Sunday, May 15, 2011

UN JUEZ CON "COJONES"

Últimamente se ha popularizado en los Estados Unidos el uso de la palabra española cojones para exaltar la gallardía y entereza de la personas, hombres o mujeres, que defienden sus puntos de vista no obstante las amenazas para permanecer callados.

Este es el caso del juez de la corte penal de Pichincha que ha absuelto al director del Hospital Militar de Quito, acusado por el presidente Rafael Correa de tramar su asesinato en la asonada del pasado septiembre 30, resultante de una irresponsable actuación del mandatario.

El Director, coronel de policía César Carrión, fue apresado el 27 de octubre en compañía de otros tres oficiales supuestamente cómplices. El juicio, pese a la precariedad del sistema institucional en el Ecuador, culminó el viernes pasado con la absolución y orden de libertad de Carrión y los tres oficiales.

Horas antes el ministro del Interior (de gobierno y policía), José Serrano, que acababa de reemplazar a Alfredo Vera (un izquierdista a quien Correa inexplicablemente despidió del cargo), en sus primeras declaraciones advirtió al juez del Tribunal, Hugo Sierra, que si el fallo era contrario a los deseos de Correa (o sea condenatorio), lo enjuiciaría.

El juez y los conjueces no se amilanaron. Los oficiales de policía están libres para iracundia del Presidente, quien afirma que apelará de la sentencia. Es probable que o bien la apelación sea retirada o que, si se concreta, la sentencia se ratifique. Lo que queda muy claro es la actitud caudillista, intemperante y fascistoide del jefe de Estado.

Es irónico que una de las 10 preguntas de la Consulta Popular que acaba de concretarse con triunfo total de Correa, se refiera a la libertad que el pueblo le concede para reestructurar la Función Judicial a su antojo, de suerte que la integren únicamente “jueces probos” e independientes.

Lo último que persigue Correa es independencia de las tres funciones o poderes, clásica en el sistema democrático. A comienzos de su mandato clausuró el Congreso y lo sustituyó (tras la venia popular expresada en otro refrendo) por una Asamblea a su entera disposición. Con apoyo de los asambleistas incondicionales, ha intervenido ya en la función judicial de modo directo e indirecto, pero con la última Consulta va a acertarle la estocada final.

Si bien la última consulta no la ganó Correa con los mismos amplios márgenes de las cinco precedentes, de todas maneras la ganó. Si el juez de Quito tuvo “cojones”, aún falta mucho para que la mayoría en el Ecuador recupere su virilidad testicular y cierre el paso al caudillo. Habría que averiguar a los especialistas qué tratamiento hormonal conviene a los ecuatorianos para que superen tal deficiencia.

La impotencia e incapacidad para vivir en democracia no es nueva en el Ecuador, como tampoco lo es para otros países similares del tercer mundo. Lo que acaso si no tenga precedente es que el apoyo para debilitar la democracia y fortalecer al autócrata haya sido libremente resuelto con votos por la mayoría del pueblo, no una sino varias veces en una misma administración.

¿Por qué ese apego al caudillismo? Quizás los antecedentes, en el Ecuador, se remonten a la era de la dominación inca, seguida sin transición por la dominación española. Los españoles, a diferencia de los anglosajones en América del Norte, no crearon nuevas instituciones de gobierno sino que trasladaron lo peor del sistema feudal de la Madre Patria. Filtros como las Leyes de Indias no sirvieron para nada.

Con la independencia subsistió el régimen hacendario con una clase dominante y una vasta población indígena y mestiza, sumisa y obediente. La Revolución Liberal de Alfaro fue inconclusa y contradictoria en cuanto a las concepciones democráticas. El “liberador” terminó de caudillo incinerado por las turbas. Sucesivamente advinieron regímenes elegidos en las urnas, si, pero con tantas falencias de fondo y forma que dificilmente podrían ser considerados democráticos.

En 1948 se inició una fase de estabilidad propulsada por Galo Plaza, que se prolongó hasta 1960 con José María Velasco Ibarra y Camilo Ponce. Pero las esperanzas de que la estabilidad continuaría para que madure el proceso de institucionalización democrática se vino al suelo cuando el pueblo volvió a elegir a JMVI en 1960. Su mandato fue caótico y los militares se vieron forzados a intervenir.

No por ello el pueblo entendió y aprendió. En 1968 volvió a elegir a JMVI y 4 años más tarde otra vez los militares se tomaron el poder. La herencia del caudillo ha sido intensa y se ha regado por todos los poros de la cultura nacional. No han escapado de ella sino pocos gobernantes y el actual por supuesto no es ninguna excepción.

A Correa le incomoda la democracia. Porque la democracia es tolerancia y él es esencialmente intolerante. La democracia es compartir el poder que se recibe del pueblo en tres funciones: legislativa, ejecutiva y judicial. Correa quiere absorber todos los poderes. Toda disidencia, como la de la prensa, la juzga subversiva y mediocre y busca acallarla con cualquier recurso.

Ahora cuenta con el recurso que el pueblo le ha dado: una junta que regule los contenidos de los medios, aprobando los que apruebe Correa y reprobando los que repruebe Correa. Como dijo en la campaña para la consulta, así es como él quiere garantizar la independencia de la prensa “corrupta”: con una sola orientación, pura y correcta, la suya.

A los medios de comunicación del Ecuador también les ha faltado “cojones”. A una víbora como Correa no se la domina con simples editoriales ambiguos y corteses, ni con marchas de empleados de las empresas. Hay que combatirlos con frontalidad. Los propietarios de diarios están organizados en un comité pero no han hecho uso de su poder para amansar a esta sierpe.

Los insultos contra los periodistas y la libertad de expresión son diarios y la prensa sigue dándole espacio sin protesta. Ha habido clausuras de radios y televisoras y apropiaciones, sin consecuencias. Correa veja y ordena suspender permisos de cobertura a los medios y nada pasa.

¿Por qué no un boicot al gran insultador? Cuando JMVI ordenó a El Comercio que publicara un comunicado ofensivo contra uno de los diarios y para el periodismo en general, el entonces director, Jorge Mantilla Ortega, se negó. Los gendarmes llegaron al edificio del Diario y lo apresaron, clausurando el medio.

Fue una jornada de gloria para el periodismo. A la postre Velasco cedió, Mantilla quedó libre y el periódico se reabrió con el aplauso de todos. El director recibió elogios y preseas internacionales por su gallardía, es decir por sus “cojones”. ¿Qué director de algún diario u otro medio en el Ecuador sería acreedor a un galardón parecido por enfrentarse al gran insultador de hoy?

Es probable que la vacilación de los medios obedezca al temor de que sus negocios sufran por retaliaciones del líder. En verdad, se trata de decisiones riesgosas, pero la inacción es peor. Acaba de comprobarse con la última Consulta. Ahora Correa puede hacer y deshacer de los medios y de la libertad de expresión, cobijado como está “por la voluntad popular” expresada en la mayoría de votos de respaldo.

Cualquier abuso que se cometiere a futuro (más allá del abuso que ya es en si el antidemocrático Comité para la Regulación de los Medios), no podrá ser cuestionado ante los tribunales. Porque éstos van a ser reestructurados como una rama más del Ejecutivo, a capricho de Correa y siempre con el respaldo popular.

Respaldo que recuerda el que le dieron los alemanes, incluídos judíos, a Hitler en 1933 y que luego han tenido, para llegar al poder o perpetuarse en él, autócratas fascistas como Nasser, Fidel Castro o Hugo Chávez. ¿Se sentirán más felices los adoradores de Correa en el Ecuador con esta comparación?

