Friday, May 25, 2012

¿UNA GANANCIA POR "LANDSLIDE"?


Rush Limbaugh, el más popular e influyente comentarista de radio en los Estados Unidos, está convencido de que el republicano Mitt Romney le ganará al demócrata Barack Hussein Obama por “landslide” en los comicios presidenciales de noviembre venidero.
El vocablo inglés se emplea cuando las victorias electorales son tan amplias que el cúmulo de votos del vencedor se comparan con un aluvión, por la enorme diferencia con su rival, como la que obtuvo Reagan para ser reelecto en 1984 derrotando a Walter Mondale en  49 de los 50 Estados de la Unión. 
Rush dice ser infalible en un 99.6 % (“o más”) de las veces en sus opiniones y predicciones. Claro que lo dice con humor, pero en el fondo lo cree y trata de probarlo cada vez que se ofrece la ocasión. Esta vez fundamenta su optimismo no tanto en la capacidad de Romney, cuanto en la evidencia de que Obama es el peor líder que jamás haya tenido la Casa Blanca en toda su historia.
Si ello fuere verdad, restaría por constatar si el pueblo, pese a que se le demuestre una y otra vez las falencias del actual presidente, lo elige o no para otros cuatro años. Para reelegirse Obama utilizará (ya lo está haciendo), toda artimaña imaginable y la más grosera demagogia para revertir cualquier propósito de la oposición por hacerlo aparacer como es, un pésimo gobernante.
El propio Rush lo dijo y con razón. Por primera vez en la trayectoria de casi dos siglos y medio de este país un presidente busca ser reelecto basando su campaña en un ataque al capitalismo. Este sistema, basado en la libertad, el mercado abierto, la competencia, la inversión y el lucro, es la base de la grandeza de esta nación, por lo cual oponerse a él equivale a oponerse a los Estados Unidos.
Estados Unidos sin capitalismo no serían los Estados Unidos y declinaría hasta perder su condición de líder del mundo libre. Obama aborrece del sistema. Lo considera “unfair”, injusto, porque su motivación es la ganancia y no el bienestar colectivo. Para remediar la injusticia, reclama más intervención del Estado para redistribuir la riqueza concentrada en unos pocos.
Esa visión socialista/fascista la cultivó Obama desde la infancia. La lleva en sus genes, heredados de su padre kenyano que nunca perdonó al Reino Unido “capitalista e imperialista” por la colonización de  su país  nativo. Barack Hussein fue madurando ese criterio como estudiante en colegios y universidades y con mentores como el reverendo Jeremiah Wright, a quien escuchó sus prédicas anti USA por más de 20 años, o activistas de extrema como Bill Ayers, terrorista confeso.
Poco se ha filtrado de la vida de Obama hasta que saltó del anonimato de “community organizer” (agitador) en Chicago a senador por el Estado de Illinois y luego a senador federal. Pero si se sabe que en su juventud intimó solo con pakistaníes e indonesios, acosado por una crisis de identidad. De madre blanca norteamericana y padre negro de Kenya, se inclinó sin embargo por la negritud sin ocultar su resentimiento contra el blanco “opresor”. Actitud que la ha explotado hasta hoy para afianzar su meteórica carrera política.
Los ciudadanos de la raza negra votaron casi por unanimidad por él en el 2008 y volverán a hacerlo este noviembre. Obama es su hombre, pese a su dualidad de mulato y pese a que no tiene ningún ancestro esclavo ni de minoría oprimida, pues jamás padeció hambre y siempre accedió a los mejores y más caros centros de educación en todo nivel. 
Nadie reclama transparencia sobre el pasado de Obama, por temor a ser acusado de racista. Tampoco hay quien aclare que la esclavitud no fue ni mucho menos “invento” de los gringos, sino que se la practicó (y practica) en la misma África desde tiempos remotos. Por unas pocas baratijas, un negro podía comprar a otro negro o negra y hacerlo esclavo.
Eso lo sabían los mercaderes de las tres Américas. En su barcos de oprobio acoderaban en las costas africanas y esperaban. No iban ellos a la “caza” de negros: era tarea de otros negros  con experiencia en el negocio. Los árabes se dedicaban a asaltar barcos en el Mediterráneo para capturar prisioneros y venderlos como esclavos al mejor postor. Thomas Jefferson tuvo que enviar naves militares para proteger a navíos comerciales de USA.
Obama pretende ser el redentor de la raza negra que los blancos esclavizaron. Cuando un profesor universitario fue apresado por sospechoso en un condominio, antes de toda prueba salió él a la TV para decir que el policía (blanco) actuó por prejuicio racial. Luego se comprobó que el policía tuvo la razón y Obama pretendió enmendar el error con una invitación a ambos a tomar cerveza en los jardines de la Casa Blanca.
Recientemente, un vigilante voluntario mató a un joven negro sospechoso y Obama nuevamente saltó a la TV para decir que este nuevo acto racista le dolía como si la víctima hubiese sido el hijo que no tuvo (tiene dos niñas). Las pruebas demuestraron que el acusado Zimmerman actuó en legítima defensa del negro que lo agredió, quien tenía antecedentes peligrosos y en cuya sangre se encontró vestigios de marihuana. Obama aún no se excusa.  Para colmo de bochorno para Obama, Zimmerman resultó ser hispano, de madre peruana con ancestro negro.
