Friday, March 24, 2017

CON ESOS AMIGOS...

Para qué enemigos. Donald J. Trump acaba de sufrir una primera derrota espectacular en su naciente gobierno, no a manos de los legisladores de la oposición demócrata en el Congreso sino de un grupo de republicanos que se negaron a aceptar su propuesta para derogar el Obamacare.
Es probable que algunas de sus objeciones pudieron ser razonables, pero lo que a la postre no ha sido razonable es que se negaran a respaldar al líder del GOP, que ha comenzado a demostrar entereza y honestidad para cumplir sus promesas de campaña, una de las cuales era archivar esa ley de salud socialista que además está quebrada.
El Obamacare fue el mayor proyecto de interferencia en los sistemas privados de salud del país, con la meta de ponerlos bajo el control del Estado. Para ello obligó a todo ciudadano a adquirir una póliza so pena de una multa camuflada de impuesto, para que los jóvenes contribuyan al subsidio del seguro de ancianos, indigentes y con dolencias previas.
Obamacare fue aprobado con el voto unánime de los demócratas pero sin un solo voto republicano y cuando las encuestas rechazaban el proyecto con el 64%. El sistema privado de salud americano era y aún es el mejor del mundo y el  solo vacío era crear planes para facilitar el acceso de más ciudadanos al sistema, mediante incentivos y no por coerción inconstitucional.
En la campaña electoral, Trump prometió que con urgencia propondría la derogación de la ley, por desfinanciada y por inconstitucional. Hablaba y aún se habla, de la necesidad de un inmediato reemplazo, pero lo cierto es que no lo requiere, porque lo que existía, el sistema libre, sigue existiendo y solo espera ser vigorizado.
Pero el Obamacare, cuyo proyecto original fue de 2.400 páginas que nadie leyó antes de aprobarlo, es una telaraña que entreteje unas medidas con otras y que para desenredarla se necesita seguir varios pasos para evitar el perjuicio a millones de ciudadanos que se vieron atrapados por la fuerza a uncirse a esa ley. 
Trump, junto con el presidente de la Cámara Baja Paul Ryan, el ministro de Salud Tom Price y otros expertos y legisladores, prepararon un proyecto en tres etapas para sustituir al Obamacare, que básicamenter suprimiera el mandato inconstitucional y permitiera estímulos y facilidades para que opere con mayor libertad y competencia el mercado de la oferta de pólizas de salud y medicinas baratas.
Para aprobar la resolución se precisaban 216 votos y esta tarde, cuando era inequívoco que no se llegaría a esa cifra, se acordó retirarla de la votación y esperar a futuro alguna nueva negociación. Mientras tanto, seguirá en vigencia el Obamacare, que colapsará pues no habrá apoyo ni del Congreso ni del Gobierno para nuevos subsidios.
La versión original de la propuesta Trump preveía una baja del déficit fiscal de 360.000 millones de dólares. En el curso de las negociaciones para tratar de persuadir a los republicanos disidentes, esa cifra comenzó a bajar. Ahora esa perspectiva queda eliminada, lo que dificultará la otra gran meta de campaña del Presidente sobre reducción de impuestos.
El “gran negociador” sin duda ha recibido un significativo revés, sobre todo referente a su imagen como “ganador perpetuo”. La oposición dentro del GOP y entre los demócratas y los medios de comunicación se regocijan por esta derrota y alientan la esperanza de que vendrán muchas otras. La personalidad y la entereza del liderazgo de Trump atravesarán sin duda alguna por duras pruebas para demostrarles lo contrario.
Al menos en cuanto a la denuncia que hizo sobre el espionaje de Obama y sus agentes luego de ser elegido y hasta su posesión, parece confirmarse y solo se aguarda que las pruebas las haga públicas el diputados Davin Núñez, republicano de California y jefe del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes.
Aparentemente en el complot está involucrado el Director del FBI, James Comey, el mismo personaje que permitió a Hillary Clinton seguir en la campaña electoral presidencial, pese a que debió ir a la cárcel por perjurio y uso indebido y destrucción de información secreta del Departamento de Estado. 
Él, y seguro que Obama, saben cómo se tramó dar a los reporteros del NYTimes y Washington Post los textos de las conversaciones telefónicas de Trump con el Presidente de México y el Primer Ministro de Australia y las del general Michael Flynn con el embajador ruso. Éste ya había sido nombrado Director de Inteligencia, pero tras esa denuncia ilegal, tuvo que renunciar.

