improvisado orador de barricada, o que es inconsistente. Alguien compara a McCain con Harry S. Truman, cuyos méritos no eran la oratoria, sino precisamente una convicción a rajatabla en sus principios, que explica que no vacilar en ordenar atacar a Hiroshima y Nagasaki para acabar con la resistencia suicida del emperador japonés.
El prestigio de Correa también se ha reducido un tanto en el Ecuador. Pero las encuestas, o al menos algunas de ellas, predicen que triunfará en el referendo por él convocado para ratificar o no su proyecto de Constitución. Si tal ocurre, se reeditará lo ocurrido en 1934 en Alemania, cuando Hitler triunfó en sus intentos de asumir los poderes absolutos: el referendo le favoreció 9 a 1.
Muchos dirían que aparte de la apariencia física y la oratoria hueca, no habría otro elemento de identificación entre los dos. Después de todo ¿qué hay de común entre un líder que aspira a gobernar a la nación más próspera y libre del mundo y el otro que está ya al mando de uno de los países más pobres?
Pues bien, algo que les enlaza es su visión gris y pesimista de la vida. Obama y su mujer Michelle (ella si negra completa) han dicho en repetidas ocasiones que Estados Unidos es una nación cuajada de defectos y ha pedido perdón por ello a los que así piensan dentro y fuera del país, prometiendo enmiendas de conducta para satisfacerlos.
Es lo que dijo en Berlín, ante una muchedumbre delirante ante la cual confesó no ser un orgulloso norteamericano, sino un ciudadano del mundo dispuesto a reducir las diferencias que aventajan a USA en el planeta. No era el auditorio más propicio para hacerlo. Si bien hay quienes detestan a USA, la mayoría en Europa da gracias a la potencia que los liberó de la hegemonía germana en dos oportunidades y, en la II Guerra Mundial, del Eje expansivo nazi fascista.
Como bien dijo el general Collin Powell, los norteamericanos fueron a Europa en plan de liberación, no de conquista. Los pedazos de tierra que aceptó fueron las de Normandía para enterrar allí a los sacrificados el Día D que marcó el inicio de la victoria aliada sobre el nazi fascismo.
Obama no se cansa de citar los supuestos defectos de los Estados Unidos. Acaba de justificar a Rusia por invadir a Georgia, diciendo que los Estados Unidos no pueden objetar la invasión a causa de Irak. Nada más alejado de la verdad: la invasión rusa fue sorpresiva, brutal y unilateral. La de Irak se dio luego de agotar la mediación de las Naciones Unidas y tras un pacto acordado entre 34 naciones para actuar.
Los atletas que participan en la Olimpiada de Beijing han tenido un desempeño espectacular. Los medallistas norteamericanos se han envuelto en la bandera de las estrellas de franjas azules y blancas con orgullo. Han declarado que USA es el mejor país de la tierra y han rendido homenaje a los militares que luchan en varios frentes para garantizar la libertad y seguridad interna de esta nación.
Obama parece no sentir el mismo orgullo. Se refirió más bien al éxito de Beijing en la organización de los juegos olímpicos, diciendo que el régimen autocrático chino ha funcionado como un reloj, como si se tratara de una corporación. Hizo pública así su preferencia por ese sistema que coarta las libertades, que por el democrático capitalista del país en que nació.
Es probable que Obama no esté pensando en implantar en los Estados Unidos un sistema como el chino, rígidamente autoritario. Pero si quiere y así lo dice en todos sus discursos y debates, que las supuestas falencias del capitalismo en este país se corregirán con un giro hacia el socialismo.
Y es aquí donde comienzan a surgir las similitudes de pensamientos y actitudes entre las dos figuras. Correa no quiere al Ecuador. Todo lo que hasta aquí ha existido en el país es, según su criterio, abominable, rechazable y tiene que ser arrasado y sustituido por “un nuevo país”, según el slogan de su movimiento.
