Sunday, February 13, 2011

EGIPTÓLOGOS Y OBAMANÓLOGOS

Los incondicionales de Barak Hussein Obama no caben más en si del gozo con la “victoria” alcanzada por su líder en Egipto: cayó Hosni Mubarak, el mayor aliado de los Estados Unidos en la conflictiva área del Medio Oriente y pieza clave para la protección de Israel.

Obama, para los suyos, no tiene defectos. Con lo ocurrido en El Cairo se ha confirmado para ellos que en verdad él es el nuevo mesías y poco falta para que pidan que se le vuelva a conceder el Premio Nobel de la Paz, por la “pacificación” que ha logrado en la región.

De nada sirve recordarles que Obama ha actuado una vez más de manera contradictoria en el manejo de la política exterior. Cuando el pueblo se levantó en Irán contra el régimen despótico y teocrático de Ahmadinejad y del Ayatola en el 2009, calló y dijo que la era del intervencionismo de los Estados Unidos había terminado.

En el caso de Egipto, dijo e hizo lo contrario. Apoyó la revuelta contra Hosni Mubarak y exigió que renuncie ipso facto al poder. Cuando las fuerzas armadas lo respaldaron a Mubarak, dio pie atrás y pidió que se quedara para presidir el proceso de transición. Más tarde volvió a su posición inicial y finalmente celebró jubiloso la caída del aliado de los yanquis.

¿Y Hillary Clinton? Es una pieza sin importancia en la diplomacia noteamericana. En las primeras horas de la crisis epicia dijo que en Egipto había estabilidad plena, luego cambió de criterio y en ese plan se mantuvo al igual que su jefe. Ahora gobierno y seguidores dicen que han cambiado la historia y que Egipto dará pasos firmes hacia la democracia tras 6.000 años de espera.

El artífice del cambio, dicen, es Obama, pero los egipcios no comparten tal creencia. Al contrario, piensan que él con sus predecesores de la Casa Blanca apoyaron por treinta años a un dictador que ahora repudian, por lo que ninguna interferencia es bienvenida, no obstante las buenas intenciones que tuvieren.

Algunos observadores “imparciales” aplauden a Obama por haber corregido su “error” de no haber apoyado la revuelta popular en Irán y si haberlo hecho en el caso de Egipto. Pero no hubo error. Obama sabía muy bien por qué no apoyar a los iraníes insurgentes: porque querían, ellos sí, un sistema democrático muy a la occidental, en contraste con los islámicos de Egipto.

Lo que si fue un error fueron los constantes pasos en falso del presidente demócrata Jimmy Carter en Irán cuando en lugar de apoyar una transición pacífica hacia la democracia con el Sha de Persia, hizo lo opuesto hasta desembocar en la autocracia teocrática del Ayatola, que ahora se arma con bombas nucleares para extender el dominio islámico por la región y el orbe, con aliados tan demócratas y distantes como Hugo Chávez y Rafael Correa.

Es probable que entre los insurgentes de Egipto haya sobre todo jóvenes ilustrados que quisieran para su país un tipo de democracia como la tradicional de Occidente, secular y de funciones estatales de poder dividido. Pero la mayoría no quiere eso, sino un estado teocrático regido por la ley del sharia, que es la negación de la libertad y los derechos humanos.

A poco de iniciar su administración hace dos años, Obama cortó la ayuda a los programas de dilvulgación de principios democráticos en Egipto y es ya célebre el discurso que pronunció en El Cairo para pedir perdón por los errores de dominación cometidos por los Estados Unidos y sostener que el islamismo es parte consustancial de la cultura norteamericana.

Lo cual si es aplicable pero para Egipto y la mayoría de naciones árabes, pero jamás a los Estados Unidos cuya tradición cultural, religiosa y política es de base exclusivamente judeo cristiana. Los principios de democracia y libertad, que presupone un gobierno al servicio del individuo y al revés, brotan del judeo cristianismo, no del islam.

El Corán, que inspira a los musulmanes, no exalta al individuo: busca avasallarlo bajo regímenes autocráticos y confundirlo con la multitud. En ello se identifican con las dictaduras fascistas, nazis o comunistas y de similar comportamiento caudillista, como tantas que han abundado y abundan en el tercer mundo del África o América Latina.

Mubarak, que gobernó por 30 años como dictador, frenó a los extremistas islámicos en su intento de anular el tratado de paz con Israel, que firmó su antecesor Anuar el Sadat. Por haberlo hecho, el movimiento Hermandad Musulmana lo asesinó en una parada militar. Fue Mubarak quien lo sucedió.

La Hermandad se fundó en 1928 para imponer la ley sharia entre los árabes primero y en el resto del mundo después. Se alió al nazismo de Hitler por su común visión de extrema intolerancia y más tarde procreó los hijuelos Hamas, Taliban, Al Qaeda, Hezbollah y otros que siembran la muerte y el terrorismo por cualquier resquicio que se les abre en Occidente.

La Hermandad fue prohibida por Mubarak y las fuerzas armadas en Egipto pero ha sobrevivido en la clandestinidad y a través de sus ramificaciones. El Islam, mas que una religión, es un movimiento político expansionista como el nazismo o el comunismo. Obama quiere ahora que se reconozca a la Hermandad y el director de inteligencia de la CIA acaba de benedecirla al declarar ante el Congreso que se trata de un grupo secular, mixto, neutro e inofensivo.

Cuando antes en una entrevista de TV le preguntaron a Obama si creía que la Hermandad era un peligro terrorista, evadió la respuesta. Cuando un soldado musulmán asesinó a 13 de sus compañeros en un cuartel de Texas, dijo que era un prejuicio suponer que actuaba por motivos religiosos. La investigación comprobó que era un fanático con antecedentes, pero Obama y la prensa adepta han omitido comentarlo.

Egipto está ahora en manos de una dictadura militar, que ha disuelto al parlamento y suspendido la Constitucion, rara forma de encaminarse hacia la democracia, pero muy del agrado de Obama. Se ignora si los militares seguirán condenando a la Hermandad. Pero el clan se fortalecerá y a la postre asumirá el poder, acaso indirectamente al comienzo, a plenitud después.

¿Se extenderá la mancha, para unos, la estela de esperanza para otros del islamismo en la región? El islam es un solo como es uno solo el Corán y una sola la Biblia. No existe un islam moderado y otro extremo. Hay un solo islam que desde el punto de vista judeo cristiano es extremo, porque surprime libertad y tolerancia. Los musulmanes “moderados” o no son practicantes o son farsantes.

¿Qué es Obama? ¿musulmán, cristiano, agnóstico, ateo? Cuando las dudas se multiplicaron semanas atrás, optó por ir algunos domingos a una iglesia cristiana pero pocos creen en su sinceridad. Demasiados elogios ha enunciado en favor del islamismo dentro y fuera del país y jamás se ha referido siquiera a los basamentos judeo cristianos de esta nación.

Su pade africano fue musulmán y él lo fue mientras estudiaba de niño en Indonesia. Más tarde asitió durante veinte años a una iglesia protestante cuyo pastor predicaba el odio contra el imperialismo yanqui. Fue él quien lo casó con Michelle y bautizó a sus dos hijas.