El espionaje y la revelación de los nombres son delitos que la ley castiga con severidad.

Tuesday, March 21, 2017

¿ES RUSIA SU ÚLTIMO RECURSO?

La gente que aún piensa de modo independiente sin verse obnubilada por la cosmovisión “progresista” de los demócratas, observa estupefacta cómo se acentúa la maniobra para tratar de desligitimizar la elección de Donald J. Trump como Presidente de la República, por una supuesta consipiración rusa.
Ayer le tocó el turno al Director del FBI, James Comey, republicano  elegido por otro republicano, George W. Bush. Comey ha resultado ser tan republicano como John Roberts, otro republicano propuesto por Bush para la Corte Suprema de Justicia que con su voto avaló el Obamacare pese a ser una ley es inconstitucional.
El Director del FBI fue quien dijo que Hillary Clinton, cuando era Secretaria de Estado, no tuvo malas intenciones al almacenar información secreta en un computador de su domicilio y luego borrar más de 30.000 emails para evitar que le investiguen y sancionen por fraude y traición. La Fiscal de Obama, Loretta Lynch, la exculpó y Hillary siguió de candidata en lugar de ir a la cárcel.
En la audiencia que Comey tuvo ayer con el comité de legisladores no pudo ser más servicial a la causa de Obama y los demócratas. Para el total deleite de ellos, afirmó que está abierta la investigación para determinar los vínculos de Trump y su equipo electoral con Rusia para que intervengan en su favor en el proceso electoral.
Paralelamente, expresó que no había pruebas acerca de la acusación de Trump de que Obama le hubiese espiado durante la campaña, dando a entender que mintió y que el caso está cerrado, en contraste con el relativo a la “conspiración rusa”. Pese a decir que el asunto está en investigación, adelantó su propia conclusión de que la intervención rusa es innegable.
No obstante, lo que es innegable es que no existe prueba alguna, primero de que los rusos hayan intervenido en las elecciones y en qué forma y con qué fines, ni que en ese proyecto haya habido la complicidad de Trump y sus colaboradores. En cambio, son hecho reales que hubo espionaje de parte de agentes al servicio de Obama, antes y después de la posesión de Trump.
Los diarios The New York Times y The Washington Post recibieron de esos agentes las transcripciones de las conversaciones confidenciales tenidas por Trump con el Presidente de México y el Primer Ministro de Australia y luego de la conversación del general Michael Flynn con el embajador ruso en Washington. Flynn había sido elegido Directror Nacional de Seguridad. 
Pero tuvo que renunciar, pues este detalle del diálogo con el embajador no lo había mencionado al Vicepresidente Mike Pence, quien en una entrevista por TV dijo que el general le aseguró que nunca tuvo contacto con los rusos. Más tarde se supo que Flynn recibía dinero de Erdogan de Turquía, al que servía como cabildero, lo que le descalificaba aún más.
La revelación no autorizada de tales conversaciones constituye un delito penado hasta con diez años de cárcel. No obstante, Comey a una pregunta de un senador dijo que no podía garantizar que investigaría hasta identificar a los agentes, para denunciarlos y sancionarlos. Pero si estuvo de acuerdo en que el delito era mayor. ¿Quién autorizó entregar la información a los dos diarios? Quizás el mismo Comey.
En todo caso, cuando Trump dijo en su twitter que Obama lo había espiado no se equivocaba. Alguien de su gobierno lo hizo, alguien de los suyos autorizó la divulgación y él debió saberlo y tácitamente consentirlo. ¿Quién es a la postre responsable de los actos de un gobierno sino el gobernante? Eso lo sabe Comey y por eso busca protegerlo.
De otro lado, subsiste la incógnita acerca de los supuestos objetivos rusos para intervenir en las elecciones de los Estados Unidos y socavar su “integridad”. Comey negó que los rusos hayan alterado los resultados de los votos en siete u ocho Estados que votaron “rojo” siendo usualmente “azules”. Se reduciría entonces la intervención a la propalación de emails del partido demócrata por WikiLeaks, casi al cierre de la campaña.
Pero esos emails, sobre todo los enviados por el jefe de la campaña John Podesta, revelaban todo menos “integridad” y pulcritud en el proceso. Eran dictados para debilitar al opositor de Hillary en las primarias demócratas, Bernie Sanders, mediante acciones fraudulentas e inmorales. Habría que agradecer a los rusos por la denuncia, si se la utilizara para enmendar tanto daño al proceso.
Pero ni los mismos demócratas están convencidos de que a una hora tan tardía esos emails pudieron influir en los resultados. La suerte ya había estado echada en favor de Trump, aunque los demos estaban seguros hasta último instante de que Hillary sería la vencedora. El fantasma ruso solo aparece después de la derrota.
Agotado todo otro recurso, a los demos parece no quedarles sino la esperanza de abultar la fantasía de la intervención rusa para desacreditar la victoria de Trump. Pero son esfuerzos que no conducirán a nada sino al mayor debilitamiento y desprestigio del partido. Algunos líderes del partido demócrata comienzan a dar señales de lucidez en ese sentido. Ojalá que ese rasgo de madurez se esparza lo más pronto posible entre ellos.