Obama detesta que en los Estados Unidos haya oportunidades y alternativas para que cualquiera con capacidad, inventiva y vocación triunfe y, como efecto de ese triunfo, gane más dinero. Ello ha ocurrido hoy, ayer y siempre en este país y la mayoría no se queja de ello. Al contrario, el líder en cualquiera de las actividades que sobresalga recibe la admiración y gratitud de los demás. Bill Gates no es denostado, como tampoco lo es el astro Cobe, ambos varias veces multimillonarios.
En otras palabras, no es la envidia lo que cosechan los individuos exitosos. Claro, hay excepciones y hay quienes atizan el resentimiento social con fines políticos, como Obama. Él habla de quitar el dinero a los ricos para repartirlo entre los pobres, mediante impuestos y confiscaciones. La opción Robin Hood atrae a algunos resentidos pero es imposible de cumplir sin dictadura.
Correa va por el mismo andarivel. Pese a que tuvo oportunidad de estudiar en buenas universidades de Bélgica y Estados Unidos, sus conocimientos no lo han guiado a proponer cambios para corregir los errores de la sociedad en la que nació y creció, sino para avasallar a los ricos y a quienes discrepan con él.
Correa tiene un campo más fértil en el Ecuador para sembrar el rencor y la lucha de clases. En muchos aspectos, esa sociedad no ha cambiado en su estructura cultural y mental. Prevalece el sentido hacendario de mirar la vida y, junto a él, una resignación a la fatalidad muy bien descrito en este artículo que publicó el Diario El Comercio hace pocos días.
La historia del Ecuador está plagada de injusticias. El indio ha sido un virtual esclavo que no se redimió cuando fueron redimidos los negros a mediados del siglo XIX. No fueron redimidos porque no eran considerados esclavos, aunque fueron tratados como tales hasta muy entrado el siglo XX. Mas la suerte de los indígenas no se decidirá con nuevas constituciones, como quieren Correa y los suyos, sino con una efectiva apertura de las oportunidades para todos los ciudadanos, incluidos ellos, los indios.
Obama quiere castigar a los ricos por ser ricos, no estimular ni adecuar las condiciones para que los pobres sean menos pobres. A las petroleras las quiere asfixiar, no liberar de prohibiciones para que exploren más dentro y fuera de las costas, como se empecinan los demócratas. Para ofrecer salud a todos, rehúsa perfeccionar el sistema privado y quiere reemplazarlo con más ingerencia del Estado, como en Europa, cuyo sistema está por ello en crisis.
Correa no quiere desatar las fuerzas del mercado para crear más prosperidad para más gente. Quiere aherrojarlas e incrementar el control estatal en todos los órdenes de la vida, no solo en lo económico, sino en lo social, moral, educativo. Quizás piense, como Obama y Rodrigo Borja, que lo ideal es una dictadura como en China, manejada por él y su círculo. Ricardo Patiño ya lo dijo, como hablando por Correa, que está bien que el gobierno se fortalezca como lo estipula la nueva Constitución, porque ellos serán “dictadores buenos”.
Las posibilidades de triunfo para Obama en las elecciones presidenciales del 4 de noviembre próximo se debilitan con el paso de los días. ¿La razón? Cada vez más la gente lo conoce mejor. Este hecho, como alguien lo dijo, genera un efecto visual opuesto: mientras más se lo ve de cerca, más se achica.
Obama, como Correa, no tiene pasado político válido. Ha sido 4 años senador, pero solo ha estado presente 123 días y siempre se ha abstenido o votado por las posiciones de extrema izquierda, esto es, a la izquierda de la posición más radical de los aquí llamados “liberals”, cuya vocación es más control estatal y menos libertad empresarial.
Correa fue profesor de la Universidad San Francisco y de allí pasó a ministro de Finanzas de Alfredo Palacio. Siempre estuvo a la izquierda de la izquierda y en ese contexto, compitió con Álvaro Noboa en las elecciones presidenciales y las ganó, acaso porque su rival, defensor del sistema de libre mercado, carecía de fuerza de persuasión entre los electores.