De su nacimiento en Hawaii hay dudas y de su niñez y adolescencia se carece de documentación escrita (porque está prohibido) o de testimonio de amigos o compañeros de estudio porque nadie los conoce. Es demócrata y por ello ningún escándalo ha podido “infiltrarse” en ningún medio de comunicación de importancia.

Los documentos, al parecer auténticos, que de todos modos han circulado por el Internet, indican que su madre estaba en Kenya cuando súbitamente dio a luz en un hospital de la localidad. Cuatro días más tarde voló a Hawaii donde obtuvo un certificado especial de nacimiento, que se estilaba conferir entonces a los hijos de madres inmigrantes de nacionalidad norteamericana. La Constitución prohibe candidatizar a la presidencia a los ciudadanos que no sean norteamericanos por nacimiento.


Sunday, January 30, 2011

ES EL OBAMA DE SIEMPRE

El presidente Barack Hussein Obama prounció, mejor dicho leyó su discurso sobre el Estado de la Unión el martes pasado ante el Congreso y sus “fans” ya sostienen que es un mesías reencarnado de Ronald Reagan.

¿Por qué lo dicen? Porque la retórica que ha empleado durante sus dos años en el gobierno cambió súbitamente con su discurso, como resultado de la aplastante victoria republicana del 2 de noviembre pasado.

No dijo ni insinuó que los Estados Unidos no tienen nada de excepcional en su excepcional historia de más de 200 años de democracia ininterrumpida e inclusive alabó que su pueblo sea invenitvo, creador y amante convencido de la libertad de pensamiento y mercado.

También, aunque marginalmente, admitió lo obvio, que es el sector privado el que dinamiza la economía nacional mediante el ahorro y la inversión en la industria con creación de empleos, pese a siempre haber sostenido que es el factor de explotación de los pobres dentro u fuera del país.

Los reporteros contaron que en sus últimos días de vacaciones, que siguieron a su derrota electoral, Obama llevó consigo libros de biografía y análisis de la vida y acciones de gobierno de Reagan, su antípoda ideológico. Nada difícil que el consejo lo recibiera el ex presidente demócrata Bill Clinton, que superó en su administración una crisis política similar.

Pero Obama no engaña a nadie, salvo a sus incondicionales de los medios de comunicación y a los adeptos políticos que le quedan, especialmente de la raza negra. Clinton superó el golpe republicano similar de medio término, pero porque estuvo convencido de que ello era bueno para el país.

Su ahora sucesor demócrata, en cambio, lo único que ha cambiado es el enlace de palabras, no la profundidad al parecer incambiable de su pensamiento. Dijo, por ejemplo, que los Estados Unidos era un buen país siempre anheloso de ayudar a los oprimidos y a las naciones en peligro de sucumbir a dictaduras.

Es algo probadamente histórico, pero que no ha surgido en ninguno de sus anteriores discursos dichos ante la nación y el extranjero. En Egipto, a poco de posesionarse, afirmó que el Islam era parte de la familia norteamericana desde sus raíces y que desde entonces ha sido parte de su cultura.

Incluso sus esbirros han llegado a decir que ya Jefferson admiraba al Islam, por tener un Corán en su vasta biblioteca. Claro que lo tuvo, pero como botín. Fue Jefferson quien ordenó a la incipiente armada de los Estados Unidos que fuera al Mediterráneo a doblegar a los piratas musulmanes que buscaban comerciar en la zona y que saqueaban, asesinaba y esclavizaban a los marinos norteamericanos. Uno de los trofeos que guardó Jefferson fue el Corán, inspirador de la violencia en el mundo islámico.

Poco antes del ataque del 9/11, George W. Bush pidió a Mubarak que modere su régimen dictatorial de 30 años y ofrezca libertades al pueblo oprimido. Uno de los primeros discursos de Obama, que fue en El Cairo, fue no para plantear un reclamo similar, sino para exaltar las grandezas del Islam.

Tras el discurso de Obama el pasado martes, su aprobación en las ecuestas ha subido, no solo por ese hecho sino por lo actuado el mes pasado, al cierre del anterior congreso de mayoría demócrata absoluta. Pero ¿qué hizo y dijo Obama? En el Congreso se sometió a la nueva realidad política de predominio republicano y renunció a elevar los impuestos a los “ricos”, o sea a los que ganan más de 250 mil dólares. Los republicanos y el pueblo, como lo demostró el 2 de noviembre, no querían ni quieren más impuestos para nadie, sobre todo en época de recesión.

En el discurso habló lo que la gente quería oír: un tono de optimismo sobre el país, una reducción sobre el infliujo limitante del gobierno en la vida y el sector privados, una mayor definición en la defensa nacional y repudio a más leyes estatizantes, como la de salud.

Pero si Obama aceptó no volver a gravar a los ricos, prometió que lo hará en el 2012, cuando aspira a ser reelecto. Ello revela su verdadera idiosincracia opuesta al empresario privado. En su opinión, la gente hace dinero porque explota por lo cual hay que cercenar sus excesos de ingreso con más impuestos confiscatorios para más obras del gobierno al mando de más burócratas sobreprotegidos.

La misma idea la emanó al hablar de conquistar el futuro mediante inversiones públicas mayores en educación e investigación, lo que a su juicio hará al país más competivo en el frente externo. Utilizó el símil poco feliz del “sputnik” de la hora actual para impulsar el desarrollo.

El Sputnik fue el satélite articial que la URSS envió al espacio antes que los Estados Unidos. El entonces presidente demócrata John F Kennedy vió esto como una amenaza militar y tecnológica contra el mundo libre e invitó por ello a enviar en respuesta un hombre a la luna dentro de un decenio. Esto se realizó (ya asesinado Kennedy) pero los fondos públicos se asignaron a la NASA para que administre el proyecto, no para que produzca computadoras, satélites o módulos. Toda la investigación y construcción quedó competitivamente en manos del sector privado.

Una de las primeras decisiones de Obama fue liquidar a la NASA como proyecto espacial y reducirlo al papel de misionero de buen voluntad en el mundo musulmán, la “gran familia” de los Estados Unidos a la que él se refirió sin sentido. Y ahora invita a que el país actúe como la NASA del decenio de 1960 frente a un inexistente Sputnik...

Los nuevos gastos públicos que ahora pide al Congreso no harían sino aumentar el déficit público y financiero que ya llega a los 14 trillonos de dólares, que absorben el 25% ya de la riqueza nacional. Ni siquiera una economía que ha sido tan sólida como la norteamericana podrá sobrevivir en tales condiciones. La receta no son más ingresos, sino todo lo contrario y fundamentalmente menos gastos.

La nueva fuerza republicana, como mandato popular del 2 de noviembre, está dando los pasos en esa dirección. Ha planteado al gobierno un 20% de corte de gastos inmediato para aprobar el presupuesto de este año que los demócratas no aprobaron el año pasado pese a su total mayoría. Adicionalmente forzarán en años sucesisvos a reducir al gasto a niveles al menos iguales a los prevalecientes en el 2008.