Saturday, May 7, 2011

LA GRAN "HAZAÑA" DE OBAMA

La mayoría, exceptuada gran parte del mundo islámico, ha sentido alivio con la desaparición de Osama Bin Laden. En la penumbra durante 10 años desde su golpe maestro contra las Torres Gemelas, era sin embargo el símbolo de la guerra a muerte contra la democracia de Occidente.

No obstante, como toda obra y palabra de quien autorizó liquidarlo, Barack Hussein Obama, el hecho está envuelto en tinieblas, contradicciones, falta de coherencia y consecuentemente incertidumbre. No es la primera vez que quien se ha encaramado en la Casa Blanca de muestras de misterio y falta de transparencia.

Obama, de lo poco que se conoce de su paso por la universidad o como “community organizer”, mas tarde senador y luego Presidente, se mostró siempre como un izquierdista de extrema que detestaba a la institución militar de los Estados Unidos y sus intervenciones en el extranjero. A poco de asumir el mando, viajó a Europa y Medio Oriente para pedir perdón.

Ahora los medios de comunicación, casi todos de izquierda y afines al pensamiento de Obama, lo exaltan por su coraje en la lucha contra el terrorismo y su decisión de ordenar a los Navy Seals ejecutar a OBL. No mencionan, por cierto, que como candidato y al comenzar su presidencia, se negó a condenar a los musulmanes terroristas y a llamarlos con este calificativo.

Con su pasado musulmán ancestral (hay quienes sostienen que todavía lo es) se dedicó a ensalzar a esa religión y sus contribuciones al desarrollo de la cultura y de la paz, no solo en Oriente Medio, sino en los Estados Unidos, aseveración que carece de fundamento histórico. Dijo buscar con ellos no la controversia, sino la amistad.

Como lo prometió en la campaña quiso clausurar la cárcel de Guantánamo en Cuba, creada por George W Bush como sitio ideal para encerrar e interrogar a los islámicos terroristas. A Obama le pareció esta prisión inhumana y mientras gestionaba el cierre, prohibió que continúen los interrogatorios, especialmente los de inmersión, por considerarlos tortura.

Igualmente, ordenó que los juicios a los combatientes de mayor riesgo sean juzgados no por tribunales militares, como se estila en tiempos de guerra, sino por tribunales civiles y en la ciudad de Nueva York. Los acusados, en esas circunstancias, podrían acogerse a las protecciones legales y a la Contituición norteamericana, como cualquier delincuente común.

El repudio a Obama y su Fiscal General Eric Holder por tales decisiones fue en todo el país unánime y ambos proyectos están frenados. Se ignora si la orden de matar a OBL hará cambiar a Obama su posición sobre estos temas, así como sobre otros, como el atinente a los interrogatorios.

George W Bush, con el consenso de sus asesores civiles y militares en seguridad nacional y de delegados bipartidistas del Congreso, resolvió que a los detenidos en Guantánamo y otras prisiones especiales en Europa, había que extraerles la mayor cantidad de información por ser clave para desmantelar la red terrorista internacional y bloquear sus proyectos de exterminio.

Para ello había que reforzar las técnicas de interrogación. Una de ellas, nada nueva, era la de someter al reo a inmersiones continuas en agua, hasta el límite máximo de resistencia. El objetivo no era ni es que ese momento confiesen, sino que acepten cooperar para las confesiones usuales. No es tortura. No hay heridas, no hay amputaciones, no hay muerte.

Pero Obama y sus áulicos creen que es una tortura que puede afectar a la sensibilidad de los terroristas y por eso la suprimió el dia mismo en que se posesionó. Ahora se vanagloria de su coraje por ejecutar a OBL, pero bien sabe que la información que condujo a ello fue obtenida gracias a la inmersión que regía en la anterior administración.

Parecería que Obama, horrorizado ante la posibilidad de que OBL pudiese ser capturado vivo y sometido a las inmersiones (o “waterboarding”, en inglés), prefirió dar la orden de asesinarlo con un par de tiros en el ojo izquierdo y arrojar su cadáver en el mar. Una y otra decisión serán motivo de un debate sin fin.

Pero previamente hay que reflexionar. ¿Fue espontánea y sincera la actitud de Obama al ordenar la muerte del símbolo del terror? La pregunta es válida, porque su pasado demuestra que siempre estuvo contra la respuesta militar al terrorismo. En El Cairo prometió, en su lugar, extender la mano al buen musulmán e idéntico mensaje envió al Irán.

¿Cambió Obama de la noche a la mañana? ¿Se volvió de pronto un sincero seguidor de la doctrina Bush? Porque lo que decidió contra OBL es lo que quería Bush desde la tragedia del 9/11 y que él y los demócratas en mayoría en el Congreso lo impidieron con toda suerte de obstrucciones de carácter legal.

Desde el 2009, cuando Obama reemplazó a Bush, los interrogadores de la CIA (los mismos que han permitido la “hazaña” de matar a OBL) están sometidos a juicio por el Procurador Holder. Los interrogatorios, como quedó dicho, se han suspendido en Guantánamo. Los fondos de la CIA se han reducido (al igual que su moral) y para el próximo presupuesto Obama tiene previstos inmensos recortes de fondos para disminuir el poder militar norteamericano.

Hay indicios de que Obama fue forzado a tomar la decisión que tomó, tanto por parte del Director de CIA, Panetta, como del grupo militar una de cuyas ramas son los célebres Navy SEALS. Las investigaciones habían avanzado al punto de máxima evidencia y no cabían vacilaciones, como la de Bill Clinton que ordenó no disparar a OBL cuando los de la CIA lo tenían encañonado en un desierto de Sudán.

Obama, el domingo pasado, jugaba golf. Panetta lo trajo de urgencia a la Casa Blanca, a los pocos hoyos de juego. Le dijo, estamos en ésto, tienes que optar por lanzar un cohete a la mansión de OBL o enviar los comandos que están listos para el asalto. Prefirió esta última opción, que era la más razonable.

Pero en lugar de capturarlo vivo, dio orden de matarlo. Estaba inerme. No había resistencia armada en el complejo. Tomar posesión de él sin pérdida de vidas no era un imposible para superhombres como los SEAL. Pero éstos cumplen órdenes y lo mataron. Con Bush, Hussein fue capturado vivo y sometido a un juicio penal por los iraquíes.

¿No habría sido mejor para la humanidad que OBL hubiera comparecido ante un mini tribunal de Nuremberg? ¿Y por qué se lo lanzá al mar y por qué no se divulgan fotografías de este acto incomprensible así como de su ajusticiamiento? Sea de ello lo que fuere, OBL ha desaparecido de la faz de la tierra no por Obama, sino a pesar de él.

Luego de la caida del Muro de Berlín y la fracción del imperio soviético, el presidente Bill Clinton dispuso que se resten fondos a la CIA y a las fuerzas armadas. Para él, su personal bonhomía era suficiente para aplacar a los enemigos de USA o para seducir a las Lorenas Lewinskys de su entorno.

Es ls misma mentalidad demócrata de los Obamas. Cuando por fuerza de sus funciones elogian a los militares, lo hacen de labios para afuera. No aceptan que su papel sea comparable a la hemoglobina para combatir las enfermedades. Éstas, como los enemigos, jamás desaparecerán, como no desaparecerá nunca el mal. Lo militar existe en USA no para expandir un imperio inexistente, sino para defender un sistema de vida en libertad.

