Tuesday, August 20, 2013

LO DE YASUNÍ, UNA VERGÜENZA


El caso de Yasuní, paraíso ecológico ecuatoriano que el presidente Rafael Correa pretendió excluir de la explotación petrolera a cambio de dólares aportados como limosna por la comunidad internacional, es reflejo de la inmadurez mental y emocional de utopistas como él.
¿Por qué los países que comparten el criterio de que hay que esforzarse para evitar el deterioro del medio ambiente, habían de dar no solo una cantidad cualquiera de dinero al gobierno de Correa, sino un mínimo de 3.600 millones de dólares, cifra que se calculó equivalía al 50% del lucro cesante por no extraer el petróleo del Yasuní?
Cada nación soberana establece sus políticas en torno al tema del medio ambiente. Unos comparten el criterio de que en la tierra hay un proceso de calentamiento global ocasionado por el hombre, sobre todo por el abuso de carburantes del petróleo. Otros creen que esta tesis es una bufonada, explotada por grupos que buscan centralizarlo todo en manos del gobierno.
Si el Ecuador cree en la  teoría del calentamiento global por el hombre y en lo pernicioso de la explotación petrolera en zonas tan ricas y delicadas como en el Yasuní, es privativo de su gobierno adoptar políticas acordes con esos principios y no condicionarlas a la caridad pública internacional.
Hacerlo no solo era ingenuo sino humillante, aún si el gobernante haya designado a una promotora que se suponía tenía experiencia internacional en este tipo de gestiones. Los resultados no podían ser otros que la negativa. Como buen utopista, Correa culpó a otros y no a si mismo del fracaso.
En reacción pueril, Correa “desafió” a los ecuatorianos a que colecten la dádiva internacional que él no logró en seis años de campaña, en la que  gastó millones de dólares de alguna donación condicionada y que tendrá que devolver. (Si no lo hace cometería el mismo fraude que los Clinton, que crearon una Fundación para promover el mito del "global warming" y utilizaron las donaciones para enriquecerse, quebrando a la Fundación. Facturaron 50 millones de dólares solo para viajes...¿?) 
Y Correa se lanzó contra sus presas favoritas, los periodistas y los diarios y ante las críticas al fracaso de su proyecto les amenazó con convocar a una consulta popular para proponer la digitalización total de los diarios.
Estas reacciones y estas propuestas solo confirman que los utopistas no pasan de la pubertad y adolescencia en lo mental y emocional. Es frecuente en esa etapa del crecimiento que el idealismo de los jóvenes de ambos sexos les incite a creer que todo lo malo del mundo y de la humanidad tienen que cambiar y tornarse bueno, con su solo deseo y voluntad.
La mayoría madura y acepta que lo que atañe al hombre jamás puede interpretarse como un claroscuro. Es una compleja urdimbre que combina lo bueno y lo malo, muchas veces impredecible. Pero algunos no asimilan esa verdad y quedan en el limbo y anclados en las soluciones radicales para imponer el bien (su concepto del bien) por la vía de la fuerza y la intolerancia.
Los utopistas, desde Platón y Esparta, son adoradores del pensamiento uniforme y la imposición de la “idea” mediante el autoritarismo y el bloqueo a toda oposición. El autoritarismo puede ejercerse militarmente o mediante una élite civil intelectual. Entre estos últimos se ubica Correa, cuyo sentido de la bueno no admite réplica ninguna. 
¿Acaso no era bueno que los países ambientalistas subsidien el gasto fiscal desbordado, con donaciones que suplan los dólares petroleros, sin afectar al idílico Yasuní? Si no lo hicieron, es porque son todos farsantes e hipócritas, como muchos de sus seguidores los han calificado.
¿Obligar a los diarios impresos a que se digitalicen para ahorrar papel y así afectar menos a la Pachac Mama? Es una ridiculez. Primero porque el proceso de modernización informática no depende de ningún plebiscito y segundo, porque el papel que consumen los diarios del Ecuador proviene de los Estados Unidos, Canadá y Chile principalmente. 
Y allí la Pachac Mama está mejor preservada que en el Ecuador, pues los programas de arborización son impecables y en algunas zonas, como en Georgia, crecen más arboles que los que se los tala para extraer la pulpa. ¿Se puede decir lo mismo de las talas en la Costa, Sierra y Oriente ecuatorianos?
En cuanto al Yasuní y su petróleo, hay que advertir que las técnicas para la exploración y explotación hidrocarburíferas en zonas sensibles ha evolucionado tanto que son comparables a laparoscopías en las cirugías humanas. Ni una hierba, ni un loro, ni un río reciben ni un  gota de petróleo desde el subsuelo hasta el oleoducto.
Pero, como anota el columnista Albornoz de El Comercio, lo sensato y lo cuerdo en esta instancia del debate sería proponer no invertir nada para extraer petróleo en Yasuní. Lo poco que se extrae de los yacimientos en explotación, a precios que se han duplicado en seis años de Correa, no ha servido sino para afianzar su autoritarismo y la mentalidad del Estado protector.
La presión interventora del gobernante y la castración de las funciones de equilibrio de poderes de la Legislatura y el sistema Judicial, ha frenado a la empresa privada no dependiente de los negocios del Estado. Con menos petróleo y una caída violenta de los precios en el mercado internacional, acaso podría alterarse el curso de esta tendencia que lleva a la quiebra. La gente así llegaría a comprender que solo con la libre competencia, la ley y la tolerancia puede forjarse por si mismo un futuro de bienestar duradero, sin dádivas de un gobierno que no crea riqueza, pero que distribuye la que provierne del petróleo, a su antojo y sin responsabilidad ni freno. Cuando esa fuente se reduzca o desaparezca, la única y verdadera riqueza será la resultante del esfuerzo nacional.
Jamás proveniente de la caridad internacional, que Correa quiso promover con el mito Yasuní y que para bien del país concluyó con un rotundo y vergonzante fracaso.

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