El pedido es mandatorio para el Ejecutivo y será éste el que proponga qué gastos recortar, para someterlos al escrutinio y aprobación del Congreso. Una de las medidas inmediatas será rechazar la nueva ley de salud aprobada por Obama y los demócratas de manera atropellada y grosera en el 2010, sin un solo voto republicano y con el 70% de la población en contra porque aumenta el gasto en 3 trillones de dólares y arruina el sistema de provisión de salud existente.

Obama, en su discurso, dijo no querer oir de rechazar y sustituir la ley de salud. Otra muestra de su inflexibilidad ideológica. Pero tendrá que hacerlo, como tendrá que ceder en su demencial voracidad por el gasto público. La alternativa podría ser un choque con el Congreso que pudiera congelar los gastos del Ejecutivo, con desastrosas consecuencias para todos.

La revista Time, otrora respetable, publicó en su última edición su historia principal o “cover story” sobre la supuesta simbiosis entre Reagan y Obama, que reivindicará a este último. Es un disparatado esfuerzo de paralelismo. Obama y Reagan son tan precidos ideológicamente como lo pudieran ser el Rey de Arabia Saudita, Hugo Chávez o Rafael Correa y George Washington.

El discurso sobre el estado de la Unión, tras un análisis objetivo, demuestra que Barack Hussein Obama sigue siendo el mismo líder orientado a debilitar el sistema democrático, libre, competitivo y tolerante que ha prevalecido en los Estados Unidos, para sustituirlo por una forma de gobierno con interferencia gubernamental cada vez mayor con el objetivo de la sociedad iguallitaria, pero que sus resultados son, indefectiblemente, todo lo contrario.


Sunday, January 16, 2011

¿REALMENTE HAY CAMBIO EN OBAMA?

Para muchos no incondicionales que votaron por Obama para presidente de los Estados Unidos y que luego se arrepintieron por su forma radical de gobernar, parecen ahora felices de poder volverlo a apoyar debido a los supuestos “cambios hacia el centro” que al parecer ha adoptado desde diciembre pasado.

¿Cuáles han sido estos cambios? Primero, ordenó a los demócratas del Senado que prorroguen las exenciones tributarias decretadas hace diez años por su predecesor GW Bush para todos los contribuyentes, incluídos los “ricos”, medida adoptada para paliar la crisis económica heredada del demócrata Bill Clinton.

El otro cambio fue su reciente discurso en un estadio universitario de Arizona, pronunciado tras el asesinato por parte de un esquizofrénico de un juez federal, una niña y otros inocentes y el disparo a su principal objetivo, una congresista demócrata que sobrevivirá, ojalá con facultades plenas.

Pero uno y otro cambio han sido forzados por las circunstancias, no por una reflexión intelectual de Obama, fruto de comprender que su posición radical es rechazada por el 70% del electorado norteamericano, porque afecta los principios esenciales de esta nación basada en la libertad y respeto a los derechos del individuo frente al Estado.

Si Obama continuaba en su campaña contra los “ricos”, que para él son los que tienen ingresos superiores a los 250.000 dólares y a los cuales quería quitar la exención tributaria, habría sobrevenido un mayor colapso económico y político. Los republicanos y muchos demócratas eran renuentes a la medida, pues habría determinado una congelación presupuestaria y el bloqueo a la gestión gubernamental.

Luego de haber sostenido en la campaña presidencial y en sus dos años de gobierno que los males de este país son generados por un sistema capitalista que hace ricos a unos pocos por explotación de los pobres, tuvo que ceder y la prolongación del no pago de impuestos se extendió a todos. La economía respiró, aunque temporalmente.

Porque Obama, al admitir su derrota, advirtió que no cederá en su lucha contra los ricos y que volverá a castigarlos con los impuestos ahora postergados, tan pronto recupere el poder en el Congreso y la reelección presidencial en el 2012. Se trata, pues, de un tregua, no del convencimiento de que nuevos impuestos, peor en recesión, son perjudiciales para la sociedad.

Los inversionistas nacionales y extranjeros, consecuentemente, si bien se complacieron con la prórroga, siguen cohibidos ya que las inversiones de real impacto no deben limitarese a un incierto período de años. Y porque conocen que la ideología de Obama y sus seguidores es, ha sido y seguirá siendo contraria al capitalismo y a la libre acumulación del ahorro.

Obama, como han dicho analistas independientes que no son aceptados en los medios de comunicación audivisual y escrita de mayor alcance, es un enigma. Subsisten dudas sobre su nacimiento en los Estados Unidos y se ha bloqueado toda información sobre sus viajes de infancia y juventud, así como de sus estudios, escritos y amistades. Lo que se conoce con más certeza no se remotan a más de 10 o 12 años atrás.

Se ignora cómo accedió a las universidades de elite de Yale y Harvard, pero si se sabe que su principal ocupación tras graduarse fue la de “community organizer” u organizador de grupos comunitarios, en Chicago. Es una derivación de las enseñanzas del ideólogo Saul Alinsky, cuya meta inspirada en Marx y Lenin es socavar al sistema capitalista desde adentro y no necesariamente mediante la fuerza, la revuelta o la revolución.

Alinsky y sus discípulos como Obama y Hillary Clinton (su tesis de grado en la universidad de Chicago fue una apología de Alinsky) en realidad no podrían ser ubicados como comunistas, sino acaso como nihilistas que buscan por todos los medios (lo importante es el fin, no importa los medios) quebrar al sistema democapitalista y absorber cada vez más poder.

Todo ello ¿para qué? La nueva sociedad que ellos propugnan no está clara, pero básicamente buscan la “justicia social” mediante un igualitarismo utópico en el que la riqueza se transfiera a los pobres con intervención de gobiernos fuertes, intolerantes, incontestables. Ello presupone rebasar las leyes que se opongan a sus fines, por cualquier método manipulado dentro del sistema.

Obama ha dado varios ejemplos de esa filosofía. Forzó la aprobación de la reforma que estatiza la administración de la salud, para lo cual no le importó no contar con un solo voto republicano. Y nombró a una treintena de “zares” en su gobierno, como ministros que no requieren aprobación previa del Senado ni tienen responsabilidad ante él.

En noviembre el electorado rechazó mayoritariamente esa tendencia y a la Cámara de Representantes envió más republicanos que demócratas y más republicanos al Senado demócrata. Pero eso a Obama le tiene sin cuidado. El único cambio ha sido la prórroga de la exención tributaria. Dice que el pueblo no lo ha repudiado en noviembre, sino que el resultado es una presión a los republicanos para que cooperen con él y desistan de la oposición.

El atentado de Tucson también Obama ha intentado tergiversarlo. A minutos de divulgarse los trágicos hechos, los radicales de su partido demócrata y de sus inflitrados en los medios de comunicación acusaron a los republicanos y su oposición a Obama de ser los causantes del crimen. Nadie probó la acusación y más bien se difundió que el criminal era apolítico y un esquizofrénico que actuó individualmente.

Las encuestas no encontraron vínculo entre la política de los republicanos y las acciones del criminal en Tucson, con un margen del 60%. Obama se vio acorralado, carecía de bases para también acusar al Tea Party y a los comentaristas de radio y TV conservadores de ser los instigadores del atentado. Y en su discurso de Arizona, si bien no condenó a los demos por sus diatribas, se abstuvo él de acusar como hubiera querido a los republicanos.