Obama, con encuestas de opinión cada vez más negativas por su mala conducción del gobierno especialmente en lo económico, ha tratado de resarcirse con su “hazaña”. Pero el repunte ha sido magro y en el fondo es más bien una aprobación a las estrategias antiterroristas de Bush. Para la reelección en el 2012, Obama necesitará mucho más que la ficción de su sorpresivo y supuesto amor por lo militar para triunfar.

La economía está por los suelos con una inflación acelerada, con precios de la gasolina en una imparable alza, con un desempleo que no baja del 9% o más y una política exterior y de defensa nacional vacilante e imprecisa. No son factores ciertamente que la vayan a favorecer con el voto en los próximos comicios presidenciales.


Friday, April 29, 2011

LA LUCHA ETERNA


Tal parece que la lucha eterna, generalmente referida a la lucha entre el bien y el mal, podría igualmente aplicarse a la también interminable contienda que día a día se libra entre los hombres en favor o en contra de la libertad.

La confusa teoría de Francis Yukiyama de que la historia había terminado con la derrota del expansionismo soviético, carece de asidero. La historia no es algo que se crea y se extingue, es un proceso en continua evolución conforme a la marcha de la humanidad.

Lo que podría admitirse es que el concepto de la historia se ha simplificado. Que a raíz del derrumbe de las pretensiones de dominación de Moscú quedó más claramente delineada la divisón entre los partidarios de privilegiar los derechos del individuo sobre el Estado y los que propugnan lo contrario.

Inclusive el lenguaje se ha vuelto mas preciso. Fascismo, en su moderna acepción, define a quienes optan por gobiernos autoritarios y jerárquicos para lograr una óptima convivencia social. Hasta el siglo pasado al fascismo se lo identificaba con Mussolini y su emblema, la insignia de los cónsules romanos o fasces.

El fascismo italiano, que se alió con Hitler e Hirohito para conformar un Eje con la meta de acabar con la democracia occidental, no se identificó con el comunismo soviético. Al contrario, fueron enemigos y a la postre la URSS, fracasado su alianza con Berlín, se unió a Estados Unidos y Gran Bretaña para enfrentarlo.

Comunismo y nazifascismo, consecuentemente, fueron vistos inicialmente como antípodas. Pero un análisis con perspectiva moderna descubre que una y otra doctrina tienen un idéntico denominador común: el autoritarismo, la creencia de que un Estado férreo discierne mejor lo que es bueno para la sociedad y sus individuos.

Si bien hay aún vestigios del comunismo al estilo soviético, como Corea del Norte, lo más apropiado será sustituir el adjetivo comunista por el de fascista. ¿No es ese el caso de la Cuba de los Castros? A Hugo Chávez de Venezuela mal se haría en calificarlo de comunista, al igual que a Rafael Correa de Ecuador o Evo Morales de Bolivia.

Todos ellos son dictadores de distinto calibre, pero dictadores al fin que actúan convencidos de que el equilibrio de poderes de una democracia para evitar los abusos de autoridad, es un fraude que hay que aniquilar. Si ellos están persuadidos de tener derechos, divinos decían los monarcas, para decidir sobre el bien y el mal, las discrepancias sobran.

Dentro del fascismo habría que encasillar también a la resucitada amenaza islámica que intenta esparcirse por el mundo para imponer sus leyes tiránicas en todas las fases de la convivencia humana. El califato, las dinastías familiares, las teocracias, el shiriah, el fanatismo religioso características de esta tendencia, son clarísima amenza contra la democracia.

El fascismo, entendido como aspiración a la autarquía, no siempre se instala mediante la violencia. En años recientes se ha esparcido y afincando en sitios donde han existido democracias formales, aunque débiles. Los líderes y sus aliados han aprovechado los resquicios de esos sistemas para debilitarles aún más, hasta imponerse.

Es lo que ocurrió en Venezuela con Chávez y en el Ecuador, Bolivia, Nicaragua y que no sucedió en Honduras (milagrosamente). Hitler llegó al poder con el mayoritario voto popular, incluídos los judíos del Holocausto, como en Austria. Igual se registró con Nasser en Egipto y hoy surge la incógnita en Medio Oriente, donde los ciegos quieren ver, acaso con ingenuidad, el nacimiento de la democracia.

El DNA del fascista es el populismo. Su retórica explota y magnifica las falencias de la democracia y desata la lucha de clases, fomenta la envidia y se sustenta en promesas mágicas imposibles de cumplir. La gente, no importa si de fascinante tradición cultural como en Alemania, se prosterna ante el caudillo y se autobloquea toda capacidad de análisis.

Hitler, Castro, Correa, Chávez, todos ellos y sus copias de antaño y hogaño, en un comienzo fingieron acatar la democracia. Pero muy pronto manipularon todo espacio legal y jurídico disponible para despedazarla y reducirla a una sola voluntad: la suya.

Que este fenómeno sea visible en repúblicas endebles e inestables, como las del Tercer Mundo, no es extraño. Lo que peocupa es que esté brotando en la nación más democrática y sólida del mundo, los Estados Unidos. El sistema ha operado aquí desde hace casi tres siglos y ha probado ser el más eficiente, duradero y próspero en la historia.

Su característica es una estructura orientada a frenar los intentos pro fascistas de cualquiera de las tres ramas del gobierno: la que legisla, la que ejecuta y la que juzga. Nació con la derrota del mayor poder bélico y económico de la época, la monarquía colonialista de la Gran Bretaña.

Los fundadores de la república no querían que se prolongase en América el estilo monárquico y autoritario del Reino Unido. Y para ello unieron a 13 estados con un sistema común de gobierno: responsable, alternativo y democrátrico. El gobernante pasó a ser así un servidor del pueblo y no al revés.

El sistema ha evolucionado e institucionalizado y es ahora común para 50 estados. La prosperidad ha sido constante, excepto los lapsos de depresión debidos casi siempre al manejo indebido de las autoridades en el mercado. El mercado es, en síntesis, la confluencia de voluntades individuales para transar, comerciar, debatir, inventar y crear. Mientras más libre, es más próspero y dinámico.

Por cierto que la democracia y el mercado, como toda obra humana, son imperfectos y pueden originar conflictos de intereses y fricciones. Los cuales se deben zanjar mediante leyes y juzgados, no con intervenciones arbitrarias del Ejecutivo que obstruyen o destruyen la dinamia del libre mercado.

El presidente Barack Hussein Obama no cree en el mercado libre. A su juicio y así lo ha demostrado, el mercado tiene que ser reprimido a fin de iniciar un proceso de redistribución de la riqueza en favor de los más pobres. Detesta a los empresarios prósperos, quiere empobrecerlos y se gana los aplausos de los seducidos por su doctrina fascista.

Inundó el mercado con cerca de 1.000 billones de dólares para crear empleos, en la hipótesis de que el gobierno, con moneda impresa, puede crear riqueza. Lo que conseguió es elevar la deuda a más de 14 trillones de dólares y que el desempleo siga rampante con signos de inflación acaso galopante con la crisis energética.

La oposición ve con angustia el desvío al fascismo del régimen y propone como medida urgente la reducción del gasto fiscal y la congelación, si no reducción, de los impuestos para estimular el ahorro, la inversión privada y el empleo. Pero Obama y sus áulicos insisten en su retórica populista/fascista de mayor gasto y de críticas al sistema americano, con la cual han iniciado la campaña para la reelección.

Todavía no se vislumbra un candidato de excepción que se oponga a Obama, pero aún hay tiempo para ello. Las razones para cerrarle el paso a Obama son tantas y tan claras, que solo una aberración colectiva lo haría triunfar con el voto racista de los negros y de los fanáticos de izquierda (fascistas), apologistas de la prevalencia del Estado sobre el individuo.