Romney es un candidato gris, no entusiasma, ni inspira con ideas nuevas, ni ingenio. Si gana en noviembre, aunque no fuere por el “landslide” que quiere Rush, es probable que lo logre más que por sus méritos por los deméritos de su rival. Pues si prima el sentido común, bastaría a Romney decir que no hará lo que ha hecho y prometido seguir haciendo Obama, para vencer.
Si el capitalismo es malo, según Obama y sus seguidores ¿cuál la opción alternativa? No otra que un mayor dirigismo de Estado con matices socialistas al estilo europeo o abiertamente autoritarios como en Cuba, Corea del Norte, Ecuador, Venezuela, China o Irán. Los resultados de estos regímenes y de todos los similares en la historia, son negativos sin discusión.
La esperanza de Rush es que el votante reflexione sobre la gravedad de la alternativa y se decida por Mitt. Nadie osa decir que el capitalismo democrático es un sistema perfecto, pero sí que es el que más se ajusta a la realidad de la condición humana. El ser humano, por derecho natural, aspira a la libertad y en uso de ella, a escoger su destino. Prefiere un juego de libre competencia regulado eso si para impedir abusos y en el cual la motivación sea el lucro, el premio al esfuerzo, al riesgo, al talento. La igualdad de oportunidades deber estar garantizada, no así la igualdad de resultados.
Obama quiere la igualación universal. Repudia el concepto de excepcional que se da a los Estados Unidos por su defensa de la libertad y por sus logros económicos y culturales. Ha pedido perdón al mundo por esta presunción y ha prometido que esta nación será como cualquier otra de las Naciones Unidas.
Pero incluso en un rebaño hay un líder. Si se destruye el liderazgo internacional de USA, acaso los árabes, los chinos o Irán lo suplantarán. ¿Es eso lo que quiere Obama? Lo que ha hecho en Egipto, lo que no hace con Irán, su desprecio por Israel, dan para pensar que si, que esa es la meta de Obama y sus adláteres.
La utopía de la igualación no es sino eso, una utopía. Pero aparte de inalcanzable, sería tenebrosa. ¿Alguien imagina una multitud nacional y universal de seres anónimos e incoloros, abúlicos e indeferenciables, que actúen al son lo que dicten unos pocos autodesignados de la nomenklatura?
¿O es preferible una sociedad de contrastes, como la que idearon en un momento como de epifanía los Padres de la Patria para crear los Estados Unidos en 1789? Ellos juzgaron al hombre como lo que es: un ser con un cúmulo de atributos malos y buenos, al que hay que comprender para estimular todo lo bueno y minizar las consecuencias de lo malo. Pero siempre con la garantía de la libertad para elegir.
Sin ese sentido de libre competencia y aspiración de lucro, o sea de premio al talento y al esfuerzo, los Estados Unidos no habrían estado en capacidad de ofrecer a este país y a toda la especie humana el beneficio de tantas invenciones que han prolongado la vida y la han hecho mejor. La lista de estos frutos sería inacabable.
¿Qué han creado las sociedades asfixiadas por regímenes socialistas y auotárquicos? ¿El Muro de Berlín? ¿Los campos nazis de exterminio? ¿El éxodo masivo del paraíso cubano? ¿La cárcel de hambre de Corea del Norte? ¿La crisis existencial de Europa, ahora de bruces contra el muro de la utopía socialista?
La demagogia de Obama condena la cultura del lucro. Nadie le recuerda que dos de sus libros que alguien le escribió, le han permitido poner en la Bolsa 10 millones de dólares de utilidades, para seguir lucrando. Afirma que hay que castigar a los ricos y seguir favoreciendo a los pobres, con  más impuestos a los ricos. ¿Hasta qué límite?
Frente al desempleo y la pobreza, sigue empeñado en seguir gastando más dinero del fisco. Pero si se reduce la riqueza, el fisco dejará de recaudar. El dilema para él se resuelve con más deuda, con más dinero impreso como lo que acaba de aconsejar a los líderes europeos. Sin convencer a todos, al menos no a la líder clave, Angela Merkel, de Alemania.
La Comunidad Europea caminó bien mientras favoreció la integración de las economías, en cuanto a suprimir aranceles y favorecer la libre invesión. Pero comenzó a resquebrajarse con la Unión Europea, que busca la unidad política y monetaria, un imposible en ese continente de identidades de tan compleja diversidad histórica y cultural.
Alemania, dentro de ese esquema, es la unidad más productiva. No puede ni quiere seguir subsidiando a los menos productivos e indisciplinados, como Grecia, España, Italia. Grecia está a punto de desprenderse de la Unión y poco faltará para que lo político con el supergobierno de Bruselas comience a desbaratarse.
Si se produce un cambio de gobierno en los Estados Unidos en noviembre, la crisis europea le puede favorecer, lo cual automáticamente podría  también favorecerle a Europa para que emerja del espejismo utopista, como emergió de la tragedia nazi fascista tras la II Guerra Mundial.  Pero  si el norteamericano común le favorece a Obama en los comicios, una tragedia griega aún no escrita podría sobrevenir a todos sin remedio.