Su discurso duró 34 minutos, mucho más que los 4 o 6 empleados por Bush, Reagan o Clinton en ceremonias de expresión de dolor por similares tragedias como las del 9/11 u Oklahoma City con McVeigh. Y se transformó en una manifestación política cualquiera, con gritos histéricos, aplausos y en la que las figuras centrales del discurso no fueron las víctimas, sino él.

Él, como el conciliador, el pacificador, el apóstol de la tolerancia y la no violencia verbal o física. El mismo que un encuentro con hispanos les conminó a luchar contra el enemigo común, los republicanos, en la controversia sobre la inmigración. Que dijo que no admitía otros criterios que el suyo en el debate sobre la ley de salud, “porque las elecciones tienen consecuencia y las gané yo”.

Los arrepentidos por elegir a Obama comienzan a arrepentirse de haberse arrepentido y creen que con el discurso “inmortal” de Tucson -y lo hecho en diciembre en el Congreso- ha emergido un gran hombre, un estadista de verdad, un presidente preclaro que arrasará en su ruta hacia la reelección en el 2012.

Esa gente vacilante, que se autoclasifica independiente y que en el fondo es inconsistente, por fortuna no es mayoría en este país. La oposición a la agenda Obama sigue en pie, tan firme o más como lo fue en los comicios del 2 de noviembre. Así al menos se detecta en la conducta de los nuevos republicanos del Congreso.

La primera votación para repeler la ley de salud estuvo pevista para el jueves pasado pero fue diferida. Los demócratas pretendían que se archive el proyecto, por lo sucedido en Arizona. Pero ya se ha fijado para el miércoles venidero el debate de repudio a esa ley. La ley fue aprobada a empellones y es esa ley la que tiene que ser archivada.

Los republicanos no cometerán errores del pasado, pretendiendo gobernar desde el Congreso con una cámara de mayoría republicana. Han advertido que la responsabilidad de gobernar sigue en manos de Obama y a él le piden que proponga enmiendas para enderezar la economía y para reafirmar la defensa nacional y el prestigio de los Estados Unidos, venidos a menos con su gestión.

Tocará al Congreso examinar las propuestas de Obama, rechazarlas, enmendarlas o sustituirlas. Será una lucha ardua, pero el apetito por concentrar cada vez más el poder en el Ejecutivo con desemedro de las otras funciones del Estado y los derechos individuales, deberá ser bloqueado para sanidad de este país y del mundo.

Del mundo, porque si flaquean Estados Unidos en su posición de líder de la democracia, continuará acentuándose la antidemocracia como lo prueban las últimas estadísticas en varios continentes. Los lapsos dictatoriales entre capitalismo y capitalismo, por culpa de utopistas insensatos, solo causan terror, muerte, hambre y miseria.

Esas aventuras de colectivo masoquismo no las quieren, no las han querido nunca los norteamericanos desde la fundación de la República. La presencia de Obama y sus adeptos en la otra dirección solo debe considerarse como un extraño interludio en la historia de este gran país.

Friday, January 7, 2011

UNA GUERRA INTERNA A FONDO

Los Estados Unidos está atravesando una conmoción interna profunda, solo comparable quizás con la Guerra Civil ocurrida a mediados del siglo XIX para restaurar la unidad nacional y abolir la esclavitud.

Otras guerras han estremecido a esta nación, pero han sido libradas fuera de su territorio, en Europa, África y Asia, con el objetivo de frenar intentos expansionistas de dictaduras fascistas y, en el caso de la Guerra Fría, de dictaduras comunistas.

Esta vez la batalla se ha desatado tierra adentro, entre quienes aborrecen el sistema de libertad que ha engrandecido a esta nación y quienes han decidido arriesgarlo todo para defenderlo. No mediante las armas, como ha sido habitual en otros lares, sino con los votos.

El enemigo del sistema democrático no es ahora un mitómano de Bertlín, Moscú o Tokio. Es un grupo político radical identificado con el ala más extrema del partido demócrata, que ha existido siempre pero que por primera vez ha llegado al poder por sufragios libres.

Los ideólogos del grupo creen que las desigualdades sociales pueden y deben ser abolidas con la intervención de un ejecutivo fuerte, más allá de las limitaciones impuestas por una Constitución que rige en este país desde hace más de 200 años, con 27 enmiendas.

Han confluído en ese grupo radical, como ideólogos, principalmente gente adoctrinada en universidades izquierdistas, que luego se han multiplicado e irrigado en los principales medios de comunicación, en las universidades como profesores, en otros niveles del magisterio, en clanes protestarios como los gays, en partidos como el demócrata.

La utopía no es nueva. Pero siempre los intentos por crear sociedades igualitarias o han sido efímeros, o han fracasado desde el principio. Las denominaciones han variado, religiosas o seculares, pero el punto débil que las han condenado siempre a la extinción, ha sido el desconocimiento de la inmutable condición humana por la libertad y la diversidad.

El igualitarismo presupone inequívocamente la supresión del libre albedrío. La igualación del ingreso, por ejemplo, implica quitar por la fuerza a unos para dar a otros. Las acciones enrumbadas a la igualación, además, de hecho bloquean toda crítica, toda disensión -mediante el uso de la fuerza.

La naturaleza humana es en si misma diversa. No hay seres humanos idénticos, ni entre siameses. El genérico nombre de europeos sería engañoso si pretendiera implicar que todos son iguales en raza o en creencias y culturas. Al contrario, su complejidad ha sido tal que ha convertido a Europa en uno de los continentes más belicosos del orbe. Ahora mismo se vive una crisis de identidad con la utopía de la Unidad (política) Europea.

¿Y Asia, África, América, Oceanía..? Los aborígenes en Norteamérica, a la llegada de los colonos europeos, conformaban grupos tribales con inmensas diferencias de idioma, costumbres y cosmovisiones. E igual puede decirse de cualquier otros conglomerado humano en cualquier parte en cualquier momento de la historia.

Todo grupo humano, para convivir, tiene que adoptar reglas de conducta de aceptación común y de un sistema de sanciones. Es la delegación de poder a escogidos por su vocación de liderazgo. Por desgracia esa delegación no siempre ha sido temporal, pues quienes la asumen tienden a perpetuarse contra la voluntad de los asociados.

La seducción del poder es irresistible, con excepciones como la de George Washington (se negó a un tercer mandato y a las ofertas de gobernar como rey, lo que si buscaba Simón Bolívar en América del Sur). Generalmente un líder ambicioso, con el respaldo de su círculo de áulicos y grupos de interés, se cree llamado a seguir esparciendo el “bien” por ilimitados lapsos.

Reyes, emperadores, jeques y demás autócratas histótricamente han ejercido el poder protegidos por un áurea divina. El mito comenzó a desvanecerse con la Revolución Francesa, más tarde con la Revolución Rusa. Pero en uno y otro caso y similares, la tentación de perpetuarse en el poder de parte no desapareció.

En Rusia los zares fueron reemplazados por Lenín y Stalin, en Francia la monarquía se transformó en Napoleón. Los seres que se creen iluminados para gobernar sin responsabilidades frente a los gobernados han pululado en la historia y están vívidos aún hoy en Corea del Norte, Irán, Venezuela, Cuba y otros países.

