Monday, January 23, 2017

TRUMP ¿RÉPLICA DE HITLER?

Ha llegado a tal extremo el rencor y desconocimiento de la personalidad de Donald J. Trump, el nuevo Presidente de los Estados Unidos, que hasta el Papa Francisco ha compartido el temor de los “progresistas” de izquierda que ven en él la reencarnación de Hitler.
Alemania votó en la segunda vuelta por Hitler, porque éste prometía al país redimirlo de la humillación impuesta por el tratado de Versalles y porque en el lapso entre la primera y segunda vuelta de las elecciones, los nazis impusieron el terror que amedrentó, incluídos a los judíos que votaron por él.
La crisis que viven los Estados Unidos no es comparable a la de Alemania de los años 1930. Pero es crisis de todos modos, motivada por quienes reniegan de la Declaración de Indepedencia y la Constitución aprobadas en el siglo XVIII en este país, cuyos principios se resumen en el concepto de que el poder está en el pueblo.
Esos documentos, según ellos, son obsoletos porque impiden un “progreso”  más acelerado, obstruyen la redistribución de la riqueza en favor de los pobres y limitan las atribuciones del gobierno para dictar regulaciones en todos los órdenes de la vida diaria.
Esa mentalidad “progresista”, surgida hace más de un siglo con Woodrow Wilson, se ha acentuado con el paso de los años con los gobiernos de demócratas como Franklin D. Roosevelt, Lyndon B. Johnson y sobre todo con Barack Hussein Obama. Si hubiese sido electa Hillary Clinton, a la que Obama escogió como sucesora, el “progresismo” acaso habría sido irreversible.
No lo será porque Trump ganó. Con él comenzará a desmantelarse toda la maraña “progresista” que se ha infiltrado hasta dominar en campos clave de la educación, los medios de comunicación y los partidos no solo demócrata sino republicano, hasta lograr transformar y bloquear la mente de sus seguidores.
Reflejo de ese bloqueo mental al análisis, la discusión y la información es el absurdo de comparar a Trump con Hitler. Trump no quiere destruir ni invadir ni conquistar ni vengarse. Busca restituir los valores intrínsecos de esta nación para rescatar lo que dijo Lincoln en su discurso de Gettysburg: “that this nation, under God, shall have a new birth of freedom—and that government of the people, by the people, for the people, shall not perish from the earth.”
Con Obama, el gobierno “del pueblo” estaba desvaneciéndose con la maniobra de soslayar al Congreso para dictar leyes desde el Ejecutivo y la Función Judicial. El gobierno “por consenso”, cimiento del sistema libre y democrático de la nación, dejó de ser tal debido a la inundación de leyes y regulaciones del Ejecutivo, sin conexión alguna con el Congreso.
La Corte Suprema de Justicia comenzó a legislar en contra de preceptos fundamentales de la Constitución, como el derecho a la vida. En 1973 dispuso que matar a los niños en las entrañas maternas era legal y desde entonces casi 60 millones de seres humanos han perecido, lo que ha colocado en signo negativo el crecimiento vegetativo de este país.
Merced al influjo de los medios de comunicación y el sistema educativo, hay quienes ahora consideran al aborto un derecho civil, un derecho de la mujer a decidir por cuenta propia la vida o muerte del ser en sus entrañas. El sábado pasado desfilaron centenares de miles de mujeres por las calles de Washington y otras ciudades para defender su derecho a matar.
La validez del aborto y del matrimonio homosexual ha sido rechazada en su oportunidad por el pueblo en 37 de los 50 Estados de la Unión pero ese pronunciamiento fue anulado por los jueces aduciendo  su inconstitucionalidad. En parecida maniobra se aprobó el Obamacare, típico caso de algo no aprobado “por consenso”. La ley se aprobó sin un solo voto republicano y con el rechazo ciudadano.
El proyecto, de 3.000 páginas, no fue leído para aprobarlo. Los Fundadores pedían que las leyes fueran claras, precisas, cortas, para que todos las entiendan. La ley, además, impone la adquisición obligatoria de seguros de salud a individuos y empresas o multas. El mandato es  por ello inconstitucional, pero la Corte Suprema lo “bendijo” con el voto de capitulación ante Obama de John Roberts, el Presidente de la CSJ.
Trump ha comenzado hoy a desmantelar la maraña “progresista” con una celeridad y eficiencia impresionantes. Los Decretos Ejecutivos que regulan y legislan serán revocados con similares Decretos Ejecutivos, al tiempo que en los próximos días anunciará el nombre por él seleccionado para llenar la vacante dejada por el juez Antonin Scalia en la Corte Suprema. No cabe duda que el escogido será, como Scalia, un juez pro vida.
Quedan por restaurar otros daños del “progresista” Obama, calificables como actos de traición. Por ejemplo, el perdón al asesino terrorista Óscar López Rivera (al final se reproduce un artículo del hijo de uno de los asesinados, publicado por WSJ), portorriqueño autor de decenas de bombas y muertes; o al soldado Bradley Manning que dio a WikiLeaks 270.000 documentos de alta seguridad; o la liberación de los asesinos talibanes de Guantánamo, cuando aún se está en guerra con el extremismo musulmán.
El mundo cambiará, ha comenzado a cambiar con Trump. El beneficio de los cambios no tardará en esparcirse y a su paso quizás el bloqueo mental generado por el “progresismo” globalista comience a fraccionarse, de modo  que las utopías se reemplacen con un realismo pragmático, el análisis veraz de la historia y el conocimiento del hombre, lo cual conduzca a plena a exaltación de la libertad y la vida.