Saturday, May 19, 2012

ROMNEY SE AMORDAZA AL IGUAL QUE MCCAIN


Mitt Romney, virtual candidato a la presidencia por el partido republicano que busca impedir la reelección del actual mandatario demócrata Barack Hussein Obama en noviembre próximo, ha vuelto a prometer que no tocará para nada el pasado oscuro de su rival en la campaña. 
Lo hizo a propósito de un aviso de un grupo PAC que lo respalda y que supuestamente es independiente. En el aviso se recuerda que la formación doctrinaria de Obama está íntimamente vinculada con el reverendo Jeremia Wright, que fue su pastor durante 20 años, que lo casó con Michelle y que bautizó a sus dos hijas.
La retórica de Wright es virulentamente antinorteamericana y racista y está grabada en varios discos de libre venta al público. Sostiene que los Estados Unidos son responsables de los males del planeta y que la raza negra, como él, ha sido subyugada y explotada por los de la raza blanca, a quienes hay que combatir por todos los medios. 
Los demócratas se escandalizaron con el partido GOP y exigieron que el aviso sea suspendido y que Romney pida excusas. Éste así lo hizo y el aviso se archivó, al tiempo que otros de igual o peor calibre siguen proyectándose por parte de los demócratas en todo el país, mintiendo o exagerando aspectos negativos de la trayectora de Romney, sin protesta de sus partidarios. 
Días antes, la mujer de Mitt, Anne, declaró a propósito de nada que Michelle, la mujer de Obama, era “encantadora”, aunque ella piense como su marido que a los Estados Unidos hay que reformarlos para que dejen de ser causa de los trastornos internacionales. Cuando Barack se impuso en las elecciones, Michelle dijo por primera vez sentirse orgullosa de este país, dado que un negro (mulato) había sido elegido presidente.
Para los dos la historia en favor de la libertad de este país no cuenta. La cruzada para transformarlo es debilitar hasta eliminar su sistema capitalista de libre mercado y competencia, hasta sustituirlo por uno centralmente dirigido en el cual la voluntad de unos pocos del gobierno impongan su criterio a una mayoría sin derecho, sin libre albedrío.
La misión de Obama y de gente como su mujer y más demócratas que le siguen sumisos, va viento en popa. La intrusión del Estado en la vida común de la gente es cada vez más notoria y asfixiante, tanto en el aspecto directamente político como en el económico. Las libertades para ahorrar e invertir se han visto estranguladas con regulaciones e impuestos lo cual ha determinado depresión y alto desempleo.
Aparte de que la deuda ha crecido en dimensiones abstractas, más allá de los 16 trillones de dólares, 5 trillones de los cuales se registraron en menos de 4 años de gobierno, lo que supera a la deuda de todos los jefes de Estado que le han precedido desde George Washington, juntos. Y el gasto, en lugar de reducirse ante las evidencias, crece.
John McCain, el candidato republicano en el 2008, hizo una pobre campaña que se está repitiendo con Romney. El solo acierto de McCain fue seleccionar a Sarah Palin como candidata vicepresidencial. Ello imprimió un poco de colorido y entusiasmo en el campaña, que duró poco ya que se le prohibió a Palin desplegar sus cualidades oratorias de combate contra el hasta entonces desconocido rival, Obama.
McCain ordenó que no se mencionara el nombre Barack al hablar de Obama, porque podría atizar la repulsión a su pasado musulmán. Obama es un buen hombre, afirmó, tenemos que debatir en base a tesis y no de asuntos personales. Palin calló, la campaña del GOP calló y Obama triunfó. No por defender tesis, sino por su posición demagógica para redistribuir la riqueza, destruir el capitalismo, explotar el racismo.
¿Obama un hombre bueno? Un hombre bueno no auspicia un proyecto de ley, como Senador en Illinois en favor de dar muerte a los infantes que sobreviven al aborto forzado. Ni miente sobre el lugar donde nació, si en Hawaii o Kenya, sus inicios como musulmán, sus vínculos con Wright y el profesor Ayers, su inspirador en marxismo, o la identidad fraudulenta (varios números de seguro social) uno obtenido en Connecticut, sin jamás haber vivido allí, ni sus  becas de estudios como estudiante extranjero. 
Obama se hizo millonario con la venta de dos libros autobiográficos que evidentemente no los escribió él. Está plagada de supuestos imaginarios en cuanto a amistades, novias y otros detalles, que él mismo admite fueron forjados. Y no hay acceso posible a documentos que prueben y detallen su paso por colegios y universidades, sus escritos, pasaportes y viajes, discursos, debates y más memorias que salen a luz con cualquier candidato de elección popular, a cualquier nivel.
El misterio no es develado por la complicidad de los medios de comunicación. Desde el 2004, tras su primer discurso en la convención demócrata de Chicago, los periodistas quedaron embelesados, más aún, idiotizados con su hechizo. Lo consideran mesiánico, el mejor orador de todos los tiempos, el redentor de los negros y de los pobres, el gran unificador de la nación dividida.
¿El mejor orador? Sus discursos fluyen con facilidad, cierto, pero jamás improvisa, siempre los lee en el teleprompter. Cuando eventualmente tiene que responder a preguntas, trastabilla y termina con oraciones vacías propias de quien carece de convicciones y seguridad. Es como si requiriera siempre de un apuntador para no detener el coloquio.