La victoria de Obama en las primarias del partido republicano se explica porque su principal rival, Hillary Clinton, despertaba demasiadas pasiones en su favor y en contra. Muchos votaron por Obama, un mulato desconocido y para algunos de buena presencia, por votar en contra de Hillary. El fenómeno podría repetirse ahora entre Obama y McCain, ya que el primero está despertando demasiadas animosidades con sus pronunciamientos racistas y clasistas y, sobre todo, de menosprecio a la nación y sus instituciones militares.
John McCain, en contraste, es monolítico e imperturbable en su marcha hacia la victoria. Su valor primigenio es la vocación de servicio a su país (con 5 años y medio en las cárceles del Vietcong y más de 20 en el Senado). A McCain nadie le diría, como a Obama o Correa, que es un improvisado orador de barricada, o que es inconsistente. Alguien compara a McCain con Harry S. Truman, cuyos méritos no eran la oratoria, sino precisamente una convicción a rajatabla en sus principios, que explica que no vacilar en ordenar atacar a Hiroshima y Nagasaki para acabar con la resistencia suicida del emperador japonés.
El prestigio de Correa también se ha reducido un tanto en el Ecuador. Pero las encuestas, o al menos algunas de ellas, predicen que triunfará en el referendo por él convocado para ratificar o no su proyecto de Constitución. Si tal ocurre, se reeditará lo ocurrido en 1934 en Alemania, cuando Hitler triunfó en sus intentos de asumir los poderes absolutos: el referendo le favoreció 9 a 1.
Sunday, August 17, 2008
LA SITUACIÓN ESTÁ CLARA
A un mes y algo más del referendo mediante el cual se decidirá ratificar o no el proyecto de nueva Constitución en el Ecuador, la situación se clarifica para los votantes: quienes estén por el Si es porque desean que se consolide el régimen dictatorial de Rafael Correa. Y viceversa.
El ministro acaso más influyente del Presidente, Ricardo Patiño, encargado de la extraña Cartera de Coordinador de la Política, ha terminado por aceptar que el proyecto en realidad vulnera la esencia democrática de división de los poderes en sus tres funciones clásicas.
Pero el pueblo, ha dicho a renglón seguido, puede estar tranquilo por cuanto los que van a ejercer el poder omnímodo, esto es, Rafael Correa y sus escogidos, lo harán tan bien que el recuerdo del sistema democrático tradicional será solo una pesadilla lejana para los ecuatorianos.
Si el Si triunfa el 28 de septiembre se registraría la extraña circunstancia de que la mayoría de ciudadanos legalice con su voto a un gobierno arbitrario que antes de la aprobación ya ha vulnerado el equilibrio democrático de los tres poderes, al arrasar con la independencia de las ramas legislativa y judicial de hoy.
Con la nueva Constitución, esa arbitrariedad se acentuará y no habría lugar a la protesta pues sus acciones serían legales y constitucionales. ¿Cree la gente que respalda a Correa que una dictadura le beneficiaría más que una democracia, aún si ésta es imperfecta como lo ha sido en el Ecuador?
Ecuador no ha prosperado precisamente porque nunca se ha aplicado en el país un sistema democrático real, estable y duradero. Hay lapsos de excepción, pero han sido efímeros lo que ha inducido a muchos a pensar que los defectos del sistema, con la perpetuación de la pobreza y la injusticia, han sido fruto de esa “democracia”.
Piensan, como ahora y en otras ocasiones similares, que la respuesta es fortalecer más al Ejecutivo. La tendencia de la hora, en el Ecuador y otros países como Bolivia, Venezuela y Nicaragua, es a reforzar al Ejecutivo para derramar la felicidad a manos llenas con el “socialismo bolivariano” del siglo XXI.
Es, claro, palabrería. De lo que se trata es de implantar una dictadura más como tantas que se han sucedido en la región, solo que ahora se la afianzaría con el voto popular y no con las armas, como antaño. Pero los resultados, ahora, ayer y siempre serán los mismos: más corrupción, menos libertades y mayor pobreza en los segmentos de suyo empobrecidos.