Alexander Hamilton Wouldn’t Approve of a Terrorist’s Clemency

Lin-Manuel Miranda’s shameful performance for a man who helped murder my father.


Protestors march in Washington, D.C., Jan. 11.



Although overshadowed by the clemency bestowed on Chelsea Manning, on Tuesday the news broke that President Obama was commuting the sentence of Oscar López Rivera. The push to release the terrorist had been a cause célèbre in Puerto Rico, the U.S. and Latin America for years. He counts among his supporters New York Mayor Bill de Blasio, New York City Council Speaker Melissa Mark-Viverito and Sen. Bernie Sanders, who labeled López Rivera a “political prisoner” and compared him to Nelson Mandela. 
The historical record belies these claims. López Rivera was a longtime leader of the Armed Forces of National Liberation, known by its Spanish acronym FALN, a group claiming support for Puerto Rican independence. It was actually a Marxist organization intent on subjugating Puerto Ricans and imposing a Castro-like communist regime. From 1974 to 1983, the group claimed responsibility for more than 100 bombings and other violent crimes in U.S. cities, making it the most active domestic terrorist group in U.S. history.
The FALN’s deadliest attack occurred on Jan. 24, 1975, when a bomb tore through New York’s historic Fraunces Tavern during lunch hour, killing four people and injuring more than 60. One of those murdered was my father, Frank Connor, a 33-year-old banker with a loving wife and two young sons. Our family planned to celebrate my 9th and my brother’s 11th birthday that very night.
López Rivera organized and personally led numerous FALN bombings, armed assaults and hostage takings in the U.S. and Puerto Rico. He also was a prime FALN recruiter; a crucial trainer in bombing, sabotage and other techniques of guerrilla warfare; and the mastermind behind the establishment of a series of FALN weaponry safe houses and bomb factories. When the FBI finally arrested him in 1981, it found in his residence a large quantity of dynamite, blasting caps and other bomb components.
In 1983, Judge Thomas McMillen called López Rivera “an incorrigible law violator” and an “unrehabilitated revolutionary” before sentencing him to 55 years in prison. He later received an additional 15 years after planning two escapes from Leavenworth, which, had the FBI not foiled them, likely would have claimed more innocent lives. 
López Rivera declined an offer of conditional clemency from President Clinton in 1999. He refused to renounce violence or leave behind another FALN member who was not offered clemency—clearly the act of a terrorist leader, not a mere follower. To this day, he has not accepted responsibility for his actions as an FALN leader. In his biography, he whitewashes his violent past. And when other family members of FALN victims and I faced off against him in 2011 at his parole hearing, he remained defiant, offering not a shred of remorse or contrition.
One of the most vocal advocates for López Rivera’s release has been Lin-Manuel Miranda, creator of the Broadway musical “Hamilton.” Last November, Mr. Miranda wrote the lecture an actor delivered after a performance to Vice President-elect Mike Pence. He voiced his concern that the new administration would not “protect us . . . or defend us and uphold our inalienable rights.” Doesn’t that include the right not to be blown to bits while innocently dining in a restaurant?
Upon hearing the clemency news, Mr. Miranda—who like my father was born in the New York City neighborhood of Washington Heights—said he was “sobbing with gratitude” and announced that he would reprise his role of Alexander Hamilton in a special Chicago performance for López Rivera. Ironically, in 1976 the FALN bombed a location near the Chicago theater where “Hamilton” is now being performed. It is the height of hypocrisy for Mr. Miranda to advocate clemency for an unrepentant terrorist and heap praise on him.
In Federalist No. 74, Hamilton defended the president’s unchecked power to grant clemency: “The reflection that the fate of a fellow-creature depended on his sole fiat would naturally inspire scrupulousness and caution; the dread of being accused of weakness or connivance, would beget equal circumspection.” That prediction has sadly been proven wrong. 
Alexander Hamilton would be horrified to know that a presidential power he fought for would be used to release an enemy of the country, a leader of the terrorist group that bombed Fraunces Tavern, the very place in which much of “Hamilton” the musical is set and our founders met to plan the blueprint for America.
For the victims of the FALN, which include several horrifically wounded New York police officers, the grant of clemency to López Rivera reopens deep wounds. As in 1999, unrepentant criminals are forgiven while the innocent are ignored. Mr. Obama’s White House didn’t even give us notice of the decision.
FALN leader William Morales, who was the group’s principal bombmaker, continues to live in Cuba under political asylum. Perhaps those who have lauded the clemency for López Rivera will find it in the interest of justice to speak out for Morales’s extradition to the U.S. Nothing will bring my father back, but justice is something I still believe in. 
—Mr. Connor is writing a book with Jeff Ingber tentatively titled “Forgotten Terror: The Enduring Legacy of the Fraunces Tavern Bombing.” 

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