Hay excepciones de valía entre los periodistas. Uno de ellos es Sean Hannity, de Fox News. Fue el primero en el 2007, en dar la clarinada sobre Wright, su nexo con Obama y el primero en entrevistarlo sobre sus vitriólicas acusaciones contra los Estados Unidos. Pero no halló eco suficiente en los otros medios y colegas y la auto censura de McCain ahogó todo intento para que el pasado de Obama se discutiera en la campaña.
Hannity quiere revivir esa posibilidad en la actual campaña y no le importa lo que al respecto piense Romney. Acaso yerra sin embargo al coincidir con Mitt (cuando pidió perdón por el aviso del PAC) en que más importante para la campaña es debatir sobre economía que sobre el pasado de Obama.
Mas no puede entenderse la manera cómo Obama está conduciendo al país y su economía si no se bucea en su pasado desde la infancia hasta su juventud y madurez. No por presión sino por elección, él se alineó siempre con la extrema izquierda, entendida ésta como un sistema en que el libre albedrío de los individuos se subyuga al criterio del bien y del mal dictado por un ejecutivo autoritario.
Lo dice él en sus libros, en sus actos, en su trayectoria y con su propia voz en las versiones habladas de los ensayos autobiográficos. Se refleja en el desprecio a la Constitución, a la que juzga obsoleta desde sus tiempos de estudiante de Harvard. En sus constantes pedidos de perdón ante árabes y europeos por las acciones equivocadas a lo largo de la historia (¿acaso por acabar con el Eje nazi fascista y el imperio soviético?).
No utilizar todos los argumentos para reflotar las dudas sobre el verdadero Obama y exigir aclaraciones, equivale a amordazarse y encadenarse, a renunciar a la victoria aún antes de inciarse la batalla. Porque una batalla de tesis, como quería McCain y quiere Romney, es un batalla perdida  pues Obama elude y eludirá el debate racional prefiriendo la sola arma con que triunfa: la demagogia.
Un criterio parecido es el que se ha impuesto en el campo militar. Ahora los soldados no pueden guerrear con todas las armas a su disposición para vencer al enemigo. Se imponen las nuevas “rules of engagement” según las cuales antes de una acción de ofensa o defensa, los militares deben evitar violar una serie de supuestas garantías y derechos de los enemigos como si fuesen delincuentes comunes dentro de los Estados Unidos, que a la postre frustran la acción.
Esa conducta es, desde luego, unilateral. Porque los extremistas árabes  y Talibanes en Irak o Afganistán no vacilan en degollar a periodistas y cautivos antes las cámaras de TV, ni en incurrir en retaliaciones con suicidas cuando los defensores de los derechos civiles en USA  revelan supuestas injurias a la religión musulmana y el caso salta a los periódicos.
Igual puede ocurrir con la batalla Obama vs Romney. Aunque Mitt utilizó armas deshonestas para desbaratar a sus contrincantes en la campaña por las primarias del GOP con propaganda multimillomaria, primero contra Cain, luego contra Gingrich y finalmente contra Santorum, ahora anuncia de mutuo propio que no atacará al verdadero enemigo, no con recursos deshonestos como antes lo hizo en las primarias, sino con la verdad.
Obama no le pagará con la misma moneda. Igual y peor que él lo hizo contra sus coidearios, arremeterá contra Romney como hombre rico, mormón y empresario al cual le interesa no lo humano, sino las ganancias. Dirá que él se opone a los impuestos para defener a la elite plutocrática a la que se pertenece, que buscará dejar sin protección de salud a las minorías, a los ancianos, a los discapacitados.
Si Romney y el GOP no se resuelven por atacar a Obama en su talón de Aquiles, caerán en el vacío los razonamientos de que menos gobierno es mejor para todos, que menos impuestos favorecen el crecimiento de la economía y el empleo, que más y no menos libertad es preciso para que esta nación continúe como primera potencia del mundo libre.
Prevalecerá en la masa cada vez más dependiente de la protección del Estado, el sentimiento (no el raciocinio) de que Obama es un hombre bueno que piensa en ellos y en su bienestar. Que más impuestos es un justo castigo para los ricos y que el dinero adicional servirá para mejor ayudarlos en su pobreza, no para ahondarla y aumentar gasto y deuda. ¿Terminará en algún momento esa ayuda y ese flujo de dinero de los ricos?
No es pregunta que se planteen, porque creen que la redistribución de la riqueza de los ricos es un fin en si misma. Así lo cree Obama, como acaba de reiterarlo en la Cumbre G8 de Chicago en la que sostuvo que la crisis de Europa, resultante del gasto público sin financiamiento, debe superarse con su fórmula magistral: más gasto público.
Si Mitt Romney persiste en sus propias “rules of engagement” para la campaña que en junio entra en su etapa decisiva, es casi seguro que Barack Hussein Obama será el reelegido. 

Sunday, May 6, 2012

SE VA A LA GUERRA PARA VENCER


Por regla general nadie se inclina en favor de la guerra. Pero éstas son inevitables, pues son consustanciales a la condición humana y se desatan sea por afán de conquista y retaliación, o para la defensa si sobveviene un ataque. 
Pero, bienvenida o no, toda nación involucrada en una guerra para atacar o defenderse debe fijarse como objetivo central el salir victorioso. Nadie, ni en el más absurdo de los casos, podría preferir ir a la guerra con la idea preconcebida de perderla.