En el Ecuador, cerca del 70% de los votantes respaldan a Correa con el Si para un referendum sin sentido que se realizará en pocos días. El actual presidente ha demolido la democracia y sigue ileso. ¿Será el pasado incaico, el sucesivo coloniaje español, la incoherencia nacional que le siguió lo que explique tan triste conducta popular, tan proclive al caudillismo fascista?

Correa expulsó a la embajadora de Estados Unidos al difundirse lo que contaba al Departamento de Estado sobre lo que en el Ecuador ocurría. Lo decía no en el lenguaje diplomático ceremonial, sino sin ambajes. Y todo lo que ha dicho era y sigue siendo cierto: que este fulano no es confiable por fascista, ambiguo y mentiroso.

¿Es a él a quien respaldan los ecuatorianos? ¿Y los medios de comunicación? Tan cuerdos, tan callados, tan sumisos. ¿No tienen un organismo gremial a través del cual pudieran y debieran protestar contra el autócrata por tanto atropello a medios y a periodistas? Si es por temor a que se afecten sus negocios, deberían reflexionar que ceder puede tener consecuencias mucho mayores en el cercano futuro.

Afortiunadamente la situación en los Estados Unidos difiere enormemente. Ya quedó demostrado con las elecciones del pasado 10 de noviembre, cuando una mayoría aplastante dijo No a Obama por la manera como conduce a la nación. Éste, fascista, ha desoído el mandato y no ha reorientado su gestión. Pero aquí medios de comunicación vibrantes que lo objetan y juntamente con la oposición, la gran cruzada del momento es presionar para que Obama no sea sino “ only a one-term President“ (Presidente por un solo periodo).

La altternativa es una America en declinación.

Friday, April 15, 2011

¿CLAUSURAMOS LA DEMOCRACIA?