Thursday, March 16, 2017

DE LAS OFERTAS A LA ACCIÓN

El Presidente Donald Trump continúa en su coherente e indetenible tarea de convertir sus promesas de campaña en realidad. Su última significativa acción ha sido anunciar la proforma presupuestaria, en la que se incluyen el aumento del gasto militar y el corte del gasto superfluo.
Su predecesor, Barack Obama, gobernó ocho años prácticamente sin que se sujetara a un presupuesto preciso, sino provisional. Ahora el Congreso tendrá un documento concreto para aprobarlo, con delineaciones y doctrina precisas que implican un cambio cultural profundo.
Las Fuerzas Armadas tendrán una partida de 54.000 millones de dólares con lo cual podrán renovar sus equipos, algunos carentes inclusive de los repuestos indispensables. Se completará el personal donde falte y habrá un severo control en los procesos de adquisición de equipos para evitar los sobreprecios y el despilfarro.
El principio de Trump, que era el de Reagan y es el de cualquier estadista con sentido común, se basa en la convicción de que la paz se respalda en la fuerza, que la ley se irrespeta si falla la autoridad que la haga cumplir. Los Estados Unidos volverán a convertirse en la mayor potencia militar del mundo, dice Tump, siempre esperanzados en no tener que utilizarla jamás.
Es una opinión distinta a la de Obama y los progresistas, que desdeñan a la institución militar de los Estados Unidos y menosprecian su desempeño en favor de la paz durante las dos guerras mundiales y las sucesivas tanto en Corea como en Vietnam y últimamente frente al terrorismo musulmán. Esa visión negativa termina con Trump.
Paralelamente, con Trump se incrementan los presupuestos de agencias de seguridad interna y de fronteras y se reducen los gastos superfluos de ayuda exterior como la AID que terminaron subsidiando a gobiernos corruptos del tercer mundo o a organismos como las Naciones Unidas y la OEA que traicionaron los principios de defensa de la libertad por los cuales fueron fundados.
La ONU, por ejemplo, subsidiada por los Estados Unidos, se ha convertido en tribuna de los mayores opositores sin causa del país que es además sede del organismo en Manhattan. Ahora es una madriguera en la que vociferan los musulmanes extremistas, cuyo objetivo primordial es arremeter contra Israel y su aliado norteamericano.
En cuanto a la OEA, se ha distorsionado su misión al punto de volverse protectiva de dictaduras como la de los Castro en Cuba. Lo fué de Chávez de Venezuela, aunque últimamente ha adoptado un tono de censura contra Maduro. Pero éste tiene el respaldo de Correa, Morales, Ortega y otros gobernantes que incluso han sugerido llevar la sede de la OEA fuera de Washington para asentarla en UNASUR, sin los Estados Unidos. Sería una buena opción.
Como buen hombre de negocios, Trump no quiere elevar el gasto militar con más impuestos, sino bajando gastos, reduciendo burocracia inútil. En la EPA, agencia para la defensa del medio ambiente que sigue la fantasía del “calentamiento global”, el corte presupuestario será alto y 3.000 empleados tendrán que buscar empleo en el sector privado.
Parecidos cortes habrá en infinidad de agencias para supuestos estímulos de las artes, radios y TV públicas, calefacción para los pobres, subsidios de alimentos, donaciones para increíbles a inútiles investigaciones. Las asignaciones fiscales no han servido sino para abultar la burocracia y la dependencia y esparcir entre sus usuarios la doctrina “progresista”.
Ese “progresismo” es el que ha ido abultando el “gobierno administrativo” con casi 8.000 regulaciones dictadas sin aprobación del Congreso. Son leyes creadas por burócratas no elegidos por voto popular, que dictan regulaciones y sanciones sin responsabilidad y ocasionan interferencias desastrosas en la evolución del mercado y la inversión.
Esa telaraña de regulaciones las comienza a desmantelar el gobierno de Trump y la gente comienza a sentir sus beneficios de inmediato. Ayer estuvo en Detroit, otrora capital mundial de la industria automotriz, para anunciar que cancelaba regulaciones obstructivas sobre emisiones y ello generará un boom en la producción de vehículos de todo tipo, sobre todo de los pequeños que tenían que fabricarse en México.
Y continuará bregando porque se apruebe el proyecto para terminar con el Obamacare, que algunos republicanos objetan. El objetivo es acabar con el mandato inconstitucional para que los ciudadanos adquieran pólizas de seguro o paguen multas, a fin de que lo hagan voluntariamente. Para que ésto ocurra, habrá que crear estímulos tributarios para el ahorro, pero en la transición, muchos quedarán sin póliza.
Ello iba a ocurrir de todos modos con el Obamacare, que falló en cuanto a que los nuevos afiliados no fueron 30 millones sino 9. En consecuencia faltó dinero por aportes y multas y el bache tenía que cubrirse con más y más dinero fiscal. Las aseguradoras se marcharon, las primas y los costos de atención subieron y si no había reforma al Obamacare, o sea más dinero fiscal, el proyecto colapsaba.
Trump ha dicho que podía haberse elegido esa vía, no actuar y dejar que el Obamacare se derrumbe sin más subsidio estatal para escarnio de los que la crearon, exclusivamente demócratas. Pero ello perjudicaría a muchos ciudadanos sumidos en la trampa a los que había que rescatar del modo como ahora propone el Trump team: una transición en tres etapas.
El propósito parte del hecho de que ningún demócrata apoyará el proyecto por lo cual en la primera etapa la Cámara de Representantes lo aprobará y luego, en Conciliación, las dos cámaras en conjunto por simple mayoría de votos (en el Senado, los republicanos tienen 52 votos, 50 casi seguros, pero no los minimos 60 del total de 100). 
En la tercera etapa habrá la definición, en la cual se dejará que el mercado sea el que decida las mejores opciones de seguro para el ciudadano, sin la limitación de fronteras, en libre competencia, que también abarcará el ámbito de la producción y mercadeo de fármacos pues en la actualidad los productos de una misma productora son mucho más caros aquí que en el Canadá o Europa.
Una vez superado el escollo del Obamacare, que por si solo implicará baja en el déficit ded 370.000 millones de dólares, Trump y su equipo entrarán de lleno en el prometido esfuerzo por desarmar la innecesaria barrera de impuestos a ciudadanos, corporaciones y empresas grandes, medianas y pequeñas que impiden su desarrollo, con más inversión y empleo. Esa será puerta abierta a una mayor prosperidad general.