Pero ese extraño fenómeno está registrándose en épocas recientes con la potencia militar sin parangón, los Estados Unidos. No obstante haber sido el factor clave para la derrota del Eje en la II Guerra Mundial y de unir a su potencial bélico el económico y cultural, su papel de defensor del sistema  democrático de gobierno ha sufrido grandes tropiezos.
Aliado con la Unión Soviética para vencer a la Alemania nazi y poco más tarde autor unilateral de la rendición del Japón con el lanzamiento de la bomba atómica, Estados Unidos no fue firme para hacer valer el acuerdo con la URSS para imponer la democracia en las naciones liberadas del nazifascismo.
Franklin D Roosevelt, con la resistencia de Churchill, toleró a la URSS que en la Alemania dividida, en Polonia, Checoeslovaquia y otras naciones liberadas se impusiera el comunismo controlado por Moscú, sistema idéntico al nazifascista en cuanto a suprimir las libertades con un gobierno intolerante y rígido.
Truman, que sucedió a FDR (un demócrata sin los extremos radicales del actual presidente Barack Hussein Obama), terminó por hacerse eco de las advertencias de Churchill sobre la expansión del comunismo y la férrea dictadura tras la Cortina de Hierro y propuso al menos una alternativa de contención.
La URSS, tras la terminación de la Guerra Mundial centró sus esfuerzos en fortalecer su poder militar y en ampliar el número de sus satélites no solo en Europa sino en el resto del mundo. Para ello aplicó las tácticas de infiltración, soborno y desinformación, con el objetivo de desestabilizar a los gobiernos de línea democrática y sustituirlos con ideólogías afines a Moscú. 
Invirtió millones de dólares en la tarea y tuvo éxito especialmente entre intelectuales de izquierda, profesores y estudiantes universitarios y entre los principales medios de comunicación escritos y de radio, luego de TV. Los efectos perduran hasta la fecha, aún dentro de los Estados Unidos.
La URSS no solo se limitó a las tácticas de asedio indirectas. En ocasiones instigó y financió acciones armadas como en Corea en 1950, Vietnam en el decenio siguiente o en Cuba con la revolución castrista de 1959 que aún sobrevive. La amenaza comunista era clarísima: expandir el imperio como lo quiso el Eje y debilitar al mayor obstáculo del mito comunista, los Estados Unidos.
FDR y Truman, demócratas, pensaban en el apaciguamiento. Tras la guerra los Estados Unidos mantenían la hegemonía nuclear, un crecimiento sin límites de la economía y un territorio intocado por el enemigo. Pese a ello nunca pensaron en la conquista usual de los guerreros victoriosos sino en lo contrario: ayuda a la reconstrucción de los territorios enemigos devastados por la guerra.
Frente a las abiertas amenazas de Moscú contra el capitalismo, se optó por contemporizar con la esperanza de disuadirlos del error. Cuando el nuevo eje Moscú/Pekín decide invadir Corea para incluír a toda la península en el redil comunista, Estados Unidos decidió actuar pero tras el  escudo de las Naciones Unidas.
Cuando el general Douglas McArthur, al mando de las fuerzas coaligadas, planteó aumentar el poder militar para liquidar al invasor, Truman reculó. Prefirió cancelar al héroe de la II Guerra Mundial y al protagonista de la transformación hacia la democracia de Japón y decretó el armisticio, en virtual capitulación.
Las consecuencias de esa debilidad aún se experimentan hoy con Corea del Norte, respaldada por China y su régimen absolutista que asfixia al pueblo y lo hambrea, para poder financiar un poder nuclear con el cual  chantajea a Occidente. El contraste de prosperidad y libertad es Corea del Sur.
Pocos años más tarde del armisticio de 1953, Fidel Castro se tomó Cuba en 1959 y a poco dejó de simular para convertirse abiertamente en el primer satélite soviético de América Latina. Su posición antinorteamericana ha sido clara desde entonces así como su disponibilidad a servir de trampolín para la expansión comunista en la región con la guerrilla en Bolivia (y en África con Angola) y la infiltración. 
El gobierno del republicano Eisenhower se propuso derrrocar al enemigo a 50 kilómetros de la Florida, con el apoyo a soldados cubanos rebeldes. Pero su sucesor, el demócrata Kennedy, no dio el respaldo clave de aviación al momento de la invasión en Bahía de Cochinos y el plan fracasó.
Envalentonado, Jrushov fue más allá: ordenó instalar bases de lanzamiento de cohetes con ojivas nucleares en la isla satélite, luego de haber desarrollado la bomba atómica con fórmulas yanquis robadas por espías yanquis pro soviéticos. Su propósito era mantener en jaque al “imperio” con amenazas de ataque. Esta vez Kennedy reaccionó y bloqueó el acceso de los buques rusos a Cuba con el bagaje bélico, llevando a la histeria al mundo ante la inminencia de una guerra nuclear que nunca se produjo. Pero la URSS salió aventajada del conflicto.
Kennedy se comprometió a respetar a Castro y a no instalar bases nucleares peventivas en Turquía y otras zonas limítrofes con la Cortina de Hierro. Pero la expansión comunista siguió campante, al punto que John Kennedy, con su hermano Robert, decidió asesinar a Fidel. Todo estaba listo para fines de noviembre de 1963, pero el 22 John fue asesinado, no por una conspiración comunista, sino por la mafia narcotraficante.   