Correa y Patiño afirman que la Constitución recuperará el poder perdido para el Ejecutivo, que sucumbió ante la presión de las oligarquías peluconas protegidas durante la “larga noche del neoliberalismo”. Pero el Estado ecuatoriano, con o sin neoliberalismo, ha sido intervencionista desde la época colonial.
El modelo hacendario sigue vigente en las entrañas de la cultura popular. Cuando la gente respalda a Correa, piensa en las dádivas del amo o patrón de hacienda. No en el fruto de su propio trabajo sino de un mesías que promete la abundancia y el empleo. Si para ello exprime o extingue a los ricos, tanto mejor, pues ello ceba su resentimiento social.
Por desgracia, esa fórmula es inaplicable. Lejos de reforzar la influencia del Ejecutivo en las actividades privadas, hay que restringirla y limitarla a lo que es propio del gobierno: garantía de la seguridad interna y externa del país y respeto y aplicación de la ley. La nueva Constitución no quiere eso sino el control directo de las ramas legislativa y judicial y la ingerencia en las actividades económicas privadas bancarias, agrícolas, industriales, educativas o artísticas mediante una planificación rígida del desarrollo a la que nadie podrá sustraerse ni oponerse.
Esta modalidad copia los sistemas socialistas/comunistas/fascistas, cuyas economías están centralmente planificadas. Para aplicarlas por la fuerza, en la ex Unión Soviética Stalin sacrificó a más de 20 millones de seres humanos que se resistieron a la confiscación de grandes y pequeñas fincas. En Cuba, en Corea del Norte, el sistema ha generado paredón y hambruna.
El Eje del nacional socialista llevó al mundo a la II Guerra Mundial y con ello se inmoló a millones de personas. Las naciones derrotadas quedaron en escombros y solo se recuperación merced al apoyo político y financiero de los Estados Unidos, puntal en la victoria aliada.
La URSS se mantuvo en el poder por cerca de 70 años, gracias al desvío de cuantiosos recursos al armamentismo, con desmedro de la calidad de la vida de sus ciudadanos. Tras la caída del imperio soviético y la hegemonía de Moscú en 1989, las naciones liberadas y la propia Rusia se volcaron hacia la economía social de mercado y ahora son prósperas.
En Rusia, por desgracia, Putin quiere revivir al imperio y cuenta para ello con la cuantiosa riqueza generada por los excedentes petroleros, como en Venezuela. Ha invadido Georgia y aspira a expandir su influjo no se sabe hasta qué límites. Entre los primeros en sumarse a la protesta figuran Lituania, Estonia y otros ex satélites de la URSS abiertos a la economía de mercado y a la democracia y por ello en constante crecimiento y prosperidad.
Chávez se ha adherido a Putin. Le ha comprado armas, da la bienvenida a los navíos de guerra en plan de visitar a Cuba y Venezuela y quiere conformar una alianza con Rusia e Irán. ¿Qué les une aparte del petróleo? El común rechazo al sistema democrático y a su principal promotor en el mundo, los Estados Unidos. Correa no quiere quedarse atrás y si bien abrirá una embajada en Teherán, aún no ha imitado a Chávez en inculpar a los Estados Unidos por la crisis de Georgia. Nada improbable que no tarde en hacerlo.
En Venezuela complace observar que la resistencia a Chávez, derrotado en las urnas en diciembre pasado cuando pretendió que se vote por la presidencia vitalicia para él, crece con el paso de los días. La rebeldía la originaron los estudiantes universitarios y ahora se extiende a otros sectores de la comunidad.
En el Ecuador, también, parece que va tomando cuerpo una parecida resistencia a Correa y a su proyecto de Constitución. Los universitarios han dado la primera clarinada al rechazar la presencia del presidente en la Universidad Católica de Guayaquil (su alma Mater). La Policía los reprimió con brutalidad.