Tuesday, March 14, 2017

UN DÉBIL MENTAL EN LA CASA BLANCA

Uno de los legisladores de la oposición, no importa de qué partido, acaba de decir que Donald Trump no está mentalmente calificado para ejercer la presidencia de la República porque se pasa en vela las noches, ocupado en chequear los “ratings” del programa The Apprentice.
El Aprendiz era un programa de TV que él dirigió por algunos años y que lo hizo muy popular. Al lanzarse a la campaña electoral en junio del 2015, lo abandonó y del programa se hizo cargo más tarde el actor nacido austríaco Arnold Schwarzenegger, pero fracasó.
Schwarzenegger tuvo éxito en películas de acción y fue electo gobernador de California como republicano. Su gestión fue deplorable. En la pasada campaña presidencial fue anti Trump, favoreció a otro candidato y fue por ello que el actual Presidente le dedicó un tweet mofándose de él por los bajos “ratings” que lograba, hasta que el actor se vió obligado a renunciar.
Eso fue todo. Pero hay que entender que la acusación del legislador forma parte de la incesante campaña de tergiversaciones y mentiras sobre Trump que despliegan los opositores y los medios de comunicación que los secundan, encabezados por The New York Times y The Washington Post y las cadenas de TV CNN, MSNBC, ABC, CBS y demás.
El actual mandatario podría aparecer que no duerme, pero no porque se ocupe de nimiedades sino por el ritmo febril que ha impreso para cumplir las promesas de campaña en el menor tiempo posible. Con ayuda de quizás el mejor gabinete ministerial de los últimos tiempos y un equipo de asesores de probidad intachable, en menos de 60 días ha hecho más que muchos de sus predecesores.
Ha comenzado de inmediato a desmantelar el “gobierno administrativo” con el cual los “progresistas” ponen de lado al Congreso para dictar leyes y regulaciones sin atribuciones constitucionales y sin responsabilidad por sus efectos. Y por primera vez está cortando de tajo los excesos de gasto público en burocracia inútil y parásita, tanto en el ámbito interno como externo, singularmente en Naciones Unidos y AID.
Igualmente ha resuelto  “tomar el toro por los cuernos” y acabar con el Obamacare, que fue el proyecto socialista de mayor evergadura diseñado por su predecesor para atrofiar el sistema de libre mercado y competencia inherente a la Declaración de la Independencia y la Constitución del Siglo XXVIII, que los demócratas y “progresistas” de los dos partidos consideran obsoleta e inapropiada para los tiempos modernos.
Lo que se propone Trump  es eliminar el mandato inconstitucional para que los ciudadanos adquieran un seguro de salud, so pena de pagar una multa de montos crecientes. El proyecto de ley debió haber sido rechazado por la Corte Suprema de Justicia por inconstitiucional, pero se lo aprobó con el voto traidor del juez republicano John Roberts, Presidente de la Corte.
Obamacare subsidia a los que no tienen capacidad de pago, lo que representa una carga fiscal adicional. Lo que busca Trump es abrir las fronteras estatales a la libre competencia de las aseguradoras, que ahora no existe, atraer con incentivos de ahorro para que la gente sin seguro adquiera pólizas a su albedrío y no forzada y aplicar esquemas desreguladores para reducir los precios de los medicamentos y atenciones médicas.
En otras palabras, no trata de sustituir el Obamacare por un Trumpcare sino eliminar el Obamacare socialista, que está quebrado y vigorizar el sistema de cuidado de la salud de libre mercado existente, que ha probado ser el más eficiente del mundo, pero cuya cobertura debe ampliarse no con más interferencia estatal, sinónimo de corrupción, sino con más iniciativas del sector empresarial privado.
Los opositores y los medios han sobredimensionado la importancia de las opiniones discrepantes dentro del GOP, presagiando que el Obamacare sobrevivirá. Nada de eso ocurrirá. Lo que pasa es que el partido republicano no es un partido rebañego, como el demócrata. El Obamacare se aprobó sin un solo voto discordante demócrata y sin un solo voto republicano a favor. Y contra el 64% de la oposición popular.
Nancy Pelosi, que era líder demócrata cuando se aprobó la ley, tuvo una frase ya histórica para sus coidearios vacilantes: “Votad, no necesitáis leer la ley (de 2.400 páginas). Luego de que la aprobéis podréis leer su contenido y sabréis de qué se trata...” Y así, sumisos, procedieron. La revocatoria de la ley Obama de Trump, en tres etapas, tiene un total 120 páginas.

Monday, March 6, 2017

PRUEBAS, PRUEBAS, PRUEBAS...