Mientras tanto, Moscú había resuelto tomarse otra península, la de Vietnam, apoyando la invasión vía Vietnam del Norte. Esta vez Estados Unidos, por decisión de Kennedy, actuó unilateralmente tras la retirada de Francia y envió “asesores”. La guerra tuvo una escalada y se encaminaba a la victoria militar cuando el sucesor de Kennedy, Lyndon B.Johnson, se dejó intimidar por la izquierda pro Moscú infiltrada en los medios y universidades y optó por otra vergonzosa capitulación.
La retirada de tropas, que a su regreso a los Estados Unidos fueron abucheadas y escupidas, generó asesinatos de millones de personas en el Vietnam del Sur, Laos y Camboya. El espíritu norteamericano, humillado con tanto revés tras la victoria en la II Guerra Mundial, llegó a los niveles más bajos hasta que llegó al poder el republicano Ronald Reagan.
Contra la crítica del izquierdizo Departamento de Estado resolvió instalar bases nucleares de defensa a lo largo de la Europa sojuzgada por Moscú, desatando con ello una guerra económica que terminó por destruir a la URSS por los gastos militares más allá de sus recursos reales. Luego de la prédica de Reagan a Gorbachov, “tumbe el Muro de Berlín”, el imperio soviético se disolvió en 1989, sin un solo disparo.
Estados Unidos participó con el republicano George H Bush en otra guerra como parte de una coalición, para liberar a Kuwait de la invasión del Irak de Hussein. La Guerra del Golfo terminó en victoria, pero Hussein siguió al frente de un régimen despótico protector de terroristas. En el 2001 se produjo el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, que causaron casi 3.000 muertos. Todo se planeó en Afganistán, con musulmanes protegidos por el gobierno talibán.
En retaliación el republicano George W Bush ordenó atacar a Afganistán para derrocar al gobierno enemigo. Éste cayó en un operativo relámpago, pero los talibanes sobrevivieron y aún sobreviven. En vista de que todos los informes de inteligencia señalaban que Hussein  tenía armas químicas y nucleares, la guerra se extendió a Irak con apoyo de 37 países. Hussein cayó y tras ser juzgado fue condenado a la pena capital, pero la estabilidad democrática futura de Irak aún es incierta.
Y es incierta porque ahora está al mando de las Fuerzas Armadas Barack Hussein Obama, un radical de izquierda que permanentemente ha expresado su desprecio por los militares y por el papel de los Estados Unidos como potencia líder del mundo libre. En su campaña que lo llevó a la Casa Blanca el 2009, prometió acabar las guerras en Irak y Afganistán y lo está cumpliendo.
Pero ¿a qué precio? Irak puede caer bajo el influjo y control directo de Irán con el retiro ya anunciado de todas las tropas norteamericanas. Irán se arma nuclearmentre ante la pasividad de Obama, apoyada por Corea del Norte, China y Rusia y en el Irak cuenta con muchas facciones pro iraníes. Desde Teheran se busca consolidar un bloque de respaldo contra Occidente, incluído Israel, país al que repetidamente ha dicho que se lo borrará del mapa.
En Afganistán la primera potencia militar el mundo ha sido incapaz de liquidar al enemigo talibán, pese a sus poderosos recursos humanos, tecnológicos y bélicos. ¿Por qué? Porque entre otros factores a los soldados se les impide combatir sin las nuevas “rules of engagement” que originalmente fueron adoptadas por WBush por presión de la izquierda.
En síntesis estas reglas de combate buscan rodear al enemigo con las garantías que un delincuente goza dentro de los Estados Unidos, sin considerar que ellos son eso, enemigos en combate fente a los cuales solo existe la opción de matar o ser muertos, o apresarlos y enjuiciarlos en tribunales militares, no civiles. Los soldados están atados de pies y manos para luchar y se abstienen ante el peligro de ser juzgados por crímenes de guerra.
Obama acaba de ir a Afganistán para pactar con los talibanes. Se reafirmó en su decisión de suspender las hostilidades con ellos, alentándoles a que se integren al gobierno de Karzai a quien incluso antes de posesionarse en la Casa Blanca le expresó su total repudio. Es como si FDR hubiese viajado a Berlín a pactar con Hitler en medio de la II Guerra  Mundial, o  que Truman haya ido a Tokio para decirle a Hirohito que no invadirá al Japón ni lanzará ninguna super bomba, en busca de la paz.
Lo que contrita es que la actitud de Obama no despierte  ningún clamor popular. Se exceptúan pocos analistas y ex militares. Parece que el morbo socialista continúa y se esparce por todos los confines. Si eso ocurre también aquí al reelegir a Obama para otros 4 años, será difícil predecir lo que le espera a la humanidad. La economía por la vía socialista no lleva sino al fracaso al creer que la solución a los problemas es el gasto imparable de los gobiernos “protectores”, con dinero que se cree brota de alcancías milagrosas.
Miles de soldados norteamericanos han muerto o han quedado heridos y baldados en las ya demasiadas guerras sin victoria de los Estados Unidos, guerras inútiles emprendidas para defender las libertades. Y trillones de dólares de gasto militar, sin rédito.  Agréguese a esta vergüenza una economía en ruinas y se comprenderá por qué el ideal socialista no sea el más esperanzador.  

