Tuesday, December 11, 2012

UNA CULTURA DE ENVIDIA Y ODIO


La gente votó mayoritariamente por Barack Hussein Obama en el 2008 para presidente de los Estados Unidos, en gran medida por su condición étnica. En el subconsciente, esa mayoría, al elegirlo a él, como que quería dejar atrás el sentimiento de culpa por el pasado esclavista  de este país.
Por ello no solo los demócratas e independientes “liberales” no negros votaron por él. Hubo republicanos que también lo hicieron, no solo por insatisfacción del candidato John McCain sino por el atractivo de contribuir, con Obama, a enterrar la memoria de ignominia del tráfico de esclavos.
Pero con el primer presidente negro (en realidad mulato), lo que esta nación ha conseguido es precisamente lo contrario: un agudizamiento del racismo promovido desde la Casa Blanca, junto con un exacerbamiento de  la envidia y odio de clases.
La población se percató de la frustración y en las elecciones de medio tiempo del 2010 expresó nítidamene su rechazo al gobernante. La oposición republicana recuperó la mayoría en la Cámara de Representantes, logró más senadores y conquistó más de la mitad de las 50 gobernaciones, clave en un sistema federal.
Con este antecedente se esperaba bloquear la reelección de Obama en noviembre pasado. Para sorpresa de muchos, no fue así, ya que el republicano Mitt Romney fue derrotada con el 51% de los votos. Esa realidad se la aceptó de inmediato, pero surgen dudas que probablementre nunca se esclarezcan.
Según encuestas posteriores a la reelección, la popularidad de Obama sigue baja, con menos del 49% y el Obamacare, su máxima conquista, es rechazado por el 54% de la población. Con estos indicadores (y otros de igual significdo) desconciertan los resultados electorales. ¿Acaso la mafia de Chicago que lo promueve, promovió también el fraude?
En muchos recintos de Florida, Ohio y otros lugares donde se investigó, se comprobó que el número de votos donde ganó Obama era del 140% con respecto a los inscritos. En otros muchos recintos las ganancias de Obama eran totales, sin siquiera un voto por Romney o nulo, lo que resulta inverosímil. El coronel Allan West, negro, del sur de la Florida y candidato republicano al Senado federal, quiso iniciar una investigación por fraude pero el GOP le negó respaldo.
Por cierto, cualquier acción revisionista es tardía y el hecho es que Obama seguirá en la Casa Blanca por cuatro años más, empeñado en continuar su misión de transformar el modelo capitalista democrático de los Estados Unidos, en algo similar al colectivismo marxista o al socialismo europeo que han demostrado ser ruinosos para sus pueblos.
Obama no cambió en nada su modo de gobernar tras los resultados del  2010. Con la reelección más bien su posición de dureza, intemperancia y autoritarismo se han agravado, ahondano la división entre los que están con él y los que lo cuestionan. El partido republicano, con la derrota, está despedazado y Obama quiere masacrarlo.
Una de las decisiones clave que debe afrontar en estos días se relaciona con el presupuesto y la crisis fiscal. La deuda pública creció en cuatro años de su primer gobierno en 5 trillones de dólares, para saltar a 16.3 trillones de dólares y el desempleo sigue bordeando el 8% anual, cifras con las cuales jamás en el pasado un presidente en este país habría aspirado a la reelección.
El 31 de diciembre vencerá la exención tributaria dispuesta hace diez años por George W Bush, para estimular la economía afectada por los ataques del 9/11 y las guerras retaliatorias en Afganistán e Irak. Obama quiere extender la exención solo a los que tienen ingresos hasta por 250.000 dólares al año. Pero no a los “ricos” que ganen más. (En realidad, la pequeña empresa, clave en la economía naciona y la mayor creadora de empleo, está en el nivel de los 250.000).
La oposición le ha probado hasta la saciedad que ello ahondaría la crisis fiscal, por  el aumento de la deuda pública y la baja de inversiones. Que el problema susantivo es el endeudamiento y no falta de ingresos por lo que la única alternativa es reducir el gasto y no caer en una crisis tipo europeo.