Es asombroso, irreal, incomprensible lo que está ocurriendo en los Estados Unidos bajo la conducción del presidente Barack Hussein Obama, el más extraño e inescrutable de todos los que han gobernado esta nación. En dos años y medio de gobierno ha logrado reducir el prestigio y poderío de este país a niveles que ni hubieran soñado alcanzar, sin una guerra, sus peores enemigos externos, incluídos los del extinto imperio soviético o los musulmanes de hoy. En lo económico, Obama ha incrementado la deuda pública a 14 trillones de dólares, lo que equivalen al doble de la deuda sumada de todos los gobiernos desde George Washington a Ronald Reagan. El pueblo se indignó y en las elecciones del 2 de noviembre pasado rechazó esas políticas con un rotundo no. Pero Obama no se ha inmutado. Sigue presionando por la elevación del gasto y se niega a la reducción tácita planteada por los electores y el Congreso. El ideal de Obama y de los “liberals” que piensan como él es concentrar cada vez más poder y control en el gobierno, en todas las áreas de la actividad humana. La burocracia se ha disparado en su régimen y ahora hay 2 empleados públicos por cada 1 del sector privado y sus salarios en promedio son también el doble, más beneficios adicionales. El control del gobierno sobre el individuo tiene un frontal obstáculo en el sistema de economía libre y abierta, que ha hecho grande a esta nación. De ahí que su doctrina se oriente a reducir y acaso abolir el sistema, a fin de que el mercado pase a ser manipulado a capricho del gobernante. Acaso sus objetivos podrían no ser perversos. Los demócratas “liberals” hablan siempre de que su filosofía se encamina a proteger a los débiles, a los despamparados, a los explotados por los ricos. Quieren redistribuir la riqueza, no créandola o estimulando su crecimiento, sino sustrayéndola de quienes la han creado, o sea los empresarios privados. El dinero asi obtenido no es distribuido entre los pobres como aguinaldos de Navidad o los bonos de Chávez o Correa. Se acumula en los cofres del fisco para ser usados caprichosamente por el régimen en supuestos programas de ayuda a los desamparados o en regulaciones en favor de los discriminados. Así surgieron, por ejemplo, las propuestas de la Great Society de Lyndon Johnson o la Affirmative Action en favor de los negros y, con Obama, su Plan de Salud para todos. Las intenciones pudieran ser compasivas, pero los resultados son fatales. La Great Society, en casi media centuria, ha empobrecido más a los pobres y la Affirmative Action ha discriminado y humillado más a los negros, a quienes se les disminuyó los estándares académicos para el ingreso a las universidades, con lo que se vieron forzados a aislarse del resto de la población estudiantil. Los programas demócratas de supuesto beneficio no solo no han concretado esos beneficios sino que han dado pábulo a la corrupción. Eso ocurre a diario con programas ya establecidos de Medicaid, para los que no tienen seguros y de Medicare, para los viejos. Puesto que se financian con fondos públicos, o sea de nadie, las trampas para la estafa son irrefrenables. ¿De dónde provienen los fondos públicos? No de las alacenas repletas de fajos de dólares que Obama dispondrá en favor de los pobres, como dijo una muchacha negra entrevistada durante la elección presidencial. Esos fondos vienen de los impuestos, que en un 90% llegan del segmento con mayores ingresos (el 50% de la población no paga impuesto a la renta). Obama quiere absorber más dinero de los contribuyentes y como es “compasivo”, lo extraerá solo de aquellos que ganan 250.000 dólares o más y de las corporaciones, que ya son castigadas con el 47% de impuestos, uno de los más altos del mundo, que desalienta la inversión de propios y extraños. Para los que ganan menos inclusive pide reducir el impuesto, a sabiendas de que más abajo en esa escala, nadie lo paga. Pero ocurre que si se tritura a los “ricos”, los ingresos fiscales van a disminuir ya que el propósito de combatirlos por odio social los forzará a cerrar, a bajar el empleo o a emigrar. Si decrecen los fondos para Obama y si el aumento de los impuestos a los ricos es insuficiente y contraproducente, surge una sola alternativa: el endeudamiento. Es lo que ha sucedido con este régimen. El principal acreedor es China, un país centralmente dirigido y que ha protegido bajo control la inversión extranjera. Su crecimiento económico sigue siendo espectacular, más del 9% anual, pero dado que todo se mueve bajo designio y órdenes de Beijin, cualquier momento esa burbuja puede estallar con peor fuerza como en Japón a fines del siglo pasado. Pero China y cualquier otro acreedor no puede seguir prestando sin límite a un adicto. Así lo han advertido los dirigentes chinos, que incluso están planeando utilizar su moneda como la moneda internacional sustituyendo al dólar norteamericano, que con Obama sigue en declinación constante. ¿Qué le sobrevendría a Obama y al país y al mundo si el gasto desemesurado continúa y se cierra el endeudamiento? Las respuestas traen a la mente los casos de Grecia, Portugal, España, Irlanda y otros países europeos, donde la creencia en la bondad del Estado protector indujo a los regímenes a gastar más de lo que ingresaba alas cajas fiscales. Ahora se hacen esfuerzos allí para revertir el absurdo. Obama, en contraste, busca precipitar a los Estados Unidos en esa misma ciénaga ilusoria donde Europa está hundida. La mayoría de norteamericanos es contraria a la forma como Obama está conduciendo a la nación. No se ha manifestado con revueltas y asonadas como en países del tercer mundo, árabes o no, sino mediante votos. Así se demostró en los comicios de noviembre pasado. El Congreso se renovó y la Cámara de Representantes, donde se originan debates sobre impuestos y Presupuesto del Estado, tiene ahora una clara mayoría de republicanos. Esta mayoría ha querido ayudar a Obama a salir del desastre financiero en el que ha ahogado a la nación. Primeramente, presionó para que se apruebe el presupuesto del año pasado, que la anterior mayoría demócrata postergó de modo irresponsable. La aspiración inicial era reducir el gasto en 100.000 millones de dólares, luego se redujo a 60.000 millones y finalmente a 38.000 millones. Fue una victoria republicana. Obama había prometido oponerse a todo corte de gastos y más bien quería aumentarlo. Finalmente aceptó la última cifra. Hay republicanos recalcitrantes que afirman que el partido ha cedido, sin recordar que el partido demócrata aún controla el Senado y la Casa Blanca y que más batallas quedan por delante. Como la elevación del techo de la deuda, o sea el límite para que Obama siga en su manía de gasto. Y la aprobación del presupuesto para este año. El GOP ha presentado una proforma para reducir el gasto y la deuda en 6 trillones de dólares en el decenio. Si nada se corta, la deuda alcanzaría cifras imposibles de digerir ni financiar. Con viveza digna de un Chávez o un Correa, Obama acaba de anunciar su contra propuesta presupuestaria. Dice que reducirá la deuda en 4 trillones, sin alterar su plan de salud ni otros gastos dispendiosos. ¿Cómo? No lo dijo, salvo su promesa de no volver a eximir del pago de impuestos generalizado, que su predecesor GWBush instituyó hace 10 años. Y, claro, aumentando impuestos a los ricos. En suma, el equilibrio fiscal al que aspira Obama no es con reducción del gasto, sino con aumento de impuestos y deuda. En términos personales y familiares, es como cebarle a un alcohólico con botijas de ron o dar luz verde a un adolescente para que siga usando su tarjeta de crédito sin control ni responsabilidad ninguna. ¿No parece de sentido común que nadie en lo personal y peor en lo público (que maneja fondos ajenos), debería gastar más allá de los ingresos? Si, pero no para Obama y su séquito. Uno se inclina a pensar que está en juego una conspiración para derrumbar a esta nación, con un Obama títere en la Casa Blanca. No de otro modo se entiende tanta resistencia a la cordura. Obama, cuyo lugar de nacimiento está en duda (su madre hippy iba a volar de Kenya a Hawaii, pero fue rechazada por su avanzada preñez. Dio a luz allá a Obama y solo así pudo concretar el viaje a USA), jamás ha elogiado a este país con sinceridad y espontaneidad. Últimamente le han añadido a sus discursos de teleprompter ciertas frases elogiosas al sistema de libre mercado en el que no cree, pero nada más. En lo que si cree es en los supuestos daños ocasionados al mundo por los Estados Unidos, según lo ha proclamado en su prédicas en El Cairo y Europa y ha pedido perdón por ello. Prácticamenrte clausuró a la NASA, detesta a la Gran Bretaña y a Churchill, tiene prohibido que se averigüe sobre su pasado en la niñez y juventud, cuáles fueron sus amistados, sus récords académicos, sus escritos. Es una persona extraña, alienada, como jamás ha habido en la Casa Blanca. ¿Por qué triunfó? Primeramente, por ser negro y tener como rival a un pusilánime como John McCain, que prohibió cualquier alusión o preguntas que pudieren ofender a un candidato de la raza negra, como acerca de su nacimiento y su pasado. Casi no hubo votante negro que no votara por él a lo que se sumaron todos los demás que de esa manera pretendían expiar la culpa norteamericana de la esclavitud. La esclavitud fue defendida por los demócratas sureños, con tal tozudez que hubo de desatarse una guerra civil con 600.000 muertos para derrotarlos.El líder fue un republicano, Abraham Lincoln. Fueron demócratas también los que se opusieron al voto de la mujer hasta comienzos del siglo pasado y fueron demócratas los del Ku Klux Klan que ajusticiaba a los negros en los hogueras o colgados de las ramas de un árbol. Más tarde los demócratas cedieron y ahora se han camuflado como campeones de los derechos civiles y protectores de los desamparados. Pero con el esfuerzo de otros, no de ellos. Obama y millonarios demócratas destinan muy poco de sus ingresos a fines caritativos, en contraste con los republicanos. Y detestan a las fuerzas armadas, a las que, con Obama, quieren privar de fondos y traerlos de vuelta de Irak y Afganistán. La concentración del poder en el Ejecutivo, como lo quiere este régimen, es antípoda no solo de lo que quisieron los fundadores de esta nación hace casi tres centurias, sino que va contracorriente de la historia. La humanidad ha estado en lucha permanente para limitar los excesos de los gobiernos. De ahí los episodios de revueltas y revoluciones y guerrras contra monarcas, zares, emperadores, dictadores y tiranos. La gente quiere vivir en paz y libertad y para ello se requiere de leyes y regulaciones para evitar fricciones y abusos. Alguien tiene que aplicarlas y ese alguien es el gobierno, encarnado antiguamente en reyes de un supuesto origen divino y en la modernidad por representantes elegidos por voto popular y de modo alternativo y responsable. Para mayor eficacia del acuerdo social se han ideado tres ramas de gobierno: la legislativa, judicial y ejecutiva. El control entre ellas es mutuo, para evitar excesos. Estados Unidos aplica ese sistema desde 1776 y ha probado ser el mejor. Todo intento por alterarlo ha terminado en escombros o en pérdida de vidas humanas como en los casos recientes de la URSS, el Eje nazi fascista y tantos otros ensayos en África, Europa, América Latina y el Caribe. Hay gente, sin embargo, a la que le irrita y molesta el sistema democrático, capitalista y liberal, dentro y fuera de los Estados Unidos. Pero nunca antes alguien de esa estirpe ha llegado a la Casa Blanca. Sus primero dos años están demoliendo al país y si es reelecto, su obra tendrá los mismos efectos que la tuvieron la corrupción y podredumbre moral en la Roma antigua. Un popular y controvertido analista de radio, Michael Savage, sostiene y lo explica en un libro, que lo que afecta a los liberals (demócratas, socialistas o comunistas de aquí y del mundo) es una enfermedad mental. Parece que tiene la razón...

Sunday, February 13, 2011

EGIPTÓLOGOS Y OBAMANÓLOGOS

Los incondicionales de Barak Hussein Obama no caben más en si del gozo con la “victoria” alcanzada por su líder en Egipto: cayó Hosni Mubarak, el mayor aliado de los Estados Unidos en la conflictiva área del Medio Oriente y pieza clave para la protección de Israel.

Obama, para los suyos, no tiene defectos. Con lo ocurrido en El Cairo se ha confirmado para ellos que en verdad él es el nuevo mesías y poco falta para que pidan que se le vuelva a conceder el Premio Nobel de la Paz, por la “pacificación” que ha logrado en la región.

De nada sirve recordarles que Obama ha actuado una vez más de manera contradictoria en el manejo de la política exterior. Cuando el pueblo se levantó en Irán contra el régimen despótico y teocrático de Ahmadinejad y del Ayatola en el 2009, calló y dijo que la era del intervencionismo de los Estados Unidos había terminado.

En el caso de Egipto, dijo e hizo lo contrario. Apoyó la revuelta contra Hosni Mubarak y exigió que renuncie ipso facto al poder. Cuando las fuerzas armadas lo respaldaron a Mubarak, dio pie atrás y pidió que se quedara para presidir el proceso de transición. Más tarde volvió a su posición inicial y finalmente celebró jubiloso la caída del aliado de los yanquis.

¿Y Hillary Clinton? Es una pieza sin importancia en la diplomacia noteamericana. En las primeras horas de la crisis epicia dijo que en Egipto había estabilidad plena, luego cambió de criterio y en ese plan se mantuvo al igual que su jefe. Ahora gobierno y seguidores dicen que han cambiado la historia y que Egipto dará pasos firmes hacia la democracia tras 6.000 años de espera.