Tuesday, May 1, 2012

¿CÓMO DERROTAR A OBAMA?


Pese a que ya muchos republicanos estén apoyando aunque sea a regañadientes al virtual candidato Mitt Romney, aún están escépticos acerca de su evidente debilidad frente al presidente Barack Hussein Obama, quien busca ser reelegido en noviembre próximo.
No les falta razón pues Mitt aparece inclusive peor candidato que ese otro impuesto por el "establishment" en el 2008, John McCain, el héroe militar de la guerra de Vietnam que fue apabullado en los comicios presidenciales por el desconocido y misterioso Obama. McCain al menos tenía la aureola de sobreviviente de años de prisión en una mazmorra norvietnamita y de contar con un récord límpido como republicano de principios durante sucesivos periodos como senador por Arizona para el Congreso federal, donde todavía permanece activo con sus 76 años de edad.
Romney, en cambio, tiene una historia política sinuosa desde sus primeras incursiones en política. Como gobernador de Massachussetts creó el sistema público de salud obligatorio para todos, que sirvió de modelo al que Obama obligó al Congreso de mayoría demócrata a aprobarlo pese a la oposición de la mayoría, no solo de los republicanos sino del pueblo.
La ley aprobada a la fuerza está ahora en estudio de la Corte Suprema de Justicia por demandas de inconstitucionalidad y sea o no vetada, será el talón de Aquiles de Romney en la campaña. La ley es condenada porque encarece costos, limita servicios a los de la tercera edad y eleva aún más la deuda pública, que bordea los 16 trillones de dólares. Y, por cierto, asigna fondos fiscales para expandir los abortos gratuitos.
Pero la peor objeción a Romney es su tendencia, similar a la de McCain, de tratar de conquistar el voto de los "independientes" mediante la renuncia a los postulados básicos del GOP para aparecer centrista o sea tolerante con la izquierda, cuyo máximo y más radical exponente es precisamente su rival Obama.
En su pasado Romney fue partidario del libre aborto y aunque dice que ahora es pro life o pro vida, muchos interpretan su postura como oportunista, esta vez para conquistar a los republicanos de las bases como ahora quiere hacerlo con los indefinibles independientes. La táctica es equivocada. Ronald Reagan no arrasó en 49 de los 50 Estados porque apareciera complaciente con los no conservadores, sino precisamente por lo contrario. Su firmeza en criticar a su rival Jimmy Carter y en proponer superar los problemas que tenían postrado al país con fórmulas abiertamente capitalistas y de libre mercado, lo llevaron a la Casa Blanca de manera espectacular.
Claro que Romney, un mormón con jerarquía equivalente a obispo y multimillonario empresario, ofrece convalecer la economía que está en ruinas con los mismos mecanismos capitalistas que él ha usado con tanto éxito. Pero carece del carisma de un Reagan y su mensaje sin contenido social no atrae a los millones de gente sin trabajo y sin esperanza.
Acaso la mayoría de esos desempleados votó por Obama que les ofreció cambio y esperanza y quizás vuelvan a votar por él porque no les seduce la alternativa de un líder que habla de gobernar como si fuese gerente de un banco en quiebra, sin piedad para despidos, sin claros planteamientos para crear empleo y riqueza. Con el agravante de que Obama insiste en que el fracaso de su gestión no es culpa suya sino de su predecesor, George W Bush y de los ricos, a los que promete gravar con más impuestos para redistribuir “su mal habida riqueza” entre los pobres.
No surte efectos la aclaración de que el desempleo del 8,2% o más se debe al excesivo gasto público que aumentó con Obama en cinco trillones de dólares, más que el gasto de todos sus predecesores juntos. Y que este gasto, sumado a mayores impuestos, no haría sino seguir desalentando la inversión, único motor para la creación de empleo.
Obama confunde y al igual que en España, Grecia y otros países de la maltrecha y moribunda Unión Europea, sigue sosteniendo que el crecimiento resulta no de la austeridad en el gasto sino de la keynesiana y equivocada creencia de que a mayor gasto público mayor demanda. Pueril argumento, pues la riqueza no la crean los gobiernos sino el sector privado.
A menos que, claro, la riqueza provenga del esfuerzo esquilmado a las colonias como en tiempos de Roma, la Gran Bretaña o la antigua España, o de los recursos mineros como el petróleo extraídos, procesados y comercializado con tecnologías y capitales extranjeros, como en el caso de los califatos árabes o mini países de África y América Latina.
Obama ha puesto en marcha en su campaña mentiras contra Mitt Romney como éste empleó contra sus rivales en las primarias. Básicamente está explotando la lucha de clases y la discriminación racial, no obstante que él es un mulato que ha escalado con el voto de los blancos y maniobras de escalamiento social cuya verdad no se ha hecho pública.
Si Mitt no sufre una transformación de carácter y liderazgo, que a su edad es imposible esperar, Obama lo derrotará con su retórica demagógica y populista. Como algún comentarista lo dijo, no apela al raciocinio ni a los frutos de su gestión, nada positivos, sino al sector de votantes menos ilustrado y, por cierto, a los radicales de izquierda y a la gente de la raza negra que casi sin excepción ni análisis lo respaldan ciegamente.