Desde el instante mismo en que Donald Trump divulgó en la mañana del sábado pasado sus tweets para denunciar que Obama había dispuesto  que se interfieran sus teléfonos durante la campaña presidencial, la queja de los demócratas y de los medios fue: lo dice sin pruebas.
Pero cuando la candidata demócrata Hillary Clinton perdió aparatosamente frente a Trump, sus partidarios comenzaron a tejer el cuento de que fueron los rusos, al mando de Putin, los que inclinaron la balanza de los comicios en su contra, interviniendo faudulentamente en la campaña. 
Ninguno de los denunciantes demócratas ni ninguno de los reporteros de los medios afines a la corriente “progresista” de ese partido han exhibido prueba alguna demostrativa de que los rusos maniobraron de alguna forma para seducir a más de la mitad de los votantes norteamericanos en favor de Trump y en contra de Hillary.
Lo único evidente es la filtración de los emails de la campaña de Hillary via WikiLeaks, especialmente del dirigente John Podesta, que dejaron al descubierto los juegos sucios para desprestigiar en las primarias a Bernie Sanders, el rival de la candidata. Jamás han probado que la filtración fuera obra de los rusos, aunque circula en Youtube el video de quien se atribuye serlo, un ahora ex-agente de la CIA.
No obstante, ningún medio anti Trump pone en duda la veracidad de que Putin y sus subalternos hayan intervenido en las elecciones de los Estados Unidos para corromperlo. Nadie observa que si se denuncia corrupción, el efecto buscado sería corregirla. Pero alguien si advirtió que Putin no es un idiota como para intervenir en favor de Trump, en unos comicios en los que todos daban por descontada la victoria de Hillary.
Con los últimos tweets, Trump da a conocer además que Obama tramaba desde mediados del año pasado tender una trampa a Trump con los rusos. Hay documentos que los mismos medios como The New York Times y The Washington Post publican, indicativos de que fue negado un primer pedido de autorización a FISA en junio del 2016 para vigilar a Trump y su equipo, pero que luego la negativa se revisó en octubre y procedió. No importa si la orden provino directamente de Obama o de la Fiscal General Loretta Lynch: ésta siempre actuó bajo sus órdenes. 
Consecuentemente, a diferencia de los demócratas con el asunto Putin/Trump, el Presidente no tiene que probar nada porque las pruebas están dadas. Ahora el caso lo ha puesto en manos del Congreso, para que lo agregue al ya iniciado para investigar las supuestas conexiones de la campaña Trump con la Inteligencia rusa.
Es una manera astuta de fusionar las dos acusaciones, la una carente de pruebas sobre la pretendida causa del fracaso de Hillary por la “mágica” intervención de los rusos y la otra, con pruebas, sobre los abusos de poder de Obama al intervenir y espiar a un candidato presidencial, lo cual eclipsa el impacto que tuvo el escándalo Watergate con el Presidente Nixon en el decenio de 1970.
FISA se creó en 1978 para autorizar el espionaje a individuos e instituciones sobre los cuales recaen sospechas probables de ser agentes no registrados al servicio de potencias extranjeras. La investigación podría culminar con el llamado a Obama al Congreso a declarar bajo juramento. Y la exoneración de culpa de Trump por falta de pruebas en cuanto a sus supuestos nexos con Putin.

Thursday, March 2, 2017

INFANTILISMO DEMÓCRATA

Los demócratas y “progresistas” de todo espectro político están llegando a extremos de locura o infantilismo al insistir en que Hillary Clinton, su candidata perdedora, fue presa de una conspiración rusa en las elecciones presidenciales en favor de Donald Trump.
Ahora quieren que el recién posesionado Fiscal General, senador Jeff Sessions, renuncie porque en el interrogatorio al que fue sometido en el Senado, previo a su nombramiento, no confesó que había conversado en dos ocasiones con el embajador ruso Sergey Kiolyak, durante la campaña.
