Thursday, November 12, 2015

¿QUE NADIE GANÓ EL DEBATE?


Quienes dijeron en junio pasado que la candidatura de Donald Trump a la presidencia de la República por el partido republicano era una tomadura del pelo que duraría pocos días, ahora sostienen que en el cuarto debate del martes pasado entre los ocho candidatos, no hubo ganador.
Los mismos analistas, al constatar que la candidatura de Trump no solo que seguía sino que inalterablemente continuaba en la delantera, ahora hacen todo tipo de conjeturas para comparar su destreza para debatir con la de sus más próximos rivales que ellos preferirían que lo sustituyan: Ted Cruz y Marco Rubio.
Ya no mencionan a Jeb Bush, otrora su favorito, pues su desempeño ha sido deplorable acentuándose el rechazo popular por la principal causa: el pretender que se perpetúe la dinastía Bush, luego de que el padre George H. fuera Vicepresidente con Ronald Reagan y luego Presidente por un período y que su hermano George W. fuera Presidente por dos períodos.
Ciertamente que Cruz y Rubio son mejores y más fluídos oradores que Trump. Cruz es académico, defensor de litigios por mucho tiempo ante la Corte Suprema de Justicia y Rubio, también abogado, tiene vasta experiencia oratoria como presidente del Congreso de la Florida y ahora como senador federal.
Trump tiene otra personalidad. Es ejecutivo, de oratoria directa, no se adorna ni teme lo que se considera políticamente correcto y que tanto daño ha hecho a la sociedad de este país.  En cuanto a la forma, Rubio exhuda un casi incontenible torrente de palabras, que a veces marea y distrae al oyente. 
Ted Cruz es mucho más consistente en forma y fondo, pero se podría decir que es la versión en lenguaje académico del pensamiento de Trump, pues coincide y apoya la mayoría de sus postulados en cuanto a inmigración, seguridad interna y externa, restricción del gasto e impuestos. En contraste, Rubio es un equilibrista pro y anti establishment.
Lo que los analistas se resisten en admitir es que Trump es la fuente de las principales ideas con que se ha nutrido y estimulado esta campaña pre electoral desde que anunciara su candidatura en junio. La primera gran clarinada la dio al denunciar la inmigración ilegal y hasta el último debate del martes ha seguido siendo uno de los mayores temas de discusión.
Nadie osaba citar el tema por temor al qué dirán (PC). El asunto se ha radicalizado con la reiteración de Trump de que buscará la forma de expulsar a los ilegales (se calcula que hay casi 11 millones), como ya lo hiciera Eisenhower en 1954 con casi dos millones de mexicanos. Los opositores afirman que esa fue una medida cruel, imposible de repetir y comparable con el trágico transporte de esclavos del África a América. Lo cual es una falsedad.
Jeb Bush, que juntamente con Rubio es partidario de la amnistía, afirmó en el debate que una medida como la propuesta no rima con los principios de compasión de este país. En una ocasión anterior había dicho que los inmigrantes inmigran “por amor”. Él está casado con mexicana y bien sabe que las reglas de México para los inmigrantes son implacables.
(En reciente encuesta, en la que se averigua quién estaría mejor calificado para manejar el problema de la inmigración ilegal, Trump obtuvo el 49% frente al 13% de su inmediato contendor, Cruz. Las noticias llegadas de Europa sobre la desastrosa invasión árabe debieron haber influído en el resultado)
Trump también ha dado la iniciativa para que se discuta con vehemencia el problema de mal trato a los veteranos de guerra. Todos lo hacen ahora y todos prometen solucionarlo, pero solo él ha presentado un programa concreto para lograrlo, que involucra al sector privado de salud.
Se mofaron cuando, al tocar el problema de Medio Oriente, el ISIS y los terroristas musulmanes, dijo que había que empezar por cortar las fuentes de ingresos de los asesinos: los pozos petroleros que quedaron en manos del Iraq, país abandonado por Obama a los terroristas. En el debate del martes, varios de los candidatos apoyaron esa idea.
Puesto que Obama se negó a enfrentar a los terroristas musulmanes y nunca los calificó como tales, Trump dijo que la intervención de Putin para hacerlo era bienvenida. Rubio, Fiorina y otros le criticaron, sugiriendo que Putin era un gangster con quien no se debía dialogar y que más bien había que crear una “no fly zone” en Siria y regiones aledañas, para intimidarlo.
Fue el candidato Rand Paul quien demolió esas propuestas. No dialogar con Putin es absurdo y fijar una zona prohibida de vuelo, donde aviones rusos de hecho ya están volando, para bombardearlos sería desatar una guerra imbécil e injustificada.
En asuntos económicos, Trump se desenvuelve con facilidad. Tiene escrito un proyecto de reformas tributarias que estimularían el regreso de capitales al país, fomentaría el ahorro y la inversión y crearía el marco propicio para volver a crear fuentes de empleo desvanecidas luego de casi ocho años del gobierno de Obama.
Paralela y solitariamente, aboga por la revisión de los tratados de comercio en la convicción de que no están negociados para beneficiar equitativamente a los Estados. Sobre todo impugnó el reciente Tratado del Pacífico, con casi 6.000 páginas de texto, que lateralmente beneficiaría a China y acentuaría la pérdida de empleos, producción y productividad en este país.
Diarios de la talla del The Wall Street Journal lo han criticado señalando que su actitud sería proteccionista, como la del presidente Hoover a causa de la cual se desencadenó la Gran Depresión en los años 1930. Trump aclaró que es ardiente defensor del libre comercio pero en igualdad de condiciones. Jamás he hablado de provocar una guerra de aranceles, dijo.
Las últimas encuestas tras el dabate en FoxBusiness indican que Trump y Cruz casi igualan en puntaje, con Rubio y Ben Carson retrasados. Se destaca que los dos punteros son anti establishment y que Rubio, pese a sus habilidades oratorias, queda relegado precisamente por esa ambigüedad que atrae al establishment.
Es muy probable que en la votación por la nominación a mediados del próximo año Trump se imponga, seguido por Ted Cruz. Como lo acaba de decir la escritora y columnista Michelle Malkin, la gente siente en Trump “an alpha male in a sea of betas on Capitol Hill”: un alfa macho en un mar de betas en el Capitolio. 
Es decir, sienten al macho dominante, al líder nato, al que conduce y guía en medio de una sociedad cada vez más feminizada y homosexualizada, que con Obama ha ido perdiendo su fe en la victoria y la esperanza. 
La declinación en Estados Unidos ha sido el fruto de un lavado a las conciencias a través del mensaje socialista/marxista difundido en la academia, los demás centros educativos controlados por los sindicatos y a través de los principales medios de comunicación, a los que por cierto ya denunció Trump y luego todos se sumaron .
El daño es impresionante, pero no irreparable si a la Casa Blanca llega el “alfa macho” que la mayoría de la población intuye es Trump, más un Congreso de propósitos afines. Juntos podrían frenar a una Corte Suprema de Justicia que, en conspiración con el Ejecutivo, se ha dedicado a destrozar la Constitución para hacer de esta nación una muy distinta a la que quisieron sus fundadores.
Con Trump (Cruz podría ser su compañero de binomio y prepararse para sucederlo luego en la Casa Blanca) se iniciaría en el 2017 no una “revolución”, sino un proceso de reconstrucción de la república, vulnerada por ocho años de gobierno socialista/marxista de Obama con los desechos del partido demócrata que lo han respaldado.  

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