¿Cómo evitar que los gobernantes, que gobiernan por delegación popular y no por designio divino, se excedan y pretendan perpetuarse? En Francia surgió la idea de Montesquieu de quebrar el poder en tres fracciones que se autolimiten y observen y cheqeen mutuamente, para evitar las tentaciones del exceso.

Pero no fue en Francia, con el Terror y luego Napoleón, donde se aplicó ese principio sabio de división del poder. Fue en los Estados Unidos en 1776, con la Declaración de Independencia y la Constitución y sus 10 enmiendas inmediatas. En suma ese conciso documento de 7 capítulos es un mandato claro orientado a frenar al gobierno, no para expandirlo.

Los demócratas, ahora en la Casa Blanca y hasta el año pasado con el control total de las dos cámaras del Congreso federal, no lo entienden así. Consideran que la Constitución es maleable y no han vacilado ni vacilan en vulnerarla, volcando cada vez más poder en el Ejecutivo para cambiar la esencia de esta nación de respeto a la propiedad, la libertad y la operabilidad del mercado.

El presidente Barack Hussein Obama, con la complicidad del Congreso, ha elevado la deuda pública en mas de 5 trillones de dólares, más que en todos los gobiernos juntos de los últimos 100 años. Con ese dinero ha inflado los gastos en obras superfluas, subsidios a sindicatos y bancos en rojo y el crecimiento de una burocracia que ha duplicado sus salarios comparativamente con el sector privado.

Todo ello viola la Constitución. Y contra ella y la oposición total republicana, Obama aprobó una ley de salud que aumenta la deuda pública en 3 trillones y obliga a la filiación de seguros. Los servicios médicos se deteriorarán y la competencia privada declinará hasta ser sustituida por el Estado, como en Europa y los regímenes socialistas.

La seguridad nacional, perioridad constitucional, se ha debilitada con este régimen, que no quiere llamar terroristas a los terroristas islámicos. Los de mayor peligro, apresados en Guantánamo, están en el limbo por las vacilaciones de última hora de un Obama que quería que se los juzgue como delincuentes comunes, no como ciriminales de guerra.

Obama y los suyos, además, insisten en no reconocer a este país como excepcional en su sistema de libertad y quieren igualarlo en calidad de resultados con cualquier otro, por evidentemente autoritarios que sean, como los regidos por la intolerancia teológica del Islam.

A la mayoría de norteamericanos esta actitud de Obama repugna. Acaba de demostrarlo con las elecciones del 2 de noviembre pasado, con las que los demócratas perdieron 63 escaños y el control de la Cámara de Representantes, que es donde se originan los impuestos. En el Senado también los republicanos ganaron 6 puestos, pero no la mayoría.

La batalla contra los que quieren mermar la grandeza de este país, pues, ha comenzado. No la protagonizan enemigos externos, sino internos. La lucha promete ser ardua, pues el líder está incrustado en la Casa Blanca y ha denotado ser un manipulador sin escrúpulos. Se ha didspuesto, por ejemplo, a gobernar por decretos ejecutivos y no a través del Congreso, como cualquier sátrapa de Venezuela o Ecuador. Los republicanos en mayoría serán los únicos que podrán detenerlo.

Han comenzado bien. El objetivo central, que no tiene precedentes, es anular la ley de salud que viola la Constitución, crece la deuda en 3 trillones y fue aprobada contra la opinión popular y sin un solo voto republicano. Junto a esta medida se forzará al Ejecutivo a reducir el gasto y la deuda, que ya llegó al techo delirante de los 14 trillones de dólares.

La Casa Blanca tendrá que bajar el gasto o el Congreso no elevará el techo de endeudamiento, paralizando a la administración. No hay opción. Excepto el de la quiebra del sistema y la bancarrota de la economía, ahora confiada en seguir recurriendo a préstamos de la China comunista. ¿Es ese acaso el propósito siniestro de la izquierda radical?


Sunday, December 26, 2010

¿OBAMA EL GRAN GANADOR?

La caricatura aparecida en un diario norteamericano describe muy bien la pérdida del sentido de la realidad de la izquierda liberal de este país, con la cual se identifica la mayoría de los medios audivisuales y escritos de los Estados Unidos.

Se ve un ring de boxeo. A un lado el presidente George W Bush, apoyado en las cuerdas. En la lona está su rival, el presidente Barack Hussein Obama, de espaldas y exhausto pero con un brazo en alto, que sostiene el árbitro para declararlo vencedor de la contienda.

En la camiseta del árbitro se lee “Press”, o Prensa, diarios y demás medios que han proclamado a Obama el gran triunfador de las elecciones de noviembre pasado. En las que sufrió la mayor derrota de los últimos tiempos de pugna entre los dos mayores partidos de esta nación, el demócrata al que se pertenece y el republicano.

¿Se trata de alguna contradicción? Si, pero ello se ha vuelto costumbre en los análisis de los demócratas y sus aliados escribidores de los medios de este país. Obama fue apabullado en los comicios del 2 de noviembre en los que perdió la hegemonía dictatorial en las dos cámaras del Congreso, en la de Representantes casi totalmente, en la del Senado de modo parcial.

Pero el nuevo Congreso se reunirá solo en enero y en ese período tan estrecho de tiempo, la mayoría demócrata decidió complacer a su líder y contra toda tradición y respeto a la oposición triunfadora, aprobó algunas leyes radicales pendientes que el nuevo Congreso jamás habría aprobado.

Una de ellas fue la de aceptar a los abiertamente homosexuales en las fuerzas armadas. Era una de las promesas favoritas de Obama en la campaña. Los homosexuales, pese a ser irrisoria minoría en la sociedad, han pugnado y siguen pugnando por ser catalogados como iguales a los heterodoxos para toda opción: matrimonio, empleo, aceptación en las fuerzas armadas.

Los militares se han opuesto y rechazado que el caso se compare a la discriminación ya superada contra los negros. En este caso se trataba de una discriminación de derechos humanos, el otro de conducta humana, no del color de la piel. Con el presidente Bill Clinton se convino en admitir a los homosexuales siempre que no lo confiesen para lo cual se decidió no preguntar sobre preferencias sexuales (“don’t ask, don’t tell”).

Si bien era una fórmula hipócrita, preservaba el prinicipio sustantivo de las fuerzas armadas de impedir el acoso homosexual entre los reclutas de ambos sexos y funcionaba bien. Ahora esa fórmula acaba de fenecer y se teme que habrá deserciones y una cada vez mayor declinación en el poder de combate de esta nación.

La finalización de la fórmula contó con el respaldo de varios republicanos, cuya posición ha sido ambigua. Pero se la entiende quizás como una aparente concesión a Obama frente al logro de profundo impacto para la economía nacional: su anuencia a extender por dos años la exención tributaria para todos decretada por Bush.

Obama, desde su posesión, se ha demostrado como populista radical que detesta a la gente triunfadora en lo económico, individualmente o como parte de las corporaciones. Al igual que en la campaña, ha impuslado reformas para redistribuir entre los pobres los excedentes de los ricos. Para ello forzó una de sus más impopulares leyes, la de los servicios médicos y juró suspender las exenciones tributarias generales de Bush.