Falta un mes y medio para el referendo. Hay tiempo para que la gente reflexione antes de consignar su voto. No tiene sentido continuar divagando sobre los 444 artículos del funesto proyecto. Es inútil e infructuoso. Hay que ir al fondo del problema: votar por el Si, sería votar por la consagración de la dictadura correísta. ¿Es eso lo que quiere la mayoría de ecuatorianos?
El ministro acaso más influyente del Presidente, Ricardo Patiño, encargado de la extraña Cartera de Coordinador de la Política, ha terminado por aceptar que el proyecto en realidad vulnera la esencia democrática de división de los poderes en sus tres funciones clásicas.
Pero el pueblo, ha dicho a renglón seguido, puede estar tranquilo por cuanto los que van a ejercer el poder omnímodo, esto es, Rafael Correa y sus escogidos, lo harán tan bien que el recuerdo del sistema democrático tradicional será solo una pesadilla lejana para los ecuatorianos.
Si el Si triunfa el 28 de septiembre se registraría la extraña circunstancia de que la mayoría de ciudadanos legalice con su voto a un gobierno arbitrario que antes de la aprobación ya ha vulnerado el equilibrio democrático de los tres poderes, al arrasar con la independencia de las ramas legislativa y judicial de hoy.
Con la nueva Constitución, esa arbitrariedad se acentuará y no habría lugar a la protesta pues sus acciones serían legales y constitucionales. ¿Cree la gente que respalda a Correa que una dictadura le beneficiaría más que una democracia, aún si ésta es imperfecta como lo ha sido en el Ecuador?
Ecuador no ha prosperado precisamente porque nunca se ha aplicado en el país un sistema democrático real, estable y duradero. Hay lapsos de excepción, pero han sido efímeros lo que ha inducido a muchos a pensar que los defectos del sistema, con la perpetuación de la pobreza y la injusticia, han sido fruto de esa “democracia”.
Piensan, como ahora y en otras ocasiones similares, que la respuesta es fortalecer más al Ejecutivo. La tendencia de la hora, en el Ecuador y otros países como Bolivia, Venezuela y Nicaragua, es a reforzar al Ejecutivo para derramar la felicidad a manos llenas con el “socialismo bolivariano” del siglo XXI.
Es, claro, palabrería. De lo que se trata es de implantar una dictadura más como tantas que se han sucedido en la región, solo que ahora se la afianzaría con el voto popular y no con las armas, como antaño. Pero los resultados, ahora, ayer y siempre serán los mismos: más corrupción, menos libertades y mayor pobreza en los segmentos de suyo empobrecidos.
Correa y Patiño afirman que la Constitución recuperará el poder perdido para el Ejecutivo, que sucumbió ante la presión de las oligarquías peluconas protegidas durante la “larga noche del neoliberalismo”. Pero el Estado ecuatoriano, con o sin neoliberalismo, ha sido intervencionista desde la época colonial.
El modelo hacendario sigue vigente en las entrañas de la cultura popular. Cuando la gente respalda a Correa, piensa en las dádivas del amo o patrón de hacienda. No en el fruto de su propio trabajo sino de un mesías que promete la abundancia y el empleo. Si para ello exprime o extingue a los ricos, tanto mejor, pues ello ceba su resentimiento social.
Por desgracia, esa fórmula es inaplicable. Lejos de reforzar la influencia del Ejecutivo en las actividades privadas, hay que restringirla y limitarla a lo que es propio del gobierno: garantía de la seguridad interna y externa del país y respeto y aplicación de la ley. La nueva Constitución no quiere eso sino el control directo de las ramas legislativa y judicial y la ingerencia en las actividades económicas privadas bancarias, agrícolas, industriales, educativas o artísticas mediante una planificación rígida del desarrollo a la que nadie podrá sustraerse ni oponerse.