Lo acusan de perjurio, pero Sessions aclara que la pregunta específica se refería a si había conversado con funcionarios del gobierno ruso acerca de asuntos relativos a la campaña, lo cual negó. En ese entonces, Sessions era miembro del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado y conversó con el embajador  en un coctel (y en su oficina, durante una visita protocolaria del embajador, en la que no se trató de ningún hacker a Hillary).
Los medios audiovisuales afines al partido demócrata y contrarios a Trump han magnificado el supuesto perjurio y presionan para que Sessions ceda o se abstenga de participar en una investigación independiente sobre la supuesta vinculación Trump y de gente de su campaña con Rusia y Putin, para “corromper” el pasado proceso eleccionario.
El propio Fiscal General y varios altos dirigentes republicanos han admitido que, de comprobarse que existe alguna prueba de nexos o complicidad con Rusia para cambiar el curso de las elecciones en los Estados Unidos, lo procedente sería que haya una investigación y que el Fiscal designe a un Investigador Independiente, como manda la ley.
Mientras ello no ocurra, no hay base para instaurar juicio alguno, ni menos para sugerir que Jeff Sessions renuncie. Así lo han dicho los republicanos que han sido entrevistados y el propio Fiscal, pero la versión de los medios es que el GOP está fraccionado y que una de las fracciones “exige” que Sessions se retire por haber mentido bajo juramento ante el Senado.
Aparte de la evolución reciente del “affaire ruso” ¿qué se proponen probar los demócratas? ¿De qué manera Putin y su enclave influyeron de manera tan eficaz para inclinar la votación de los ciudadanos en pro de Trump con una mayoría de 306 votos electorales frente a solo 232 de Hillary? ¿Fue acaso falsificando boletas, comprando votos, hackeando las urnas de  votación electrónica?
No. La sola información que se tiene hasta la fecha es que supuestamente los agentes de Putin hackearon las computadoras del comité electoral de Hillary y robaron emails de Podesta y otros dirigentes de la campaña para entregarlos para su difusión a Julian Assange, de WikiLeaks, refugiado en la embajada del Ecuador en Londres.
El contenido de los emails nada tiene que ver con Trump. Se referían al manejo corrupto de ese partido en la campaña para deshacerse de Bernie Sanders, rival de Hillary en las primarias. WikiLeaks no obtuvo filtraciones del GOP, porque este partido blindó sus computadores por consejo que dio el FBI a los dos partidos.
La divulgación de los emails ocurrió avanzada la campaña y es difícil saber si influyó y en qué medida en el discernimiento de los votantes, expuestos a una vibrante campaña por casi dos años. En todo caso, lo que expuso no fue sino un esquema de la corrupción en el proceso, que significó inclusive el despido de varios dirigentes del partido demócrata.
Claro que la intrusión en los asuntos internos por parte de agentes de otra nación es condenable. Pero en este caso, si se comprobare que en efecto fueron los rusos los hackeadores, habría que reclamarles por la intrusión, pero al mismo tiempo agradecerles por aleccionadores. Las elecciones, en una democracia como la de Estados Unidos, tienen que ser limpias. Y ha quedado demostrado que no lo fueron en el lado demócrata, presuntamente gracias a los rusos.
Que hayan sido los rusos los hackeadores sigue siendo especulativo por  parte de los demócratas/progresistas, cerebralmente afectados por la pérdida de Hillary en las pasadas elecciones y por el brillante discurso que Trump acaba de pronunciar ante el Congreso en Pleno. Si tienen pruebas concretas de la supuesta conspiración ¿por qué no las exhiben? 
Y si hay tales pruebas ¿se circunscriben éstas a los emails de WikiLeaks? Si es así, sería penoso, muy penoso para el partido rival del GOP.