Bush las puso en vigencia por 10 años a comienzos de su régimen y este 1 de enero vencía el plazo. El objetivo fue estimular la economía que se desinfló antes de que su predecesor Clinton le transfiriera el mando y se agravó con la tragedia del 9/11. La exención era para todos y los resultados fueron visiblemente positivos.

Pero Obama detesta a los ricos y los involucra en una supuesta casta que conspira para explotar a los pobres de dentro y fuera de los Estados Unidos, por lo cual recorre el mundo para pedir perdón. Consecuentemente, en campaña y ya como presidente, ha presionado para prolongar el no pago de impuestos a todos cuyos ingresos estén por debajo de 250 mil dólares pero no para los que ganen más, o sea los voraces y explotadores “ricos”.

Quiso hacerlo en el lapso “lame duck” del Congreso, pero fracasó, incluso con su mayoría demócrata intacta. Sus propios seguidores dijeron que ello sería fatal en época de crisis, con un desempleo de casi el 10% y con la perspectiva de desalentar aún más las inversiones si la exención de los tributos finalizaba en enero.

Vino entonces un acuerdo: se aprobaba la prolongación general por dos años y se negaba la proforma de gastos fiscales desbocada que elevaba en tres trillones la deuda, en desafío a la advertencia de los votantes de noviembre. En su lugar, se aprobó un acuerdo de dos páginas (y el archivo de las casi 2.000 de la proforma) para gastos de emergencia hasta febrero próximo y un “tax-cut” de Obama en el pago a la seguridad social.

Si bien se le permitió a Obama que triunfe con los gays, fue batido en los demás terrrenos, sobre todo en el económico que tiene directa influencia en la vida diaria no solo de los Estados Unidos sino del mundo entero. No obstante sus partidarios, como el NYTimes y cadenas nacionales de TV, no cesan en exaltar su habilidad para mediar.

Lo llaman el nuevo “Come Back Kid” (héroe de una celebrada película del Oeste), que resurge y triunfa tras una derrota. El primer “Come Back Kid” fue, por supuesto, Bill Clinton, que en su primer mandato intentó pasar la reforma socialista a los servicios de salud con su esposa Hillary como vendedora del proyecto y fracasó. En las elecciones de medio término de entonces (1993) sufrió una derrota parecida pero menor que Obama. El proyecto se archivó, giró al centro y en el siguiente período (1995) fue reelecto.

Mas Clinton giró al centro porque admitió que ello era bueno para el país y allí se mantuvo. Obama no cree igual, sostiene que la prolongación de la exención tributaria es inmoral y promete revocarla en su segundo mandato. No fue un giro al centro, fue una tregua de compromiso. Con la ley médica ha comenzado a emitir decretos para aplicarla en todos los puntos más radicales, como apoyo al aborto y la eutanasia.

En cuanto a seguridad nacional, logró que el Congreso apruebe a última hora el tratado START con Rusia, respaldado por algunos republicanos que recibieron la promesa de Obama de no frenar la modernización de las armas nucleares obsoletas. ¿Las cumplirá? Rusos, norcoereanos e iraníes se sonríen ante esta nueva muestra de voluntario debilitamiento de la primera potencia militar del orbe.

No habrá más elecciones hasta las presidenciales del 2012. Si Obama maniobra para seguir con su plan de quebrar a los Estados Unidos en lo militar, económico y político, no quedaría sino la esperanza del nuevo Congreso renovado para impedirlo. Los republicanos tendrán que dejar su actitud de complacencia y adoptar una de ganadores, sin en verdad quieren acatar el mandato popular del 2 de noviembre.

El Nuevo Año comienza, pues, con expectativas, ilusiones, dudas y esperanzas. La prórroga del no pago de impuestos a un régimen dilapidador es un buen signo, aunque temporal, para los inversionistas y ello podría significar más empleo y creación de riqueza. Pero si Obama no imita a Clinton y continúa radical y el Congreso rehuye el mandato popular, las perspectivas podrían ser lúgubres.

Saturday, December 18, 2010

¿QUIÉN FUE GANADOR DE LA CONTIENDA?

Una de las batallas políticas de mayor trascendencia en los últimos tiempos en los Estados Unidos acaba de librarse entre el Ejecutivo del presidente demócrata Barack Hussein Obama y el Congreso a punto de cambiar el balance de total predominio demócrata a uno de mayoría republicana.

La visión demócrata radical se alteró sustancialmente con las elecciones del 2 de noviembre pasado. Los republicanos, con la presión del Tea Party integrado por ciudadanos independientes y de los dos partidos tradicionales, arrasó en los comicios y colocó en la Cámara de Representantes a 63 nuevos diputados republicanos y disminuyó el número de demócratas en el Senado.

Las dos cámaras se renuevan cada dos años (los representantes) o cada seis (los senadores) el primer lunes de enero, en este caso el 3 y es de común consenso que el período llamado del “lame duck” (o pato moribundo o cojo) es de simple transición, durante el cual se prepara la venida a los nuevos congresistas y se despide a los que los votantes les negaron la reelección.

En ese período, la tradición manda que se difiera el tratamiento de temas complejos, para que el debate lo realice con calma el nuevo Congreso y en respeto al nuevo equilibrio político resultante de la voluntad popular expresada en los comicios. Pero los demócratas en éste como en otros casos, echaron al cesto la tradición.

Con malicia pueril y audaz, pretendieron aprobar atropelladamente un presupuesto con un incremento espectacular de gastos fiscales, que lindaba mas de un trillón de dólares. Les importó un comino que la mayoría de votantes censurara el aumento delirante del gasto fiscal de este régimen, sin paralelo en la historia, para aumentarlo.

Obama y sus demócratas tenían la mayoría de votos en el Congreso para aprobar el presupuesto en el transcurso del año, hasta octubre, pero prefirieron ocultarlo hasta el periodo del “lame duck”, para aprobarlo, creían, a hurtadillas y sin tiempo para discutirlo y analizarlo. El documento tenía casi 2.000 páginas que nadie podía leer en tiempo tan corto.

Por fortuna y bajo la guía de Mitch McConnel, senador republicano, el intento malévolo de los demócratas fue detenido y en su lugar se aprobó un acuerdo para gastos provisionales hasta febrero del próximo año. Así el gobierno no se paralizará y el presupuesto podrá ser modificado con el sentido común de sobriedad fiscal, que es el mandato popular.

El acuerdo con los demócratas tuvo sus costos para la ideología republicana, pero el precio parecería inevitable. Para evitar que se produjera un alza general de los impuestos si no se extendía la exención tributaria de George WBush, los republicanos cedieron a la presión demócrata para prorrogar los subsidios de desempleo, que es otro gasto fiscal oneroso y contraproducente.

Obama y su grupo querían prorrogar la exención solo para quienes tenían un ingreso de 250.000 dólares o menos y suspenderlo para los “ricos”. El castigo a los “ricos” habría agudizado la recesión y el desempleo, que se sitúa en casi el 10%. Los “ricos” de ingresos de 250.000 dlrs a 1 millón son los propietarios de pequeñas empresas, las mayores generadoras de empleo en este país.