El artífice del cambio, dicen, es Obama, pero los egipcios no comparten tal creencia. Al contrario, piensan que él con sus predecesores de la Casa Blanca apoyaron por treinta años a un dictador que ahora repudian, por lo que ninguna interferencia es bienvenida, no obstante las buenas intenciones que tuvieren.

Algunos observadores “imparciales” aplauden a Obama por haber corregido su “error” de no haber apoyado la revuelta popular en Irán y si haberlo hecho en el caso de Egipto. Pero no hubo error. Obama sabía muy bien por qué no apoyar a los iraníes insurgentes: porque querían, ellos sí, un sistema democrático muy a la occidental, en contraste con los islámicos de Egipto.

Lo que si fue un error fueron los constantes pasos en falso del presidente demócrata Jimmy Carter en Irán cuando en lugar de apoyar una transición pacífica hacia la democracia con el Sha de Persia, hizo lo opuesto hasta desembocar en la autocracia teocrática del Ayatola, que ahora se arma con bombas nucleares para extender el dominio islámico por la región y el orbe, con aliados tan demócratas y distantes como Hugo Chávez y Rafael Correa.

Es probable que entre los insurgentes de Egipto haya sobre todo jóvenes ilustrados que quisieran para su país un tipo de democracia como la tradicional de Occidente, secular y de funciones estatales de poder dividido. Pero la mayoría no quiere eso, sino un estado teocrático regido por la ley del sharia, que es la negación de la libertad y los derechos humanos.

A poco de iniciar su administración hace dos años, Obama cortó la ayuda a los programas de dilvulgación de principios democráticos en Egipto y es ya célebre el discurso que pronunció en El Cairo para pedir perdón por los errores de dominación cometidos por los Estados Unidos y sostener que el islamismo es parte consustancial de la cultura norteamericana.

Lo cual si es aplicable pero para Egipto y la mayoría de naciones árabes, pero jamás a los Estados Unidos cuya tradición cultural, religiosa y política es de base exclusivamente judeo cristiana. Los principios de democracia y libertad, que presupone un gobierno al servicio del individuo y al revés, brotan del judeo cristianismo, no del islam.

El Corán, que inspira a los musulmanes, no exalta al individuo: busca avasallarlo bajo regímenes autocráticos y confundirlo con la multitud. En ello se identifican con las dictaduras fascistas, nazis o comunistas y de similar comportamiento caudillista, como tantas que han abundado y abundan en el tercer mundo del África o América Latina.

Mubarak, que gobernó por 30 años como dictador, frenó a los extremistas islámicos en su intento de anular el tratado de paz con Israel, que firmó su antecesor Anuar el Sadat. Por haberlo hecho, el movimiento Hermandad Musulmana lo asesinó en una parada militar. Fue Mubarak quien lo sucedió.

La Hermandad se fundó en 1928 para imponer la ley sharia entre los árabes primero y en el resto del mundo después. Se alió al nazismo de Hitler por su común visión de extrema intolerancia y más tarde procreó los hijuelos Hamas, Taliban, Al Qaeda, Hezbollah y otros que siembran la muerte y el terrorismo por cualquier resquicio que se les abre en Occidente.

La Hermandad fue prohibida por Mubarak y las fuerzas armadas en Egipto pero ha sobrevivido en la clandestinidad y a través de sus ramificaciones. El Islam, mas que una religión, es un movimiento político expansionista como el nazismo o el comunismo. Obama quiere ahora que se reconozca a la Hermandad y el director de inteligencia de la CIA acaba de benedecirla al declarar ante el Congreso que se trata de un grupo secular, mixto, neutro e inofensivo.

Cuando antes en una entrevista de TV le preguntaron a Obama si creía que la Hermandad era un peligro terrorista, evadió la respuesta. Cuando un soldado musulmán asesinó a 13 de sus compañeros en un cuartel de Texas, dijo que era un prejuicio suponer que actuaba por motivos religiosos. La investigación comprobó que era un fanático con antecedentes, pero Obama y la prensa adepta han omitido comentarlo.

Egipto está ahora en manos de una dictadura militar, que ha disuelto al parlamento y suspendido la Constitucion, rara forma de encaminarse hacia la democracia, pero muy del agrado de Obama. Se ignora si los militares seguirán condenando a la Hermandad. Pero el clan se fortalecerá y a la postre asumirá el poder, acaso indirectamente al comienzo, a plenitud después.

¿Se extenderá la mancha, para unos, la estela de esperanza para otros del islamismo en la región? El islam es un solo como es uno solo el Corán y una sola la Biblia. No existe un islam moderado y otro extremo. Hay un solo islam que desde el punto de vista judeo cristiano es extremo, porque surprime libertad y tolerancia. Los musulmanes “moderados” o no son practicantes o son farsantes.

¿Qué es Obama? ¿musulmán, cristiano, agnóstico, ateo? Cuando las dudas se multiplicaron semanas atrás, optó por ir algunos domingos a una iglesia cristiana pero pocos creen en su sinceridad. Demasiados elogios ha enunciado en favor del islamismo dentro y fuera del país y jamás se ha referido siquiera a los basamentos judeo cristianos de esta nación.

Su pade africano fue musulmán y él lo fue mientras estudiaba de niño en Indonesia. Más tarde asitió durante veinte años a una iglesia protestante cuyo pastor predicaba el odio contra el imperialismo yanqui. Fue él quien lo casó con Michelle y bautizó a sus dos hijas.

De su nacimiento en Hawaii hay dudas y de su niñez y adolescencia se carece de documentación escrita (porque está prohibido) o de testimonio de amigos o compañeros de estudio porque nadie los conoce. Es demócrata y por ello ningún escándalo ha podido “infiltrarse” en ningún medio de comunicación de importancia.

Los documentos, al parecer auténticos, que de todos modos han circulado por el Internet, indican que su madre estaba en Kenya cuando súbitamente dio a luz en un hospital de la localidad. Cuatro días más tarde voló a Hawaii donde obtuvo un certificado especial de nacimiento, que se estilaba conferir entonces a los hijos de madres inmigrantes de nacionalidad norteamericana. La Constitución prohibe candidatizar a la presidencia a los ciudadanos que no sean norteamericanos por nacimiento.


Sunday, January 30, 2011

ES EL OBAMA DE SIEMPRE

El presidente Barack Hussein Obama prounció, mejor dicho leyó su discurso sobre el Estado de la Unión el martes pasado ante el Congreso y sus “fans” ya sostienen que es un mesías reencarnado de Ronald Reagan.

¿Por qué lo dicen? Porque la retórica que ha empleado durante sus dos años en el gobierno cambió súbitamente con su discurso, como resultado de la aplastante victoria republicana del 2 de noviembre pasado.

No dijo ni insinuó que los Estados Unidos no tienen nada de excepcional en su excepcional historia de más de 200 años de democracia ininterrumpida e inclusive alabó que su pueblo sea invenitvo, creador y amante convencido de la libertad de pensamiento y mercado.

También, aunque marginalmente, admitió lo obvio, que es el sector privado el que dinamiza la economía nacional mediante el ahorro y la inversión en la industria con creación de empleos, pese a siempre haber sostenido que es el factor de explotación de los pobres dentro u fuera del país.

Los reporteros contaron que en sus últimos días de vacaciones, que siguieron a su derrota electoral, Obama llevó consigo libros de biografía y análisis de la vida y acciones de gobierno de Reagan, su antípoda ideológico. Nada difícil que el consejo lo recibiera el ex presidente demócrata Bill Clinton, que superó en su administración una crisis política similar.