Monday, February 27, 2017

LA MENTIRA NO ESTÁ PROTEGIDA

Han sido continuas las quejas del Presidente Donald Trump por la falta de profesionalismo de los principales medios de comunicación de este país, en cuanto a la cobertura y análisis de sus actividades durante la campaña electoral y ahora como gobernante.
A la mayoría los acusa de idear y divulgar “fake news”, noticias falsas, por lo cual inclusive les llegó a tildar de “partido de oposición” y como “enemigos del pueblo”. Los aludidos han reaccionado indignados diciendo que está atentando contra “la Primera Enmienda”. 
Se refieren a la primera de las diez enmiendas incoporadas en The Bill of Rights de la Constitución de los Estados Unidos, aprobadas en 1791 y que garantizan la libertad religiosa, la libre expresión y de prensa, de reunión y de petición.
La enmienda prohibe específicamente al Congreso dictar ley o regulación alguna que coarte o limite tales derechos y libertades, lo cual concuerda con el principio de la Constitución y la Declaración de la Independencia de que los gobiernos se forman para garantizar los derechos inidividuales, no para sofocarlos ni regularlos.
La libre expresión, vocal y escrita, es indispensable para recordar de modo permanente a los gobiernos que sus representantes son responsables ante sus electores, que son temporales y alternativos y que su gestión está en vigilancia para evitar abusos de poder y corrupción.
Pero la I Enmienda no ampara la mentira, mucho menos si se la utiliza como arma manipulada por una coalición de medios audivisuales corporarativos que se unen para desestabilizar a un Presidente elegido legítimamente, con apenas pocas semanas de posesionado.
Trump no se queja de los medios de oposición, les da la bienvenida porque comprende que son parte del sistema democrático. Lo que reclama es honestidad y profesionalismo, con rechazo a la imbricación de la noticia con una opinión sesgada en contra del que genera la noticia.
Los ejemplos son múltiples. Cuando Trump censura a los medios de difundir “fake news”, los medios aludidos suprimen el adjetivo “fake” o falsos y afirman que Trump se ha declarado enemigo “de los medios (en general) que los critican”, lo cual sería violatorio de las garantías de la Primera Enmienda Constitucional.
De allí parten para sostener que Trump es autoritario, que su intención es suprimir la libertad de prensa, acaso para convertirse en un Lenín o Hitler. No mencionan que durante y después de la campaña electoral, ningún otro candidato fue tan abierto a las conferencias de prensa como él, actitud que la mantuvo más tarde como Electo y Posesionado.
Desde un comienzo Trump prometió poner freno al ingreso de inmigrantes ilegales y, que si triunfaba en las elecciones, que los expulsaría iniciando la batida contra los que hubieren cometido crímenes. Siempre ha argumentado que su decisión está basada en la ley.
Los medios han distorsionado su pensamiento. Afirman que aborrece de la inmigración y que quiere suprimirla. Cuando pide énfasis en el control de la llegada de refugiados de países terroristas y la veda temporal desde algunos de ellos, sostienen que está prohibiendo el ingresos de musulmanes, solo por su condición religiosa.
En el tema de comercio, dijo en la campaña que revisará los tratados que no estén generando beneficios a los Estados Unidos y que más bien estimulan la fuga de capitales y pérdida de empleos. La intepretación de los medios es que Trump busca el aislacionismo y una retaliación tributaria que podría conducir a una guerra comercial global.