Varios demócratas se opusieron al acuerdo de Obama, irritados porque se “regale” la plata a los ricos, sin considerar que ese régimen de moratoria rige desde hace 10 años y no es en modo alguno factor para el gigantesco déficit creado por Obama en dos años. El déficit, en todo caso, no se habrá de solucionar con más impuestos, sino con menos gasto dispendioso.

La izquierda radical está furiosa con las derrotas ideológicas de Obama y hay quienes creen que podrían oponerse a su reelección en el 2012. Algunos republicanos ortodoxos también están disgustados por la extensión de los beneficios de desempleo y otros ingredientes del acuerdo. Pero para un acuerdo, debe haber concesión de todas las partes.

Lo fundamental y trascendente fue que se amplió por dos años la moratoria en el pago de los impuestos a la renta, ganancias de capital y otros. Es un paso positivo en el anhelo popular de llegar a la reducción del tamaño del gasto fiscal y el influjo del gobierno en las vidas y actividades de los ciudadanos.

Esa visión del mundo y de la vida es lo que ha caracterizado a esta nación desde los albores de su formación republicana. La verdadera creación de la riqueza la dan los ciudadanos, su sentido empresarial y voluntad de ahorro e inversión, sustentado en los principios de la libre competencia y el libre comercio de bienes, servicios e ideas.

El pueblo, que mayoritariamente comparte esos criterios, votó por un Obama que en ningún momento de su campaña dejó traslucir su decisión de llegar al poder para desbaratar esos principios. Si lo hubiera hecho, es seguro que no se habría impuesto en las primarias y mucho menos en las elecciones generales de noviembe del 2008.

Pero ese mismo pueblo, decepcionado, le puso un alto a los designios de Obama en las pasadas elecciones. Previamente expresó su repudio a la socialización de la medicina, pero Obama forzó la aprobación de la ley sin cuidar de la tradición de respetar la voluntad popular y la tradición de buscar el consenso. La ley se aprobó sin un solo voto republicano y rechazarla será uno de los principales objetivos del nuevo Congreso.

En contraste, George W Bush propuso en su gobierno dos proyectos de ley para reformar al sistema de seguridad social, que está quebrado y otro para reformar la ley de inmigración. Ambos proyectos eran y son sensatos y sin duda terminarán por ser aprobados tarde o temprano. Pero hubo una oposición de lado y lado y Bush prefirió archivar los proyectos. La ley de socialización de la medicina por su parte la impulsó Bill Clinton en su régimen, utilizando a su esposa Hillary como promotora. Pero por las mismas razones, lo retiró.

Del lado demócrata, los incondicionales de Obama tratan de dar otro giro a la reciente derrota del partido en el Congreso. Pretenden comparar a Obama con Clinton y decir que el actual mandatario ha dado un giro hacia el centro, como Bill y que ello le fortalecerá como candidata a la reelección.

Son presunciones falsas. Clinton dio un giro hacia el centro, en tanto que Obama dice estar listo a seguir dando pelea a los republicanos y que el castigo trbutario a los “ricos” llegará inevitablemente en dos años.

No hay, pues, reconversión sino un retiro táctico. Si los republicanos se mantienen firmes en su responsabilidad de hacer honor al mandato popular, tendrán que desbaratar lo antes posible los logros de Obama en su afán de destruir el sistema de vida norteamericano, para acercarlo a los modelos socialistas de Europa, hoy en franca crisis y al borde de la bancarrota y la desmoralización popular. Esa sería la manera de recuperar la grandeza de Estados Unidos y destruir la aspiración de Obama para un segundo término.


Deben terminar el Obamacare, los rescates y subsidios sin freno, las trabas a la exploración y explotación petrolera en tierra firme y fuera de costa, la actitud derrotista frente al mundo y el terrorismo internacional, los mitos sobre el calentamiento global, el constante ataque a los empresarios (que aportan el 70% del total de los impuestos en un universo trbutario en el que el 50% de la población no paga impuesto a la renta) y, en general, su resistencia a considerar a los Estados Unidos una nación excepcional.

El presidente Obama por ahora está batiéndose en retirada viéndose forzado a transar con quienes considera sus peores enemigos, para sobrevivir. No lo ha hecho por estar convencido de que el acuerdo beneficia a la nación, sino porque no lo quedaba otra opción por el momento. Y es ese pueblo, anónimo y no parrtidista, sin líder, el verdadero victorioso de la jornada.

Claro que el fruto de la presión popular se ha reflejado en un refuerzo de la bancada republicana, por ser la alternativa preferible al desastre demócrata. Pero en esencia es una advertencia a ambos partidos para que no se desvién por la ruta fascista de una ingerencia cada vez mayor del Estado en los asuntos individuales y privados, en detrimento de las libertades trazadas por los fundadores de la república y el costo de cientos de miles de vidas humanas para defenderlas.

Mientras el pueblo ha reaccionado aquí para doblegar al aspirante a autócrata, en otros lares sucede lo contrario. Lo más reciente es la vergonzosa renuncia del Congreso de Venezuela a la división de poderes y la consagración “constitucional” como dictador que acaba de conferirle al presidente Hugo Chávez. No son lejanos los casos de Correa en el Ecuador, Morales en Bolivia y Ortega en Nicaragua, para hablar del Continente.

Sunday, December 5, 2010

¿DEL OPTIMISMO AL PESIMISMO?

Siempre los Estados Unidos se han caracterizado por ser un pueblo de optimistas. Ese optimismo, cultivado en libertad, les ha permitido convertir a este país en la nación más dinámica, creativa y renovadora en la historia de la humanidad.

Con esas cualidades ha alcanzado por propio mérito la mayor potencialidad cultural, económica y militar del planeta, igualmente sin parangón, al menos hasta la fecha. ¿Corre acaso peligro ahora de entrar en proceso de declinación?

Hay signos de preocupación desde que Barack Hussein Obama asumió la presidencia de la república. Es un demócrata con escasa experiencia política y un pasado brumoso que ha puesto en duda inclusive que sea ciudadano norteamericano por nacimiento, dado que no ha presentado pruebas de serlo.

Obama pertenece a un grupo ideológico radical de izquierda que no cree en la grandeza de este país por mérito propio, sino por asalto a las riquezas de las naciones pobres por la vía de un capitalismo explotador e implacable.

Desde que se posesionó en enero del 2009, Obama ha emprendido una campaña persistente para exponer sus teorías y pedir excusas por los daños cometidos por el ”imperio yanqui” en el pasado y prometer que su régimen los enmendará con un cambio radical de gobierno.

En casi dos años, ese radicalismo se está cumpliendo y ello ha alarmado a la mayoría de norteamericanos que no concuerda con sus puntos de vista. Muchos de ellos votaron por él creyendo que se comportaría como un moderado centrista y no como el radical que ahora induce al pesimismo.

Por fortuna, hay señales de resistencia popular. La más clara y contundente se dio el 2 de noviembre pasado con las elecciones de medio tiempo. El partido republicano aplastó a los demócratas y recuperó el control de la Cámara de Representantes, así como una mejor posición en el Senado.