Pero Obama no engaña a nadie, salvo a sus incondicionales de los medios de comunicación y a los adeptos políticos que le quedan, especialmente de la raza negra. Clinton superó el golpe republicano similar de medio término, pero porque estuvo convencido de que ello era bueno para el país.

Su ahora sucesor demócrata, en cambio, lo único que ha cambiado es el enlace de palabras, no la profundidad al parecer incambiable de su pensamiento. Dijo, por ejemplo, que los Estados Unidos era un buen país siempre anheloso de ayudar a los oprimidos y a las naciones en peligro de sucumbir a dictaduras.

Es algo probadamente histórico, pero que no ha surgido en ninguno de sus anteriores discursos dichos ante la nación y el extranjero. En Egipto, a poco de posesionarse, afirmó que el Islam era parte de la familia norteamericana desde sus raíces y que desde entonces ha sido parte de su cultura.

Incluso sus esbirros han llegado a decir que ya Jefferson admiraba al Islam, por tener un Corán en su vasta biblioteca. Claro que lo tuvo, pero como botín. Fue Jefferson quien ordenó a la incipiente armada de los Estados Unidos que fuera al Mediterráneo a doblegar a los piratas musulmanes que buscaban comerciar en la zona y que saqueaban, asesinaba y esclavizaban a los marinos norteamericanos. Uno de los trofeos que guardó Jefferson fue el Corán, inspirador de la violencia en el mundo islámico.

Poco antes del ataque del 9/11, George W. Bush pidió a Mubarak que modere su régimen dictatorial de 30 años y ofrezca libertades al pueblo oprimido. Uno de los primeros discursos de Obama, que fue en El Cairo, fue no para plantear un reclamo similar, sino para exaltar las grandezas del Islam.

Tras el discurso de Obama el pasado martes, su aprobación en las ecuestas ha subido, no solo por ese hecho sino por lo actuado el mes pasado, al cierre del anterior congreso de mayoría demócrata absoluta. Pero ¿qué hizo y dijo Obama? En el Congreso se sometió a la nueva realidad política de predominio republicano y renunció a elevar los impuestos a los “ricos”, o sea a los que ganan más de 250 mil dólares. Los republicanos y el pueblo, como lo demostró el 2 de noviembre, no querían ni quieren más impuestos para nadie, sobre todo en época de recesión.

En el discurso habló lo que la gente quería oír: un tono de optimismo sobre el país, una reducción sobre el infliujo limitante del gobierno en la vida y el sector privados, una mayor definición en la defensa nacional y repudio a más leyes estatizantes, como la de salud.

Pero si Obama aceptó no volver a gravar a los ricos, prometió que lo hará en el 2012, cuando aspira a ser reelecto. Ello revela su verdadera idiosincracia opuesta al empresario privado. En su opinión, la gente hace dinero porque explota por lo cual hay que cercenar sus excesos de ingreso con más impuestos confiscatorios para más obras del gobierno al mando de más burócratas sobreprotegidos.

La misma idea la emanó al hablar de conquistar el futuro mediante inversiones públicas mayores en educación e investigación, lo que a su juicio hará al país más competivo en el frente externo. Utilizó el símil poco feliz del “sputnik” de la hora actual para impulsar el desarrollo.

El Sputnik fue el satélite articial que la URSS envió al espacio antes que los Estados Unidos. El entonces presidente demócrata John F Kennedy vió esto como una amenaza militar y tecnológica contra el mundo libre e invitó por ello a enviar en respuesta un hombre a la luna dentro de un decenio. Esto se realizó (ya asesinado Kennedy) pero los fondos públicos se asignaron a la NASA para que administre el proyecto, no para que produzca computadoras, satélites o módulos. Toda la investigación y construcción quedó competitivamente en manos del sector privado.

Una de las primeras decisiones de Obama fue liquidar a la NASA como proyecto espacial y reducirlo al papel de misionero de buen voluntad en el mundo musulmán, la “gran familia” de los Estados Unidos a la que él se refirió sin sentido. Y ahora invita a que el país actúe como la NASA del decenio de 1960 frente a un inexistente Sputnik...

Los nuevos gastos públicos que ahora pide al Congreso no harían sino aumentar el déficit público y financiero que ya llega a los 14 trillonos de dólares, que absorben el 25% ya de la riqueza nacional. Ni siquiera una economía que ha sido tan sólida como la norteamericana podrá sobrevivir en tales condiciones. La receta no son más ingresos, sino todo lo contrario y fundamentalmente menos gastos.

La nueva fuerza republicana, como mandato popular del 2 de noviembre, está dando los pasos en esa dirección. Ha planteado al gobierno un 20% de corte de gastos inmediato para aprobar el presupuesto de este año que los demócratas no aprobaron el año pasado pese a su total mayoría. Adicionalmente forzarán en años sucesisvos a reducir al gasto a niveles al menos iguales a los prevalecientes en el 2008.

El pedido es mandatorio para el Ejecutivo y será éste el que proponga qué gastos recortar, para someterlos al escrutinio y aprobación del Congreso. Una de las medidas inmediatas será rechazar la nueva ley de salud aprobada por Obama y los demócratas de manera atropellada y grosera en el 2010, sin un solo voto republicano y con el 70% de la población en contra porque aumenta el gasto en 3 trillones de dólares y arruina el sistema de provisión de salud existente.

Obama, en su discurso, dijo no querer oir de rechazar y sustituir la ley de salud. Otra muestra de su inflexibilidad ideológica. Pero tendrá que hacerlo, como tendrá que ceder en su demencial voracidad por el gasto público. La alternativa podría ser un choque con el Congreso que pudiera congelar los gastos del Ejecutivo, con desastrosas consecuencias para todos.

La revista Time, otrora respetable, publicó en su última edición su historia principal o “cover story” sobre la supuesta simbiosis entre Reagan y Obama, que reivindicará a este último. Es un disparatado esfuerzo de paralelismo. Obama y Reagan son tan precidos ideológicamente como lo pudieran ser el Rey de Arabia Saudita, Hugo Chávez o Rafael Correa y George Washington.

El discurso sobre el estado de la Unión, tras un análisis objetivo, demuestra que Barack Hussein Obama sigue siendo el mismo líder orientado a debilitar el sistema democrático, libre, competitivo y tolerante que ha prevalecido en los Estados Unidos, para sustituirlo por una forma de gobierno con interferencia gubernamental cada vez mayor con el objetivo de la sociedad iguallitaria, pero que sus resultados son, indefectiblemente, todo lo contrario.


Sunday, January 16, 2011

¿REALMENTE HAY CAMBIO EN OBAMA?

Para muchos no incondicionales que votaron por Obama para presidente de los Estados Unidos y que luego se arrepintieron por su forma radical de gobernar, parecen ahora felices de poder volverlo a apoyar debido a los supuestos “cambios hacia el centro” que al parecer ha adoptado desde diciembre pasado.

¿Cuáles han sido estos cambios? Primero, ordenó a los demócratas del Senado que prorroguen las exenciones tributarias decretadas hace diez años por su predecesor GW Bush para todos los contribuyentes, incluídos los “ricos”, medida adoptada para paliar la crisis económica heredada del demócrata Bill Clinton.

El otro cambio fue su reciente discurso en un estadio universitario de Arizona, pronunciado tras el asesinato por parte de un esquizofrénico de un juez federal, una niña y otros inocentes y el disparo a su principal objetivo, una congresista demócrata que sobrevivirá, ojalá con facultades plenas.