Cuando se refiere a terminar la construcción del muro divisorio con México, autorizada por el Congreso en el 2006, Trump dijo que era necesario para reducir el flujo de ilegales de ese país, de otros de Latinoamérica, de Asia y Europa. Entre los que se filtran, dijo, es innegable que hay maleantes, violadores, narcotraficantes, gente que quiere hacer daño al país.
De inmediato vino la hipérbole de los medios de oposición. Trump acusa a los mexicanos que cruzan la frontera de ser todos delincuentes, violadores y narcotraficantes, dijeron. Desde entonces no cesan las notas y documentales que tratan de demonizar a Trump como verdugo de las víctimas inocentes que violan la frontera tras huir de sus países de origen.
La histeria sube de punto con el caso de Rusia y Putin. Derrotada la demócrata Hillary Clinton, que ellos apoyaban, no encontraron mejor explicación para el inesperado fracaso que la supuesta intervención de Putin en las elecciones en favor de Trump. La aparente pista la encontraron en los WikiLeaks que difundieron los emails de la directiva de la campaña de Hillary.
Esa pista es absurda y toda la trama subsiguiente es igual. Los emails no fueron entregados por la inteligencia rusa a WikiLeaks sino por agentes de la inteligencia norteamericana. No tenían el propósito de favorecer al billonario Trump sino poner al descubierto la corrupción de Hillary y su entorno, con el caso por añadidura de los 33.000 emails que ella ocultó cuando era Secretaria de Estado.
Putin ha negado toda complicidad en el asunto, como lo ha hecho Trump. Obama y Hillary, los medios y políticos de oposición de ambos partidos reclaman una investigación, pero nadie tiene ninguna prueba ni cierta ni nebulosa. Nancy Pelosi, demócrata de la Cámara de Representantes, inclusive pide que se investigue cuánto dinero le dio Putin al multibillonario Trump para la campaña.
¿Qué afinidad podría existir entre Putin, el ex Director de la KGB y Trump? Más bien podría suponerse que Sanders, que pasó su luna de miel en Moscú o Hillary, discípula del marxista Saul Alinsky y sobre cuya doctrina escribió su tesis de grado, serían más afines a la Rusia comunista que el burgués por antonomasia de Trump.
Pero si se adentra un poco en la historia de Putin se descubre que entre él y Trump hay ciertamente más puntos de acuerdo que entre Putin y Obama o entre Putin y Hillary. Vale decir, es probable que Putin secunde más los valores tradicionales de Occidente que lo que pretenden los “anti Rusia” de nuevo cuño de hoy.
Putin se ha autoproclamado conservador, como estrategia para evitar el retorno a la barbarie. Se opone al globalismo convencido de que cada nación y cada cultura son únicas, que valoran y tienen derecho a defender su identidad. Condena que en tiempos de la URSS el papel del Estado haya sido absoluto, impidiendo que haya una economía competitiva.
Por lo mismo, se ha declarado en favor de los negocios empresariales y de un mercado de libre competencia. Nos costó mucho la experiencia soviética, ha dicho y nadie quiere repetirla. En Rusia rige el 13% del flat tax, no hay impuesto a las ganancias de capital, tiene una de las más bajas deudas públicas.
De otro lado, mientras Obama aumentó trabas a la inversión, fomentó el aborto y el gay marriage, alentó al Islam en desmedro del Cristainismo, Putin promueve los valores judeocristianos, condena al extremismo islámico, aborrece el genocidio de Stalin y fomenta la lectura obligatoria en las escuelas del “Archipiélago Gulag” de Solzhenitsyn.
¿Por qué CNN, MSNBC, CBS, The New York Times y demás “partidos de oposición”, como dice Trump, no se financian un viaje a Moscú para entrevistar a Vladimir Putin? Con seguridad que los recibiría con los brazos abiertos.