La oposición ha presentado alternativas, pero Obama se niega a dialogar con el Congreso. Prefiere continuar en campaña y pedir respaldo a sus “fans” en varios pueblos y ciudades, para castigar a los ricos y hacerles pagar la cuota “justa”. Es el 2% al que constantemente se refiere en tono despectivo y que no obstante cubre el 75% del ingreso fiscal por tributos.
Desvía la conversación sobre el gasto e insinúa que la causa de la deuda es la exención tributaria a los ricos. Pero esta exención llega apenas a unos 80.000 millones de dólares, cifra ínfima frente a los 16.3 trillones de dóalares de la deuda y no serviría para financiar ni una o dos semanas de gobierno.
El propósito es atizar el odio de clases, como ya lo ha hecho con el racismo, su respaldo al aborto y la exaltación a lo gay en todas sus expresiones. Para Obama el empresario que  invierte y se impone en el mercado es un explotador al que hay que castigar con impuestos para que el gobierno redistribuya la riqueza entre los pobres. Quien piense lo contrario, es un racista.
Obama está en la elite del 2%, por la fortuna hecha con la venta de sus libros evidentemente escritos por uno de sus mentores de la izquierda radical. Siete de los diez más acaudalados senadores son demócratas. Los republicanos superan 3 a 1 a los demócratas en donaciones caitativas y sin embargo, son los demócratas los que buscan aparecer como defensores de los pobres.
El alza constante de impuestos nunca deviene en un mejoramiento de los pobres. La supuesta redistribución vía gobierno se diluye en corrupción, despilfarro e incremento de la deuda. El plan de Lyndon B Johnson de mediados de 1960 contra la pobreza ha consumido trillones de dólares fiscales y la pobreza no ha disminuído, ha aumentado.
El propio Obama obtuvo 890.000 millones de dólares para subsidios en el 2009 y el desempleo creció, las inversiones disminuyeron, la deuda llegó a 16.3 trillones de dólares. Ahora pide 50.000 millones de dólares más para subsidios y con el avance de la aplicación del Obamacare y el fin de las exenciones tributarias el 31 de diciembre, sobrevendrá una avalancha de impuestos que afectará a toda la nación, pero sobre todo a los pobres.
Casi el 50% de los pobres no paga impuesto a la renta y muchos reciben food stamps y otros subsidios sin justificación. Son los ciegos seguidores de Obama (aparte de los negros que lo siguen por prejuicio racial) y que no reflexionan sobre la prédica de “castigar a los ricos”. Si la economía no crece -y no crecerá con la doctrina Obama- las dádivas del gobierno no podrán continuar por mucho tiempo.
Tampoco los beneficios excesivos por pensiones y salarios de los empleados de gobierno (ha creado 101 empleos públicos por día), incluídos los sindicatos de profesores y de industrias nacionalizadas, como la GM. La razón es muy simple: la deuda no puede crecer ad-infinitum, porque prestamistas como China o Japón dejarán de comprar bonos incobrables.
Obama podrá continuar en su campaña de fomentar el odio a los ricos, el odio al sistema capitalista, el odio a los valores tradicionales de la religión judeo cristiana y conseguir votos. Pero no logrará evadir una realidad obvia: si los gastos continúan en ese vértigo de supear a los ingresos, el colapso de la economía será inevitable.
Quedará de por medio en el camino una sociedad desunida y rencorosa, debilitado ese factor cohesionante de la cultura judeo cristiana que se basa en la tolerancia, el respeto a la vida y por sobre todo en la libertad. Obama no quiere ni l diálogo ni compromiso, sino la imposición de su ideología que implica un gobierno autoritario y dispendioso.
No es improbable que termine por triunfar en sus propósitos, dada la división del país, lo vapuleado de la oposición y el ejército de dependientes que lo apoya. Pero no será por mucho tiempo. La historia demuestra de manera inequívoca que la concentración de poder en un gobierno y la pérdida de las libertades individuales conducen a la corrupción y la miseria. 
Sobre las ruinas que deje el obamismo, si se impone, habrá que volver a construir una nación estructurada e inspirada en los misimos principios de los que fundaron los Estados Unidos en 1776. No hay otra alternativa para la prosperidad.


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