Pero uno y otro cambio han sido forzados por las circunstancias, no por una reflexión intelectual de Obama, fruto de comprender que su posición radical es rechazada por el 70% del electorado norteamericano, porque afecta los principios esenciales de esta nación basada en la libertad y respeto a los derechos del individuo frente al Estado.

Si Obama continuaba en su campaña contra los “ricos”, que para él son los que tienen ingresos superiores a los 250.000 dólares y a los cuales quería quitar la exención tributaria, habría sobrevenido un mayor colapso económico y político. Los republicanos y muchos demócratas eran renuentes a la medida, pues habría determinado una congelación presupuestaria y el bloqueo a la gestión gubernamental.

Luego de haber sostenido en la campaña presidencial y en sus dos años de gobierno que los males de este país son generados por un sistema capitalista que hace ricos a unos pocos por explotación de los pobres, tuvo que ceder y la prolongación del no pago de impuestos se extendió a todos. La economía respiró, aunque temporalmente.

Porque Obama, al admitir su derrota, advirtió que no cederá en su lucha contra los ricos y que volverá a castigarlos con los impuestos ahora postergados, tan pronto recupere el poder en el Congreso y la reelección presidencial en el 2012. Se trata, pues, de un tregua, no del convencimiento de que nuevos impuestos, peor en recesión, son perjudiciales para la sociedad.

Los inversionistas nacionales y extranjeros, consecuentemente, si bien se complacieron con la prórroga, siguen cohibidos ya que las inversiones de real impacto no deben limitarese a un incierto período de años. Y porque conocen que la ideología de Obama y sus seguidores es, ha sido y seguirá siendo contraria al capitalismo y a la libre acumulación del ahorro.

Obama, como han dicho analistas independientes que no son aceptados en los medios de comunicación audivisual y escrita de mayor alcance, es un enigma. Subsisten dudas sobre su nacimiento en los Estados Unidos y se ha bloqueado toda información sobre sus viajes de infancia y juventud, así como de sus estudios, escritos y amistades. Lo que se conoce con más certeza no se remotan a más de 10 o 12 años atrás.

Se ignora cómo accedió a las universidades de elite de Yale y Harvard, pero si se sabe que su principal ocupación tras graduarse fue la de “community organizer” u organizador de grupos comunitarios, en Chicago. Es una derivación de las enseñanzas del ideólogo Saul Alinsky, cuya meta inspirada en Marx y Lenin es socavar al sistema capitalista desde adentro y no necesariamente mediante la fuerza, la revuelta o la revolución.

Alinsky y sus discípulos como Obama y Hillary Clinton (su tesis de grado en la universidad de Chicago fue una apología de Alinsky) en realidad no podrían ser ubicados como comunistas, sino acaso como nihilistas que buscan por todos los medios (lo importante es el fin, no importa los medios) quebrar al sistema democapitalista y absorber cada vez más poder.

Todo ello ¿para qué? La nueva sociedad que ellos propugnan no está clara, pero básicamente buscan la “justicia social” mediante un igualitarismo utópico en el que la riqueza se transfiera a los pobres con intervención de gobiernos fuertes, intolerantes, incontestables. Ello presupone rebasar las leyes que se opongan a sus fines, por cualquier método manipulado dentro del sistema.

Obama ha dado varios ejemplos de esa filosofía. Forzó la aprobación de la reforma que estatiza la administración de la salud, para lo cual no le importó no contar con un solo voto republicano. Y nombró a una treintena de “zares” en su gobierno, como ministros que no requieren aprobación previa del Senado ni tienen responsabilidad ante él.

En noviembre el electorado rechazó mayoritariamente esa tendencia y a la Cámara de Representantes envió más republicanos que demócratas y más republicanos al Senado demócrata. Pero eso a Obama le tiene sin cuidado. El único cambio ha sido la prórroga de la exención tributaria. Dice que el pueblo no lo ha repudiado en noviembre, sino que el resultado es una presión a los republicanos para que cooperen con él y desistan de la oposición.

El atentado de Tucson también Obama ha intentado tergiversarlo. A minutos de divulgarse los trágicos hechos, los radicales de su partido demócrata y de sus inflitrados en los medios de comunicación acusaron a los republicanos y su oposición a Obama de ser los causantes del crimen. Nadie probó la acusación y más bien se difundió que el criminal era apolítico y un esquizofrénico que actuó individualmente.

Las encuestas no encontraron vínculo entre la política de los republicanos y las acciones del criminal en Tucson, con un margen del 60%. Obama se vio acorralado, carecía de bases para también acusar al Tea Party y a los comentaristas de radio y TV conservadores de ser los instigadores del atentado. Y en su discurso de Arizona, si bien no condenó a los demos por sus diatribas, se abstuvo él de acusar como hubiera querido a los republicanos.

Su discurso duró 34 minutos, mucho más que los 4 o 6 empleados por Bush, Reagan o Clinton en ceremonias de expresión de dolor por similares tragedias como las del 9/11 u Oklahoma City con McVeigh. Y se transformó en una manifestación política cualquiera, con gritos histéricos, aplausos y en la que las figuras centrales del discurso no fueron las víctimas, sino él.

Él, como el conciliador, el pacificador, el apóstol de la tolerancia y la no violencia verbal o física. El mismo que un encuentro con hispanos les conminó a luchar contra el enemigo común, los republicanos, en la controversia sobre la inmigración. Que dijo que no admitía otros criterios que el suyo en el debate sobre la ley de salud, “porque las elecciones tienen consecuencia y las gané yo”.

Los arrepentidos por elegir a Obama comienzan a arrepentirse de haberse arrepentido y creen que con el discurso “inmortal” de Tucson -y lo hecho en diciembre en el Congreso- ha emergido un gran hombre, un estadista de verdad, un presidente preclaro que arrasará en su ruta hacia la reelección en el 2012.

Esa gente vacilante, que se autoclasifica independiente y que en el fondo es inconsistente, por fortuna no es mayoría en este país. La oposición a la agenda Obama sigue en pie, tan firme o más como lo fue en los comicios del 2 de noviembre. Así al menos se detecta en la conducta de los nuevos republicanos del Congreso.

La primera votación para repeler la ley de salud estuvo pevista para el jueves pasado pero fue diferida. Los demócratas pretendían que se archive el proyecto, por lo sucedido en Arizona. Pero ya se ha fijado para el miércoles venidero el debate de repudio a esa ley. La ley fue aprobada a empellones y es esa ley la que tiene que ser archivada.

Los republicanos no cometerán errores del pasado, pretendiendo gobernar desde el Congreso con una cámara de mayoría republicana. Han advertido que la responsabilidad de gobernar sigue en manos de Obama y a él le piden que proponga enmiendas para enderezar la economía y para reafirmar la defensa nacional y el prestigio de los Estados Unidos, venidos a menos con su gestión.

Tocará al Congreso examinar las propuestas de Obama, rechazarlas, enmendarlas o sustituirlas. Será una lucha ardua, pero el apetito por concentrar cada vez más el poder en el Ejecutivo con desemedro de las otras funciones del Estado y los derechos individuales, deberá ser bloqueado para sanidad de este país y del mundo.

Del mundo, porque si flaquean Estados Unidos en su posición de líder de la democracia, continuará acentuándose la antidemocracia como lo prueban las últimas estadísticas en varios continentes. Los lapsos dictatoriales entre capitalismo y capitalismo, por culpa de utopistas insensatos, solo causan terror, muerte, hambre y miseria.

Esas aventuras de colectivo masoquismo no las quieren, no las han querido nunca los norteamericanos desde la fundación de la República. La presencia de Obama y sus adeptos en la otra dirección solo debe considerarse como un extraño interludio en la historia de este gran país.