Esa gente está grata con él, porque ha expandido el gasto fiscal para darles foodstamps y beneficios de desempleo, que les desincentiva para la búsqueda del empleo, sún si hubiere la oferta. También creen que no tendrán necesidad de adquirir seguros de salud, pues el sistema será estatal y gratuito, convencidos como están de que el fisco tiene arcas oocultas donde no se acaba el dinero.
O si se acaba, está a la mano la solución: quitarles a los ricos para darles a los pobres, sin importar el razonamiento de que los impuestos no van a los menesterosos y mendicantes, sino al fisco para aumentar el gasto y para aumentar el endeudamiento en fuentes extranjeras, sobre todo China y Japón.
En tales condiciones, la única opción para frenar a Obama y acaso derrotarlo, radica en el mismo Obama, dada la fragilidad de su contrincante. ¿Cómo? En la confianza de que su fracaso como gobernante y líder salido de la nada se torne tan monumental, que ni siquiera sus fanáticos negros y “liberals” (izquierdistas) podrían votar (o no votar) por él con desvergüenza.
Hay motivos de optimismo. Aún cuando la campaña electoral no ha comenzado, puesto que hay que esperar a la Convención Republicana de junio en Tampa para que se designe al candidatro de ese partido, Obama ya ha esparcido ponzoña por todos los rincones.
Los precios de las gasolinas siguen en alza y se empecina en vetar que se extraiga más crudo en tierra firme y en aguas costeras. Sigue bloqueada la ampliación y creación de nuevas refinerías, por supuestas aprensiones de carácter ambiental. Subsidia inversiones fiscales de riesgo en alternativas de energía no petrolera, que quiebran con perjuicio de los contribuyentes. Da dinero al Brasil para que explore, pero quiere castigar (crucificar, dijo uno de sus súbditos) a las petroleras que de todos modos invierten aquí.
Sus políticas pro gay y pro aborto le han abierto un frente de lucha abierta en el obispado católico de los Estados Unidos y vacila en conceder asilo en la embajada de Beijin a un disidente chino que protesta por el mandato de aborto a las parejas que pretenden procrear más de un hijo. Más de 13 millones de seres inocentes se sacrifican en China cada año por ese método, frente a un millón en USA.
En Egipto, el apoyo de Obama al cambio fue para que se implante allí un gobierno radical islamista, muy próximo a ser elegido por mayoría del voto popular. Ya han advertido que abolirán los convenios con Israel, país al que quieren borrar del mapa, al igual que Irán. Pero Obama sigue con el subsido anual de 3.000 millones de dólares, más una cifra menor a los palestinos, no autorizada por el Congreso.
La gente, inclusive sus partidarios, está iracunda frente al gasto de Obama en lo personal. Su mujer y cohorte no paran de viajar a Europa, Las Vegas, Colorado y cualquier otro sitio exclusivo de veraneo y descanso, con dinero no de la millonaria pareja, sino del fisco. Obama mismo se burla de la situación y no tiene empacho en celebrar fiestas y cenas en Palacio con cualquier pretexto y a cualquier costo.
La imagen de los Estados Unidos ha declinado a su nivel más bajo. Eso se probó una vez más en Cartagena, donde Obama se vio eclipsado por su propia mediocridad, agravada con el incidente tan revelador de la crisis de liderazgo que protagonizaron sus agentes de seguridad con varias prostitutas del puerto.
Su retórica se desborda lo que podría culminar con su descrédito entre algunos de sus fanáticos y entre los indecisos. El último ejemplo lo dio al tratar de explotar políticamente el aniversario de la muerte de Osama Bin Laden. Pese a que todos conocen de su desprecio por las fuerzas armadas de este país y en general por todo lo militar, en un aviso de TV se atribuye a si mismo todos los méritos de la acción de los marines.
Afirma que si Romney hubiera estado en su puesto, no habría dado la orden de liquidar a Bin Laden. Es una hipótesis sin base, perversa e imposible de probar. Mitt respondió que inclusive Jimmy Carter lo habría hecho, alusión sardónica a la debilidad de ese presidente con el cual Obama disputa el “privilegio” de ser considerado el peor líder que haya tenido USA en los últimos tiempos.
Bin Laden, como comentan muchos, fue ejecutado no por decisión de Obama sino a pesar de Obama. El almirante a cargo del operativo en el sitio donde fue ubicado Bin Laden comunicó al comando central que todo estaba listo. El presidente jugaba al golf y fue llamado a último momento. Tuvo que aprobar la acción, no sin antes asegurarse de que si fallaba por algún factor imprevisto, la culpa se la achacaría al almirante, no a él.
En fin, el desgobierno de Obama en lo interno y externo es descomunal. Y si alguien le exigiese lo elemental, su verdadera identidad y lugar y fecha de nacimiento, estaría descalificado antes de llegar a las urnas. Pero eso no va a ocurrir. Como lo dijo un legislador republicano, imagínense, se crearía una crisis constitucional comparable a la que desató la Guerra Civil en este país a mediados del siglo XIX, con la secesión y la esclavitud.
¿Es válido ese argumento, ese temor? ¿Será preferible dejar de lado las dudas y vivir una farsa? ¿Qué habrían opinado Lincoln o Washington? La preferencia de eludir el desafío, no obstante, aceleraría el proceso de descomposición social, cultural y política de esta nación, con la renuncia al papel de primera potencia del mundo libre, tal como en varias oportunidades lo ha vaticinado el propio Obama.