Esta modalidad copia los sistemas socialistas/comunistas/fascistas, cuyas economías están centralmente planificadas. Para aplicarlas por la fuerza, en la ex Unión Soviética Stalin sacrificó a más de 20 millones de seres humanos que se resistieron a la confiscación de grandes y pequeñas fincas. En Cuba, en Corea del Norte, el sistema ha generado paredón y hambruna.
El Eje del nacional socialista llevó al mundo a la II Guerra Mundial y con ello se inmoló a millones de personas. Las naciones derrotadas quedaron en escombros y solo se recuperación merced al apoyo político y financiero de los Estados Unidos, puntal en la victoria aliada.
La URSS se mantuvo en el poder por cerca de 70 años, gracias al desvío de cuantiosos recursos al armamentismo, con desmedro de la calidad de la vida de sus ciudadanos. Tras la caída del imperio soviético y la hegemonía de Moscú en 1989, las naciones liberadas y la propia Rusia se volcaron hacia la economía social de mercado y ahora son prósperas.
En Rusia, por desgracia, Putin quiere revivir al imperio y cuenta para ello con la cuantiosa riqueza generada por los excedentes petroleros, como en Venezuela. Ha invadido Georgia y aspira a expandir su influjo no se sabe hasta qué límites. Entre los primeros en sumarse a la protesta figuran Lituania, Estonia y otros ex satélites de la URSS abiertos a la economía de mercado y a la democracia y por ello en constante crecimiento y prosperidad.
Chávez se ha adherido a Putin. Le ha comprado armas, da la bienvenida a los navíos de guerra en plan de visitar a Cuba y Venezuela y quiere conformar una alianza con Rusia e Irán. ¿Qué les une aparte del petróleo? El común rechazo al sistema democrático y a su principal promotor en el mundo, los Estados Unidos. Correa no quiere quedarse atrás y si bien abrirá una embajada en Teherán, aún no ha imitado a Chávez en inculpar a los Estados Unidos por la crisis de Georgia. Nada improbable que no tarde en hacerlo.
En Venezuela complace observar que la resistencia a Chávez, derrotado en las urnas en diciembre pasado cuando pretendió que se vote por la presidencia vitalicia para él, crece con el paso de los días. La rebeldía la originaron los estudiantes universitarios y ahora se extiende a otros sectores de la comunidad.
En el Ecuador, también, parece que va tomando cuerpo una parecida resistencia a Correa y a su proyecto de Constitución. Los universitarios han dado la primera clarinada al rechazar la presencia del presidente en la Universidad Católica de Guayaquil (su alma Mater). La Policía los reprimió con brutalidad.
Falta un mes y medio para el referendo. Hay tiempo para que la gente reflexione antes de consignar su voto. No tiene sentido continuar divagando sobre los 444 artículos del funesto proyecto. Es inútil e infructuoso. Hay que ir al fondo del problema: votar por el Si, sería votar por la consagración de la dictadura correísta. ¿Es eso lo que quiere la mayoría de ecuatorianos?
Tuesday, August 12, 2008
LOS PELIGROS DEL ISLAM
Es falsa la idea que se tiene de que si bien hay musulmanes extremistas también puede haber musulmanes moderados.
Si en realidad existen musulmanes moderados, o sea los que potencialmente no comparten la lucha violenta contra Occidente y las culturas judeo cristianas que propician paz y democracia, entonces es porque han dejado de ser musulmanes.
La raíz de la violencia musulmana está en el Corán. Allí claramente se estatuyen los mandatos para el exterminio de los infieles que se resisten a la conversión al islamismo.
El Corán es documento clave y obligatorios para los islámicos. No seguir sus mandamientos es apartarse del Corán. Equivale a la Biblia para los cristianos, con la diferencia de que ésta invoca una cultura de la vida, no de la muerte y no es excluyente. El Corán pide la muerte de los infieles, la Biblia condena el exterminio de los seres humanos, desde el momento de su concepción.
El cineasta holandés Geert Wilder ha producido un documental elocuente e irrefutable sobre estos temas. Ahora es perseguido por los musulmanes, debido a lo cual está siendo protegido por los servicios de seguridad holandeses para evitar que lo asesinen, como asesinaron a otro compatriota y colega suyo, Van Gogh.
