Saturday, November 6, 2010

Noviembre 06, 2010


QUÉ OCURRIÓ EL PASADO MARTES


Mucho se ha escrito sobre los resultados de las elecciones de medio tiempo en los Estados Unidos, que fueron un rechazo amplio y definitivo a las políticas estatistas de extrema izquierda del presidente Barack Hussein Obama, a menos de dos años de su gobierno.

Pero lo que acaso no se ha enfatizado lo suficiente es que dichos comicios confirmaron de modo inequívoco que la democracia en este país es la más sólida del mundo. La avalancha de un líder arrogante e inescrutable, que amenazaba con destruir a esta nación, fue detenida no con violencia, sino en las urnas.

Prueba, también, que la elección de Obama fue fortuita y resultante de una confluencia de factores negativos. Primeramente ganó las primarias del partido democráta por la resistencia que sucitaba su principal rival, Hillary Clinton, cónyuge del controversial presidente Bill.

La victoria de Obama despertó euforia, no solo por su condición de mulato, sino porque su biografía nunca bien revelada permitió mitificarlo, construyendo fácilmente mitos sobre lo desconocido. Y porque su contendor John McCain, republicano, era débil, ideológicamente ambiguo e incapaz de liderar una campaña para decir la verdad sobre Obama.

La maquinaria propagandística de Obama funcionó a la perfección. Logró, sin obstrucciones del lado contrario, crear una imagen mesiánica que resolvería todas las incertidumbres y penurias de la sociedad con el artilugio deslumbrante de su verbo.

Pronto la magia comenzó a desvanecerse. Se constató, por ejemplo, que el gran orador no era tal, sino un bien ejercitado lector de discursos preparados por sus ideológos y transcritos al teleprompter, de los que se ha valido no solo para ocasiones formales, lo cual es aconsejable, sino en aulas escolares e incluso en reuniones de gabinete ministerial.

Lo dicho no es solo anecdótico. Revela que tras él existe un grupo de ideólogos que lo manipula y al que sigue como fiel discípulo. Ellos y él se han propuesto concretar una agenda que transforme al sistema democrático y capitalista a cualquier costo, aún si la mayoría de la población la rechaza y se expresa así en votos.

Obama, con mayoría demócrata en el Congreso, logró que se aprueben leyes y reformas que han alterado ya al sistema y que será dificultoso enmendar. La ley que destruye al sistema privado de salud, para a la postre transferirlo al Estado incrementando costos y deteriorando y reduciendo los servicios, fue aprobada sin un solo voto republicano, lo que no tiene precedente histórico.

Igual ocurrió con la intervención en el sistema bancario y la industria de automotores, así como la excesiva emisión de dinero que ha elevado la deuda pública a la cifra sideral de 3 trillones de dólares y que seguirá en aumento si el ritmo de gasto continúa. El desempleo, en dos años, no se redujo como prometió sino que saltó del 5% al 9.6% en 2 años. El déficit fiscal por el excesivo gasto pretende reducirlo no bajando el gasto sino con más impuestos.

En el frente exterior, sus prédicas de perdón por los pecados cometidos por los Estados Unidos y su afán de dialogar con los líderes enemigos para concertar la paz, han sido inútiles y contraproducentes. El liderazgo de la Casa Blanca está tan bajo como con Jimmy Carter.

El descontento con Obama se traslucía en foros, en encuestas y la protección de la mayoría de medidos de comunicación de izquierda, no hacía sino exacerbar aún más el rechazo al equívoco líder. Pero éste seguía impertérrito e inflexible en sus propósitos.

En las últimas semanas previas a las elecciones del 2 de noviembre, Obama dejó la Oficina Oval e inclusive sus partidas de golf, para arremeter en una furiosa campaña en pro de sus candidatos demócratas a legisladores federales y estatales, así como de gobernadores.

Viajó en el avión presidencial a lo largo y ancho de la nación, con un alto costo fiscal y empleando un lenguaje insultante hacia sus rivales, mintiendo o tergiversando la historia. Sus esfuerzos fueron vanos y la victoria republicana fue aplastante: mas de 60 legisladores en la Cámara de Representantes, 6 senadores e inmensa mayoría en gobernadores y congresistas estatales.