Si Obama no fuese el radical que es, habría entendido el mensaje como un repudio a sus políticas contrarias a los principios que han hecho grande a esta nación. Al contrario, dijo que la derrota electoral se debió a que él no supo convencer al pueblo de las bondades de sus leyes y acciones, no obstante ser, según sus partidarios, el mejor orador de todos los tiempos.

Ha aprovechado la incongruencia de que el Congreso con total mayoría democrática no será renovado sino hasta enero, para intentar aprobar atropelladamente un conjunto de leyes que afianzaría las conquistas radicales del bienio, que los votantes rechazaron en los comicios recientes.

Aunque sufrió una derrota en el Senado, Obama pugna aún para que se cree en enero la mayor alza de impuestos en la historia de este país, con la no aprobación de una prórroga de la exención tributaria decretada por George W Bush al inicio de su gobierno en el 2001. Esa medida impidió a la economía caer en receso dejado por Bill Clinton y ayudó al país a soportar mejor la crisis del 9/11.

Obama arguye que para superar el déficit y la deuda, medida en 3 trillones de dólares, hay que terminar con la exención tributaria a los “ricos”, que tienen ingresos mayores a los 250.000 dólares. Los republicanos se oponen y piden que la exención se extienda de manera permanente para todos, o al menos por 2 o 3 años, hasta los comicios presidenciales del 2012.

El empeño de Obama y sus seguidores refleja su ideología. Pues el déficit y la alta deuda no se reducirán con más impuestos, sino con menos gasto. La historia demuestra que la aprobación de nuevos impuestos no bajan el gasto, sino que lo aumentan. Además, la causa del défict y la deuda no es la exención tributaria a los ricos, vigente desde hace 10 años, sino el gasto excesivo de este gobierno en 2 años.

La razón de la actitud radical es profunda. Involucra una lucha de clases que de todos modos sería infructuosa pues una acción “a la Robin Hood” para quitar la plata de los ricos no significaría que vaya a fluir a los pobres por ducto directo. Ese dinero extra iría al Tesoro nacional y no crearía ni “justicia social” ni empleo, sino más gasto fiscal.

En este país, por lo demás, un ingreso de 250.000 dólares es mínimo para quien maneja una pequeña empresa, que genera el 70% de todos los empleos. El dueño de una tienda, de un taller, de un gabinete profesional maneja esa suma y mucho más para gastos de equipos, pago a empleados, mantenimiento. Y lo registra como ingreso personal, que sería gravado por Obama.

Los demócratas plantearon elevar los ingresos tope para la exención a un millón de dólares, pero también fue bloqueada unánimemente por los republicanos. No por capricho, sino por principio. En una época de recesión e incertidumbre, lo menos indicado es elevar los impuestos y peor a los que crean empleo.

El régimen de Obama lanzó al mercado casi 800 mil millones de dólares para estimular la economía y generar empleo. Lo que logró fue un aumento del 5% de desempleo (al finalizar Bush) al 9.8%. En lugar de reducir el gasto para contrarrestar déficit y desempleo, Obama pide extender la ayuda al desempleado, lo que implica más gasto fiscal y menos aliciente para crear y buscar empleos.

Obama y su mujer, antes de llegar a la presidencia, tenían ingresos más allá del 1 millón de dólares. Ambos fueron educados en universidades elitistas y él es autor de dos libros que le rinden mucho dinero. Sin embargo, detesta a los otros “ricos” que han sabido multiplicar sus ingresos por su ingenio para crear y mercadear sus productos o servicios.

Muchas de esas universidades elitarias son causantes de esta distorsión de la realidad, que nace a raíz de la bonanza de posguerra en los decenios de 1950 y 1960.

Los adolescentes de entonces lo recibieron todo de sus padres, que tras pelear en la II Guerra Mundial accedieron a las universidades, se titularon y tuvieron excelentes empleos. Con los mejores ingresos, buscaron proteger y evitar a sus hijos las privaciones que ellos vivieron con la Gran Depresión del decenio de 1930.

Los “baby boomers” se negaron a ir a la guerra para detener el avance del ejército rojo en Vietnam. Su resistencia a perder los halagos y comodidades se rodeó de una pátina de pacifismo que contagió a los radicales de izquierda, infiltrados en el partido demócrata, los medios de comunicación, el sistema judicial y educativo.

Ahora esos radicales están en el poder. Tienen la creencia de que la pobreza terminará cuando los ricos desaparezcan y todos ganen igual y según sus necesidades. Para alcanzar ese ideal, buscan terminar con el mercado, entendido como área en la que que se compite para lucrar. El mercado no se extingue, claro, pero pasaria a ser regulado por el Estado.

Son las utopías que han fracasado en la historia y que no pueden aplicarse sino con regímenes dictatoriales que tienen el nombre genérico de fascistas, dado que toda actividad controla el Estado sin derecho a réplica. No importa cómo se los llame si nazifascistas, comunistas, socialistas, peronistas, chavistas, castristas o correístas. En el fondo, son lo mismo.

Usualmente los gobiernos fascistas nacen tras golpes de Estado. Para derrocar y degollar monarcas y zares, como en Francia y Rusia. Pero en los últimos años, luego de los fracasos revolucionarios del Ché Guevara, los regímenes fascistas han comenzado a emerger con votación popular. No que los votantes hayan votado por un caudillo fascista, pero si por engaño.

Hugo Chávez se encaramó en el poder por esa vía y luego manipuló el sistema democrático para anularlo y perpetuarse en el poder para imitar a Cuba. Igual ha sucedido con Evo Morales en Bolivia y con Rafael Correa en el Ecuador, con el agravante que en estos dos países los dictadores tienen un amplio respaldo popular.

En los Estados Unidos la reacción del pueblo ha sido distinta. No le gusta, por ejemplo, que Obama viole la Constitución al nombrar una treintena de “zares” con rango de ministros de Estado, sin aprobación del Congreso ni responsabilidades ante nadie. Ni tampoco aprecia que haya desecho el mejor sistema de salud para ponerlo bajo control del Estado, para deteriorarlo y encarecerlo.

El norteamericano común rechaza que Obama proteja a los sindicatos de las entidades públicas, determinantes de que el salario promedio de sus empleados sea el doble de los privados y que los duplique en número. Porque se hace esta reflexión: ¿quién paga al empleado público? ¿quién genera riqueza si no es la empresa privada, el capital privado, el ahorro y la inversión privados?

El dinero fiscal se acumula con los impuestos. Pero si los gobiernos que manejan esos recursos gastan más de lo acumulado se peroduce un desbalance que solo puede superarse con el ajuste del gasto o el endeudamiento. No con más impuestos, que a la postre aumentan el gasto. En los Estados Unidos de Obama, el gasto se ha desbordado y el aumento de la deuda, especialmente con China, ha llegado a límites intolerables.

Si Obama no quiere entender el mensaje de recuperación de la sensatez que se le dio el 2 de noviembre, tendrá que hacerlo forzado por nuevas reacciones populares y por las acciones que deberá adoptar el nuevo Congreso de enero, en manos republicanas. De ello dependerá la suerte no solo de este país sino del mundo libre.