La somalí Ayaan Hirsi Ali, que se refugió en Holanda, renegó del Islam tras comprender la crueldad de su doctrina y escribió el libro autobiográfico "Infidel" (Infiel), que debería ser leído por todo ciudadano de Occidente en duda sobre los peligros del Islam. La autora fue igualmente protegida por la seguridad holandesa y terminó radicándose en Washington, D.C.
El presidente Rafael Correa acaba de enviar a la ministra de Relaciones Exteriores Isabel Salvador a Teherán para concluir las gestiones para establecer relaciones diplomáticas y comerciales con Irán. Su par iraní Ahmadinejad y su gobierno han sido sancionados por las Naciones Unidas por favorecer el terrorismo islámico contra Occidente y armarse nuclearmente.
¿Acaso no es coincidente que Correa, junto con su Vicepresidente Lenín Moreno y otros áulicos arremetan contra la Iglesia Católica y se mofen por sus reparos contra un proyecto de Constitución que podría favorecer, entre otros asuntos condenables, al aborto?
La situación mundial se ensombrece con la actitud de Putin de Rusia y la invasión a Georgia, cuyo gobierno democrático se alinea con Occidente. Si cae Georgia, se fortalece Irán y peligra el proceso de democratización de Irak y el Medio Oriente. ¿De qué lado está Correa?
El documental de Wilder puede verse accediendo a este link o enlance:
Si en realidad existen musulmanes moderados, o sea los que potencialmente no comparten la lucha violenta contra Occidente y las culturas judeo cristianas que propician paz y democracia, entonces es porque han dejado de ser musulmanes.
La raíz de la violencia musulmana está en el Corán. Allí claramente se estatuyen los mandatos para el exterminio de los infieles que se resisten a la conversión al islamismo.
El Corán es documento clave y obligatorios para los islámicos. No seguir sus mandamientos es apartarse del Corán. Equivale a la Biblia para los cristianos, con la diferencia de que ésta invoca una cultura de la vida, no de la muerte y no es excluyente. El Corán pide la muerte de los infieles, la Biblia condena el exterminio de los seres humanos, desde el momento de su concepción.
El cineasta holandés Geert Wilder ha producido un documental elocuente e irrefutable sobre estos temas. Ahora es perseguido por los musulmanes, debido a lo cual está siendo protegido por los servicios de seguridad holandeses para evitar que lo asesinen, como asesinaron a otro compatriota y colega suyo, Van Gogh.
La somalí Ayaan Hirsi Ali, que se refugió en Holanda, renegó del Islam tras comprender la crueldad de su doctrina y escribió el libro autobiográfico "Infidel" (Infiel), que debería ser leído por todo ciudadano de Occidente en duda sobre los peligros del Islam. La autora fue igualmente protegida por la seguridad holandesa y terminó radicándose en Washington, D.C.
El presidente Rafael Correa acaba de enviar a la ministra de Relaciones Exteriores Isabel Salvador a Teherán para concluir las gestiones para establecer relaciones diplomáticas y comerciales con Irán. Su par iraní Ahmadinejad y su gobierno han sido sancionados por las Naciones Unidas por favorecer el terrorismo islámico contra Occidente y armarse nuclearmente.
¿Acaso no es coincidente que Correa, junto con su Vicepresidente Lenín Moreno y otros áulicos arremetan contra la Iglesia Católica y se mofen por sus reparos contra un proyecto de Constitución que podría favorecer, entre otros asuntos condenables, al aborto?
La situación mundial se ensombrece con la actitud de Putin de Rusia y la invasión a Georgia, cuyo gobierno democrático se alinea con Occidente. Si cae Georgia, se fortalece Irán y peligra el proceso de democratización de Irak y el Medio Oriente. ¿De qué lado está Correa?
El documental de Wilder puede verse accediendo a este link o enlance:
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