Pero, al parecer y pese a la evidencia de su derrota, Obama y su equipo no cejarán en su cruzada por reducir las libertades individuales y la economía de mercado, para sustituirlas por una ingerencia cada vez mayor del Estado en los asuntos ciudadanos. Igual que en los peores modelos de estatismo tercermundistas o del estalinismo y nazismo.

La protesta, mérito democrático de los Estados Unidos, brotó espontánea en el pueblo: nació de “abajo”, no vino de “arriba”. Como nació en contra de los abusos de la corona británica por los impuestos al té y que originó la Guerra Americana anti colonialista.

Por eso el movimiento de rebeldía adoptó hoy, como entonces, el nombre de Tea Party, que además son las siglas de Taxed Enough Already o Basta Ya de Impuestos. Creció y fue el influjo determinante de la derrota de Obama, sin líderes particularizados. Al movimiento confluyeron por igual independientes, republicanos y demócratas.

El mensaje es claro. La elección de Obama fue una equivocación y hay que enmendarla. Porque él es portavoz y artífice del grupo radical (que detesta al sistema democrático y capitalista de este país), que siempre ha existido antes y después de la II Guerra Mundial pero que jamás ha detentado funciones gubernamentales de importancia, limitando su influjo a los medios, el Departamento de Estado, la docencia universitaria.

Obama es ejemplo ideal de ese producto. Y se encaramó al poder por error de táctica de la oposición y la fragilidad de sus líderes. Pero ese radicalismo no es popular, es todo lo contrario. Que ahora esté en el poder es una aberración de la historia y la demostración de ello son las elecciones del martes.

El obstáculo mayor ahora es, por cierto, que la fuerza política continuará en manos de Obama por lo menos por un par de años más. Pues no se gobierna desde el Congreso, aún si la Cámara de Representantes tiene absoluta mayoría de oposición. Pero ese poder ya no será el mismo que cuando Obama controlaba a su antojo a la Legislatura.

El mensaje del Tea Party, como queda advertido, es de crítica no solo a los demócratas, sino también a la elite republicana. Después de todo, la crisis de la economía no fue detenida en las postrimerías del gobierno de George W Bush, por su flojedad en frenar la debacle del mercado hipotecario.

El manejo hipotecario quebró por presión demócrata para que los bancos presten sin que el prestatario ofrezca garantías de pago. Si bien Bush propuso al Congreso medidas de correción, negadas por los demócratas, le faltó liderazgo para denunciar lo que estaba ocurriendo y generar un escándalo.

Obama pretende insinuar que el voto del martes no fue de censura a sus políticas sino a la falta de comunicación para persuadir a los ciudadanos acerca de la bondad de sus medidas. Es otra más de las falsías del “gran comunicador”. Su presencia casi diaria para convencer a los ciudadanos no fue de última hora sino desde el primer día de lanzamiento de sus ideas. Y fracasó.

Rehusó transar con el otro lado político, que presentaba propuestas alternas o modificaciones, con una frase tajante y ahora histórica: “Las votaciones tienen consecuencias y las gané yo”. Y punto. Ahora llama a sus rivales a conciliar, cosa que él rechazó.

El llamado parecería cuerdo, aceptable, patriótico. Pero la conciliación no debe implicar cesiones del vencedor, sino lo opuesto. El victorioso en una batalla impone condiciones al vencido, no viceversa. Y Obama ha indicado que no cederá nada de su agenda, por lo que se deduce que aspira a que sean sus rivales triunfantes los que concilien con él, con su agenda.

Si los republicanos, que son los beneficiarios directos del Tea Party, claudican, Obama tendría probablemente el camino allanado para su reelección en el 2012. En cuyo caso esa enorme “masa silenciosa” que se encarnó en el Tea Party y que hoy habló con voz extraordinariamente clara, habría “arado en el mar”.


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